Castellar

La solidaridad rescata al zoo de Castellar del coronavirus

  • El centro de rescate, sin ingresos por la pandemia del coronavirus, consigue mantener la alimentación de sus más de 1.500 animales gracias a las donaciones privadas y un ERTE tras muchos meses de apuros

Javier Morales alimenta a unos lemures en Castellar. Javier Morales alimenta a unos lemures en Castellar.

Javier Morales alimenta a unos lemures en Castellar. / Andres Carrasco

El zorro volador parece un animal mitológico que ha cobrado vida en las páginas de una vieja novela de vampiros. Pero no es así. Es real. Se llama diadema de Filipinas y es el murciélago de mayor tamaño del mundo. Masacrado por los cazadores furtivos para obtener su carne, se ha convertido en una especie muy amenazada y está catalogada en peligro de extinción. Como polinizador, asume un papel clave en la regeneración de su entorno natural. Si el hombre no lo remedia, no pasarán muchos años antes de que solo se le pueda observar en el vídeo casero de algún turista sorprendido. Por eso es tan importante proteger a todos y cada uno de los que quedan. Por eso, cuando hace años uno llegó al Centro de Rescate Animal de Castellar de la Frontera, sus responsables le dieron todos los cuidados posibles. Ahora, la pandemia del coronavirus ha reducido a cero los ingresos del centro en el que este gigante comedor de fruta  vive en familia junto a titís cabeciblancos, wallabies, grullas coronadas, caracales, servales, gibones, una joven leona llamada Kessie y así hasta más de 1.500 animales de 84 especies diferentes. Hay que darles de comer pero si no entra dinero, no se puede. Hace un mes, el zoo lanzó un grito de auxilio. Rogaba donaciones. Ya están llegando, pero hace falta que el ritmo no pare.

El coronavirus cortó de raíz la llegada de visitantes -y por lo tanto, los ingresos- pero no detuvo el cuidado de los animales. Hace falta fruta para el murciélago gigante, carne para la joven Kessie, verduras para tantos otros. Hay ya muchas personas que respondido a la llamada y han comenzado a implicarse para ayudar al zoo, cada uno dentro de sus posibilidades. Desde un matrimonio mayor de Algeciras que donó un carro de la compra hasta las ocho toneladas de fruta que Grupo Fernández ha enviado este mismo sábado en un camión gracias a una gestión de Frutas Moreno, de Los Barrios. Todo viene bien, lo mucho y lo poco. Procavi, con una sede en el polígono de La Menacha de Algeciras, donó una gran cantidad de carne de pollo. Pero no se quedó ahí. Es posible que gracias a una gestión de uno de sus responsables se movilicen varios mataderos para enviar comida. Buenas noticias.

También llegan donaciones de dinero desde que salieron a la luz las necesidades del centro. Cinco euros, diez, veinte. Se pueden entregar a través de una transferencia bancaria (Titular: Zoo de Castellar; Cuenta: ES7300815566340001181523; BIC:  BSABESBBXXX) o, con una tarjeta de crédito, por medio del siguiente enlace: www.zoodecastellar.es/donaciones.

La llegada, ayer, de ocho toneladas de fruta y verdura. La llegada, ayer, de ocho toneladas de fruta y verdura.

La llegada, ayer, de ocho toneladas de fruta y verdura. / Andrés Carrasco

En el zoo de Castellar encuentran un hogar animales rescatados del mercado ilegal, circos que tienen que cerrar, intervenciones a narcotraficantes que quieren emular la Hacienda Nápoles de Pablo Escobar, donde se encontraron rinocerontes, elefantes, cebras, jirafas y hasta hipopótamos nativos de África. En Castellar viven una nueva vida ejemplares incautados por el Seprona de la Guardia Civil, agentes de Medio Ambiente y Aduanas, principalmente en el Puerto de Algeciras, pero no solo. Algunos llegan en muy mal estado. En España existen 28 centros de este tipo. En la provincia de Cádiz, el chisparrero solo.

En enero de 2012 nació aquí, en este lugar mágico en pleno Parque de Los Alcornocales que enamora a todo el que lo visita, un tigre de Bengala. Poco después llegó el murciélago. El último animal en incorporarse es un gato. Llegó a España desde Marruecos en una patera que fue rescatada en el Mar de Alborán tras haber cruzado el Estrecho en los brazos de una niña. Cuando se cure, volverá a abrazarlo.

En mayo del año pasado, un joven de 27 años falleció en el hospital Punta Europa de Algeciras por la mordedura de una víbora asiática venenosa con la que convivía en su domicilio. Las 48 serpientes que tenía en su casa terminaron en el centro de rescate y aquello supuso toda una revolución. Son, muchos de ellos, reptiles letales. Hubo que comprar antídotos, establecer protocolos de emergencia, adaptar las instalaciones. Y todo esto, sin ayuda alguna del Estado.

Porque el zoo de Castellar es un centro privado que sobrevive gracias a lo que pagan en taquilla sus visitantes. Familias que vuelven una y otra vez, asociaciones, colegios, excursiones de amigos, la mayoría de fuera del Campo de Gibraltar, donde, según explica su encargado, el algecireño Javier Morales, “no existe una cultura de los animales”. “La mayoría de los visitantes proceden del resto de la provincia y de Málaga, pero vienen de muchos puntos de España. De la comarca, ni el 1%”, lamenta Morales, que convive de sol a sol con leones, tigres y cocodrilos y cuya historia es casi tan interesante como la del propio zoo.

Para comprender toda la historia hay que remontarse a 1998, cuando el fundador y dueño de este santuario de los animales perdidos, el linense Ricardo Gistas, obtuvo una concesión del Ayuntamiento de Castellar para montar un centro de rescate animal. Entonces había mucho descontrol y la Policía, el Seprona y Aduanas no sabían qué hacer con los ejemplares que intervenían. En 2002 consiguió inaugurarlo. La única ayuda institucional que recibe desde entonces proviene de la Agencia Tributaria y da para dar de comer a algunos animales durante tres semanas al año. El Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (Sanidad Animal) ni está ni se le espera.

Un serval en el zoo de Castellar. Un serval en el zoo de Castellar.

Un serval en el zoo de Castellar. / Andrés Carrasco

Pese a todo, el boca a boca hizo su efecto y la llegada de turistas, sobre todo procedentes de la Costa del Sol, le permitió dar “un tirón fuerte” y seguir mejorando las instalaciones, mientras formaba un equipo de 15 trabajadores (biólogos, veterinarios, expertos cuidadores) que convirtió el lugar en un referente de buen funcionamiento. De respeto por lo animales con escasos recursos y grandes dosis de cariño que encandilan al que los visita.

La primera etapa de restricciones y la segunda la aguantó. Ahora Gistas ya no puede más y ha tenido que hacer un ERTE con toda su plantilla. Los animales siguen atendidos porque acuden voluntarios a ayudar y hay una pequeña brigada de jóvenes con algo de formación pero poca experiencia.

Coordinando todo está un hombre que encarna lo contrario. Javier Morales era publicista -tuvo varias agencias en Algeciras- y un buen día llevó a su hija al zoo. Le gustó tanto que quiso ayudar a Gistas renovando la imagen corporativa del centro y promocionándolo en las redes sociales. Empezó a acudir con asiduidad y se enamoró de aquello. Era 2013. El primer año y medio lo pasó sin salir de allí, cuidando a los rescatados, aprendiendo de ellos. De estar delante del ordenador pasó a tratar con los animales en sus espacios. Han pasado 17 años y no deja de estudiar, de leer y, sobre todo, de observar el comportamiento de cada especie para mejorar su calidad de vida. Las agencias de publicidad las cerró. No tiene titulación, pero sí una enorme experiencia que hace que expertos de toda España le consulten cuando les surge algún problema. “Hice lo que me pedía el corazón. Se me despertó una vocación que no sabía que tenía”, relata. Gistas es su “inspiración”. El hombre que aglutina al equipo, “un libro abierto” del que todavía siguen absorbiendo conocimientos.

Gracias en buena medida a el hombre que lo comenzó todo, ahora, Morales juega con un gran felino como quien está con un perrillo. Los animales son como su familia.  Y, como tal, se conmovió cuando comprobó que hacía falta comida para alimentarlos y los ingresos habían desaparecido con la llegada de la pandemia. Desde entonces ha encontrado la solidaridad de muchas personas que se han lanzado al auxilio del que auxilia. En un rincón del Campo de Gibraltar, donde los animales desamparados encuentran su refugio.

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