En tránsito

Quemar la bandera

En un país tan cainita como el nuestro, la idea del patriotismo está siempre sometida a un juicio negativo

Cada dos por tres solemos oír a alguien que proclama muy ufano: "La patria no es un trapo ni un himno ni un desfile. La patria es la Seguridad Social y la Sanidad Pública y el pago de impuestos". Y sí, es cierto que no puede haber mejor patria que la Seguridad Social, pero también me pregunto si es posible vivir con una visión puramente instrumental -y por tanto interesada- de nuestras relaciones sentimentales con el lugar en que hemos nacido. Algunas autoras proponen cambiar el nombre de Patria por el de Matria, para acentuar el protagonismo de la mujer en nuestra idea de pertenencia a un lugar, y aunque la idea es muy atractiva, tampoco acaba de zanjar la cuestión. ¿Es lícito el patriotismo? ¿Es moralmente defendible? ¿O se trata de una simple excusa para extraer lo peor del ser humano?

En un país tan cainita como el nuestro, la idea del patriotismo está siempre sometida a un juicio negativo. Pero el patriotismo puede proporcionar ejemplos de conducta muy hermosa. Después de la Revolución Rusa, la poeta Anna Ajmátova se negó a abandonar su país. Podría haberse ido a vivir a Inglaterra -allí tenía amigos-, pero se negó a abandonar a su pueblo porque quería compartir los sufrimientos de sus compatriotas. Esa decisión le costó muy cara: a su exmarido lo fusilaron y su hijo pasó quince años en los campos de trabajo de Siberia, pero Ajmátova nunca se arrepintió de haberse quedado. Y lo mismo les pasó a otros poetas como Osip Mandelstam o Boris Pasternak. Mandelstam murió en un campo del Gulag. Y Pasternak tuvo que sufrir la afrenta de renunciar al Premio Nobel. Pero si habían decidido quedarse en Rusia por amor a su país, supieron serle fieles hasta el final.

Por supuesto que esta clase de conducta no es habitual, y menos en una época tan hedonista como la nuestra, pero el amor a la patria existe y no puede interpretarse como un mero impulso xenófobo que debería ser sustituido por realidades mucho más beneficiosas como el pago de impuestos o el mantenimiento de la Seguridad Social. Sí, de acuerdo, pero todavía no hemos aclarado la cuestión. Ahora mismo, por ejemplo, el Tribunal Constitucional acaba de dictaminar que quemar la bandera española es un delito. ¿Lo es? ¿Es moralmente defendible esa idea de convertir en delito el odio irracional a la nación en la que uno ha nacido? Pues la verdad es que no lo sé, y así lo digo.

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