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Ojo de pez

Pablo Bujalance

pbujalance@malagahoy.es

El tobogán

La clave de los entornos urbanos ha pasado de ser el bienestar de los ciudadanos a la mímesis con Disneyland

Lo habrán visto seguro: Estepona inauguró hace unos días el tobogán (en Málaga lo llaman chorraera) urbano más alto de Europa y, tras un par de castañazos bastante considerables que terminaron en el hospital, el Ayuntamiento decidió clausurarlo a la mañana siguiente hasta que se garanticen todas las medidas de seguridad. El juguete no duró mucho, pero fue suficiente para que cundieran todo tipo de chistes, memes, vídeos dignos de los más chuscos programas televisivos de reciclaje audiovisual y demás leña para los corrillos. De entrada, a uno le fascina la idea de que a un técnico municipal demasiado entusiasta se le ocurra un día levantar el tobogán urbano más alto de Europa mientras saca punta a sus lápices: con esto nos ponen en el mapa, José Pedro, fijo. No sé, imagino al mismo ordenanza consultando el índice europeo de toboganes altos en algún portal clandestino de la UE y encontrándose con que el más elevado, situado en Brasov (Rumanía), tiene treinta y nueve metros y setenta y cinco centímetros de altura: pues nada, hay que llegar a los cuarenta, Estepona saldrá en todos los telediarios y vendrán los turistas en masa a tirarse por el semitubo, desde Nantucket hasta Kerala. Y no crean, allá que han ido unos cuantos a dejarse los empastes en la atracción una vez inaugurada. Pero qué subidón, niño.

Eso sí, el tobogán no es, ni mucho menos una excepción: no hay ciudad que se precie sin su imitación pobretona del London Eye, sin una experiencia virtual que permita al visitante estar en el lugar más disparatado del mundo; sin, al menos, un lugar donde hacerse una foto signifique incurrir en un soberano acto de estupidez. La cuestión es que la clave de los entornos urbanos ha pasado de ser el bienestar de los ciudadanos a la más flagrante mímesis con Disneyland: en un contexto de capitalismo psicodélico donde las ciudades son marcas obligadas a competir entre ellas, la política municipal ya no es aquella vieja doctrina humanista asentada para solucionar problemas, sino un nido de showrunners donde se trata de ver quién propone el desmadre más grueso con tal de sacar la cabeza en un algún ranking. Aunque sea el de los toboganes más altos de Europa. Y si no hay ranking a mano, nos lo inventamos. Ahora que tocan elecciones municipales, basta echar un vistazo a la mayoría de los programas para corroborarlo.

Pero siempre cabe sospechar que quien venga a tirarse por el tobogán para llevarse un cardenal en el antebrazo aprovechará para tomarse una caña con su tapa. Y ahí harán falta camareros. El espectáculo debe continuar. Vayan haciendo palomitas.

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