El hijo de Peter Sellers (2)

Si les soy sincero, nunca pude resistirme a un buen drama: de vez en cuando fingía mi muerte repentina ante la incredulidad y la congoja de mi hermana pequeña

El hijo de Peter Sellers (II) El hijo de Peter Sellers (II)

El hijo de Peter Sellers (II) / Rosell

Un niño sueña con ser astronauta, detective, bombero, bailarín, espía o cocinero. (Registrador de la propiedad o notario no, que me perdonen éstos: son profesiones con mala prensa entre la infancia). Hasta un día en que ese niño descubre que si es actor puede desdoblarse y vivir algunas o todas de esas vidas. Y otro día la intuición le dice que para interpretar no se requiere un escenario o una cámara, no se precisa un personaje escrito. Puede hacer de cada tarde una función diferente, una representación en la que viaje al espacio, investigue un crimen, apague un fuego, interprete El cascanueces, robe documentos secretos o elabore un suflé.

No recuerdo cuándo me vino esa vocación, pero supongo que el histrionismo ya estaba ahí como un rasgo inseparable de mi carácter. Recuerdo una ocasión en que una monja que cuidaba a mi tía comenzó a rezar el rosario y yo, que era un enano que acababa de entrar en el colegio, la secundé poniéndome de rodillas y colocando mis brazos en cruz, como haría el más fervoroso de los beatos. Yo había visto esos ademanes extasiados en alguna biografía de un santo que emitían en la tele, pero dejé impresionado a la hermana, que temió aquella jornada ser demasiado tibia en su fe y a partir de entonces comenzó a declamar con más ímpetu en sus rezos.

En realidad, yo contemplaba la actuación con un fuerte componente místico, como otra forma de ser mártir, porque creía (desconocía la existencia de los efectos especiales) que un intérprete moría si la ficción lo demandaba. Estaba convencido de que si su personaje se arrojaba a un barranco o a las vías del tren, si se ahogaba en aguas revueltas o si perecía calcinado en un incendio, atravesado por las flechas o devorado por las arenas movedizas, el actor o la actriz se estaban sacrificando por la causa, igual que un elegido se inmola por los dioses. ¿Que necesitan gente que sea mordida por un tiburón? ¡Aquí tenéis mi brazo o mis piernas si es lo que dice el guión! ¿Que hace falta un joven para ser mutilado por una motosierra? Pues afilad ese cacharro sin miedo. ¡Qué nobleza, qué valentía!, se admiraba el pequeño trágico y repipi que era yo entonces.

Y es que, si les soy sincero, nunca pude resistirme a un buen drama: de vez en cuando, de hecho, fingía mi fallecimiento repentino ante la incredulidad y congoja de mi hermana pequeña, A, que lloraba desconsolada mi pérdida.

-¡He muerto! No llores, ya no hay nada que hacer. ¡No hay vuelta atrás! -exclamaba simulando mis últimos estertores.

No es por presumir, pero nadie se ha despedido hasta ahora de este mundo con más felicidad que yo.

Otro de mis juegos favoritos consistía en fingir que me desmayaba fruto de un "síncope nervioso". Había oído esa expresión en una película y se me antojaba absolutamente cautivadora. Los sucesivos intentos me demostraron que el desmayo es una gimnasia que requiere práctica: eso de caer delicadamente y no como un vulgar saco, lo comprendí con la experiencia, es algo que sólo se permiten la Garbo y las más grandes. Yo nunca lo clavé. Una vez, incluso, rompí con mi peso el somier de la cama de mi hermano (porque era muy asustadizo y mis pretendidos desmayos ocurrían siempre sobre un colchón, no fuese a herirme con el suelo).

Mi sentimiento trágico de la vida afloraba también si escuchaba música. Del Concierto nº 2 de Rachmaninov sentencié, con una insospechada gravedad, que aquella partitura me ponía nostálgico y me recordaba al otoño, lo que propagó en mis allegados el recelo de que yo era en verdad un anciano disfrazado de niño.

Aunque no todo eran pesadumbres: cuando uno de los dos canales que había entonces en la televisión programaba un musical, y los protagonistas abandonaban la conversación para echarse unos bailes y entonar una serenata, mis hermanos solían llevarse indignados las manos a la cabeza, pero mi corazón se agitaba de gozo y yo tenía que reprimirme para no danzar con la desinhibición del cabaret.

-¡Ya está aquí el John Travolta! -exclamaban mis parientes cuando yo no conseguía frenarme y giraba entusiasta como una peonza al ritmo de las canciones del filme.

No sé por qué me rebautizaban así, porque mis preferencias tiraban más hacia el claqué y los estilos refinados de Gene Kelly y Fred Astaire. Lo que hacía Travolta, la verdad, a mí me parecía un poco ordinario. Como el viejo camuflado que era, yo valoraba las películas de mi época, las de la edad de oro del Hollywood clásico.

Cuando caes en una familia numerosa tienes que aviártelas para atraer la atención del personal y que no se olviden de ti a la hora del almuerzo, y quizás por eso yo reclamaba el trono que antes o después dejaría vacante Laurence Olivier, de ahí que deleitara a mi entorno con teatrillos imposibles. Aprendí a escribir ilusionado con poder crear mis propias líneas de diálogo y llevar al papel abigarrados folletines donde se sucedían las más terribles adversidades. Aguardaba expectante enfermar de malaria, ser encarcelado injustamente, naufragar por culpa de una brutal tormenta, tener un amor desdichado o batirme en duelo (y perder y morir en una larga escena con la que podría lucirme, por supuesto).

Ser actor, lo tenía claro, resultaba más divertido que montar en bicicleta o jugar al escondite. De tal modo aquello se volvió mi pasión que llevé eso de interpretar a mi vida diaria: comencé a mentir como un bellaco. Me convertí en un embustero profesional. Un verdadero farsante.

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