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La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Señor mío Cautivo

Sólo ha habido en 2000 años, Señor mío Cautivo, una buena noticia sin vuelta atrás ni caducidad: tú

Cuando te prendieron, Señor mío Cautivo, no estaban las cosas mucho mejor que ahora. Los gobernantes que decidieron tu destino -Herodes y Pilatos- no eran menos atentos a sus intereses y los de sus aparatos de poder que tantos de ahora. Con realismo pesimista cantaba la Niña de los Peines: "Pilatos, por no perder el destino que tenía, dictó sentencia cruel contra el divino Mesías". Siempre me ha impresionado ese "por no perder el destino que tenía": el genio del pueblo interpretó el pasado a la luz del presente de opresión que sufría. Fue tu siglo, Señor, el de Tiberio, Calígula y Nerón. Y ha sido el nuestro reciente el de Hitler y Stalin. Cuando hace 75 años fue creada la parroquia en que resides, Señor, humeaban las chimeneas de Auschwitz y se oía el estruendo de Hiroshima. 63 años antes de que tu nacieras ya estaba tu país sojuzgado por Roma y 37 años después de tu muerte fue arrasada Jerusalén, destruido el Templo cuya dignidad defendiste a latigazos -única vez que recurriste a la violencia- y dispersado tu pueblo que, por ser el elegido de Dios, sobrevivió 20 siglos desarraigado de su tierra.

Cuando te prendieron, Señor mío Cautivo, estabas abandonado hasta por quienes personalmente escogiste, negado por quien habías nombrado piedra sobre la edificarías tu iglesia, absolutamente solo frente a los desprecios, las torturas y la muerte más cruel que entonces existía.

Sólo ha habido, de entonces a hoy, Señor mío Cautivo, una buena noticia sin vuelta atrás ni caducidad: tú. Todas las buenas noticias de liberación, dignidad y justicia, de solidaridad, compasión y amor que en estos dos mil años han mejorado, humanizándola, la vida de los seres humanos, vienen de ti y de tu pueblo. En otras ocasiones he citado estas palabras de André Malraux: "Pocas veces han hablado al dolor humano la lengua que podía realmente entender… El sufrimiento antiguo fue la atroz soledad con sus miserables sin esperanzas que agotaban, ante la indiferencia ilimitada de los hombres, un dolor sin finalidad y sin significación… La primera predicación cristiana en Roma fue invencible porque decía a una esclava, hija de esclavos, que veía morir en vano a su hijo esclavo, nacido en vano: Jesús, hijo de Dios, murió torturado en el Gólgota para que tú no estés sola ante esta agonía".

Tú hablas, Señor mío Cautivo, esa lengua que el dolor humano puede entender, significándolo y dignificándolo al hacerlo tuyo.

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