Las dos orillas

Populismo o fascismo

De vez en cuando aparecen líderes carismáticos, que son encantadores hasta que se les ve el plumero

Tanto en las reuniones de amigos como en las tertulias de cierto nivel se está planteando una cuestión básica. Personajes como Donald Trump, Marine Le Pen, o los ultraderechistas europeos ¿son populistas o fascistas? Personajes como Pablo Iglesias, su maestro Tsipras antes de reciclarse, Beppe Grillo, o los anticapitalistas europeos ¿son populistas o comunistas? En realidad, es un problema de palabras. Ya lo anunció San Juan: "En el principio fue la Palabra". Pero después llegaron las palabras humanas, y muchas las carga el diablo para confundir. O, como escribió Philip Roth en Operación Shylock: "Las palabras sólo sirven para echarlo todo a perder". Así que hemos colocado a Donald Trump y a Pablo Iglesias en el mismo saco, siendo tan diferentes.

Sin embargo, el populismo está en la raíz del fascismo ortodoxo y del comunismo de manual. Hitler, Mussolini y Franco buscaron el apoyo de las masas y las clases sociales más desarraigadas. Eran nacionalistas a ultranza, pero con un mensaje social y ciertas políticas en esa línea. En cuanto al comunismo marxista, desde Lenin se basó en la revolución (que es una sublevación o golpe de estado) para implantar la dictadura del proletariado. En la teoría, el pueblo mayoritario conquista el poder para acabar con la oligarquía del capitalismo. Por las bravas, o por las mansas, el objetivo es el mismo: el poder. Después, en la práctica, se crea una nueva oligarquía política.

El éxito de esos líderes consiste en engañar a los incautos. Todo para la gente, sin la gente. Además de eliminar a los rivales, a veces incluso físicamente, aunque hayan sido colegas. Es curioso que los grandes líderes populistas tienen algún detallito que los caracteriza: un bigotito, un tupé rubio, una coleta… Como los futbolistas ricos que dan trabajo personalizado a los peluqueros para que se les distinga en el campo.

Todo eso es de primero de Memoria Histórica. De vez en cuando, aparecen líderes carismáticos, que son encantadores, hasta que se les ve el plumero, con la vista alegre, o con la muralla por la cara. A fin de cuentas, son narcisistas y están enamorados de ellos mismos. No admiten discrepancias. Rompen sus reglas. Trump es un millonario tan liberal que recurre a la autarquía más dura mientras sube la Bolsa, y mientras Xi Jinping, un presidente chino comunista, clamaba en Davos por el libre comercio.

Son populistas porque hay una parte del pueblo que carece de ideas. Existe un mundo que no sabe a lo que juega.

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