RELOJ DE SOL

Joaquín Pérez Azaústre

'La Noria'

Ygira la noria siempre a la conquista de su excrecencia cíclica, de esa fetidez envenenada que es materia y magma del programa. La Noria, el espacio de Telecinco para la noche del sábado, ahonda en esa turbia podredumbre que incluso se potencia cuando se pone seria, que es si bascula sobre su hedor de ciénaga. Así, cuando en La Noria se habla sobre los devaneos de los protagonistas de alguno de los concursos de la cadena, llamados eufemísticamente "de convivencia" -cuando son, sencillamente, una degradación-, el programa sigue siendo lo que es: putrefacción en estado puro, sí, pero sin pretender ser más. El terror viene cuando el circo intenta pasar por periodismo serio.

Uno, si comete la temeridad de escoger Telecinco, ya sabe lo que va a encontrar con una probabilidad de un 90% -se pueden salvar los informativos, alguna serie siempre desplazada de su franja horaria habitual y también alguna película perdida-, y por eso si conecta la cadena un sábado por la noche, y se topa de frente con La Noria, no puede sorprenderse de que un olor intenso, orgánico y profundo, como una gran hez vital televisada, impregne el salón de casa, el aire y las cortinas, y haya que abrir de pronto las ventanas para dejar de oír los insultos, los gritos, ese torvo clasismo del oropel violento, y recordar que la vida, que la auténtica vida, late, por fortuna, en otra parte.

La Noria intenta ser, en algunos segmentos del programa, un espacio serio con su apariencia seria, pero siempre confunde el alarido con el pensamiento, y por eso sus colaboradores tienen sus papeles adquiridos independientemente del tema que se vaya a debatir. En cuanto a la entrevista pagada a la madre del Cuco, uno de los menores implicados en la muerte de Marta del Castillo, no puede sorprendernos ni remotamente. Sí que nos sorprende, y nos alegra, la reacción ciudadana a través de los blogs, y que las principales marcas anunciantes se hayan descabalgado de esta indignidad televisada.

Se trata de impedir esta agresión social, de exigir unos mínimos de presencia ética. Y, si el daño viene recortando sus fuentes de financiación, esa facturación por la publicidad nocturna de los sábados, bienvenida sea. Por mucho que se esfuerce nuestro nuevo Gobierno en reforzar una nueva ley de educación, y se incentive a los profesores con planes de fomento de la lectura, un solo minuto de emisión de Telecinco dinamita ese gran esfuerzo colectivo. Gracias a Telecinco, los chicos que han crecido asumiendo los patrones de conducta que promueven varios de sus programas conformarán la peor generación de nuestra vida reciente. Nuestro mundo sería muchísimo mejor sin Telecinco, la cadena enemiga de la ilustración cívica. Los jóvenes Valle, Machado, Unamuno o Baroja, no soñaron jamás con esta España.

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