Medio Ambiente

La seca del alcornocal, crónica de una muerte sin freno

  • Ni administraciones ni gestor alguno han sido capaces de evitar la muerte de una de las masas arbóreas más importantes de España

En el monte de La Teja, en Los Barrios, son visibles los efectos del mal de la seca. En el monte de La Teja, en Los Barrios, son visibles los efectos del mal de la seca.

En el monte de La Teja, en Los Barrios, son visibles los efectos del mal de la seca. / Jorge del Águila

Entre 1971 y 1981 unos funcionarios del Ayuntamiento de Los Barrios estuvieron intercambiando documentos con el Instituto de la Conservación de la Naturaleza (Icona) en los que les mostraban su preocupación por la progresivo decaimiento y muerte de muchos alcornoques en los montes. El Icona, los mayores lo recordarán, era el organismo gubernamental del franquismo para velar por todo lo que englobara el entonces difuso concepto de medio ambiente. Y el Parque Natural de Los Alcornocales ni existía como espacio legalmente protegido en aquel tiempo.

El mal de la seca, un extraño síndrome o conjunto de padecimientos, sí que estaba ya. Haciendo de las suyas. Como un asesino lento y silencioso, pero inexorable, que lleva décadas matando árboles. Sin que nadie, hasta ahora, haya sido capaz de frenarlo con contundencia. 

Ha pasado casi medio siglo y el síndrome continúa campando a sus anchas. Persiste la amenaza sobre 173.000 hectáreas de un espacio de alcornocales y salvaje naturaleza mediterránea, entre las provincias de Cádiz y Málaga, del que no es aventurado decir que constituye uno de los principales tesoros ecológicos del mundo. 

Pero... ¿Qué es la seca del alcornocal? No es una sola cosa, es muchas. Es, realmente, una conjunción de factores. Muchos expertos, a los que el Instituto de Estudios Campogibraltareños juntó el miércoles 18 de septiembre pasado en La Almoraima y el sendero barreño del monte de La Teja, coinciden en que el principal de estos elementos de amenaza es el envejecimiento y consiguiente debilitamiento de los alcornoques. 

Pero hay más, como se ha dicho: el estrés (sí, como las personas) que padecen los árboles porque ahora las lluvias son menos y están más concentradas en el tiempo y resultan más largos los periodos de sequía. El calentamiento global del planeta y sus tan traídas y llevadas temperaturas más altas. Los suelos predominantes en el parque natural, que tienen un PH ácido y son de arenisca, inhábiles para la supervivencia de muchas especies vegetales. 

¿Qué se ha hecho para evitar la progresiva muerte de los árboles? Aparte de investigarla, que no es poco pero sí insuficiente, prácticamente nada más. Alguna tímida repoblación sin consecuencias visibles y efectivas. Y las consecuencias hace tiempo que empiezan a vivirse. No solo se pierde masa arbórea, sino que se deteriora el hábitat, en el caso del Parque Natural de Los Alcornocales, de animales de 22 especies que figuran en el Catálogo de Amenazadas. 

Los expertos coinciden: si no hay una regeneración de ejemplares muy rigurosa y en la que se mime cada bellota que crece librándola del ganado doméstico y salvaje (vacas, corzos, ciervos) no habrá nada que hacer

El ingeniero de montes Rafael Sánchez Vela, funcionario de la Oficina del Parque Natural de Los Alcornocales (Consejería de Medio Ambiente), tiene claro que el envejecimiento es el elemento decisivo. "La seca es un proceso natural de muerte, si llega la sequía, una plaga o algo similar es como cuando una gripe afecta a un anciano", aclara este especialista, que lleva años investigando el problema.

Un alcornoque (quercus suber) alcanza una edad que para nosotros quisiéramos los homo sapiens. Puede llegar a los 400-500 años. Y si se descorcha cada vez que le toca, algo menos, entre 150 y 200. Habitan en suelos desprovistos de cal. Su producto, el corcho, supone entre el 95% y el 70% de los ingresos económicos que se obtienen en la explotación de una finca. Nadie sabe la edad exacta que tienen los alcornoques que dan nombre al espacio protegido, que abarca 16 municipios en la provincia de Cádiz y el de Cortes de la Frontera, en la de Málaga. 

Los árboles caen víctimas de su debilitamiento, consecuencia de su vejez Los árboles caen víctimas de su debilitamiento, consecuencia de su vejez

Los árboles caen víctimas de su debilitamiento, consecuencia de su vejez / Jorge del Águila

Estas formaciones boscosas son tan longevas que el gran misterio radica precisamente ahí: imposible saber la edad de un árbol que encuentra su mejor ‘casa’ en el arco de países mediterráneos que conforman España, Marruecos, Argelia y Túnez. También Portugal, nación adelantada en el manejo del árbol y dueña de una potente industria transformadora del corcho. Que son ejemplares viejos, se sabe. Cuál es exactamente la edad, se desconoce. Y ahí arrancan las dificultades en el ámbito científico y es cuando las miradas se vuelven, una vez más, hacia la regeneración. Hay demasiados ancianos y apenas bebés o niños. He ahí la cuestión.

Enrique Torres, profesor de la Universidad de Huelva, estableció un Triángulo de la Regeneración. Tiene, como cualquier triángulo, tres lados: que haya semillas viables (Buenas bellotas), también unas básicas condiciones de germinación con una mezcla de sol y sombra adecuada y, por último, óptimas situaciones de desarrollo de las plantas. Como guinda imprescindible, que no venga un animal que se coma los brotes y acabe con todo. 

Felipe Oliveros, antiguo director de este parque natural, llegó a publicar en una revista editada desde el espacio protegido que, en este sentido, "las cabras son peores que los incendios". 

Las cabras son peores que los incendios

El envejecimiento y la falta de regeneración son factores fundamentales que están ahí. Y dicho queda. Pero aquella frase tan anticaprina y contundente de Oliveros, también funcionario de la Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía, abre un perfil interesante y que debe ser tenido en cuenta a la hora de ahondar en un problema tan complejo.

Y ese perfil se llama gestión. Rafael Sánchez Vela no deja de tener en cuenta este elemento. Fundamentalmente, porque conlleva lo que se ha hecho históricamente en el espacio alcornocal y porque hubo tres momentos especialmente traumáticos que también han afectado a su devenir. El primero tuvo lugar en época borbónica en el entorno del año 1750, mediado el siglo XVIII. Apretó la necesidad de contar con una marina de guerra potente y por entonces todos los barcos y grandes navíos eran de madera. Se cortaron miles de ejemplares y el quejigal lo sufrió especialmente. Esta especie desapareció en aquel embate casi por completo.

El segundo momento trágico llegó aparejado a la Desamotización entre 1866 y 1899, ya en el siglo XIX. También hizo falta madera y campos desprovistos de árboles que permitieran un desarrollo intensivo de la agricultura. El cálculo es que en esta segunda fase se cortaron 92.000 hectáreas de alcornocal, 25.000 de ellas a matarrasa, es decir, eliminando prácticamente el ejemplar casi en su totalidad.

El tercer y por el momento último instante en el que el alcornocal fue vorazmente atacado tuvo que ver con la Guerra Civil Española (1936-1939). Mucho se ha tratado, lógicamente, sobre sus consecuencias para las personas, el patrimonio y una sociedad que quedó destrozada. No tanto de las duras huellas en la naturaleza que dejó en algunas zonas del país.

El alcornocal sufrió la contienda de lo lindo. “Hay que verlo con perspectiva histórica y pensar que nosotros, de haber vivido aquellas circunstancias tan terribles, hubiéramos actuado exactamente igual”, adelanta Sánchez Vela. ¿Qué hizo una población entonces mayoritariamente rural y agrícola? Cortar y cortar árboles a la búsqueda de terrenos de pasto para el ganado, de madera con la que calentarse y de hacer carbón para mercadear con él. Y el autoconsumo, claro. 

Rafael Sánchez Vela, ingeniero forestal y con la mano en la frente, explica el mal Rafael Sánchez Vela, ingeniero forestal y con la mano en la frente, explica el mal

Rafael Sánchez Vela, ingeniero forestal y con la mano en la frente, explica el mal / Jorge del Águila

De esta etapa queda un dato estremecedor: El Hoyo Don Pedro, uno de los emplazamientos emblemáticos del término municipal de Los Barrios que queda dentro de los límites del hoy Parque Natural de los Alcornocales, pasó de tener 5.000 quejigos antes de aquellos años a contabilizarse después solo 3. Insólito.

Salvadas estas tres coordinadas temporales, existen más ejemplos de la gestión que se ha realizado sobre estos bosques que, pese a todo, han resistido y ahí permanecen luchando por su supervivencia. El Conde de Yebes, en su libro Veinte años de Caza Mayor (1920-1940), que es un volumen clave en la historia cinegética de española, cuenta cómo el décimo-séptimo Duque de Medinaceli, Luis Jesús Fernández de Córdoba, introdujo el ciervo en Los Alcornocales.

Y esta especie es tan enemiga de la regeneración como otros rumiantes. Brote verde y blandito que ve en el campo, brote que devora y deja el hueco. Sin más. Hasta en 1973 hay documentadas reintroducciones de ciervos en la Garganta del Aciscar, en tierras tarifeñas.

La falta de un manejo y gestión adecuados son peligrosísimos si lo que se quiere es regenerar el parque y no dejarlo morir lenta y agónicamente. El envejecimiento y debilitamiento llevan a lo que los expertos denominan “podredumbre radical”, la destrucción de las raíces y fin de cada ejemplar.

En estas raíces se ha hallado el hongo Phytophtora, pero no existe unanimidad científica acerca de su influencia exacta. “Atacarlo químicamente es desastroso, porque la sustancia acaba en los arroyos y destruiría algo tan valioso como el ojaranzo”, afirma Sánchez Vela mientras continúa investigando.

 

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