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Téllez, maestro

Escribo esta columna también para Téllez, para que la lea y sepa de mi indignación como ciudadano

El pasado martes se sabía que los nuevos inquilinos de San Telmo habían tomado la decisión de prescindir de Juan José Téllez Rubio, director del Centro Andaluz de Las Letras desde el año 2012; nombramiento que -aun siendo de naturaleza política- fue renovado por un periodo de cuatro años, del que solo dos han transcurrido, a través de concurso público de méritos. Dios se lo dio, Dios se lo quitó, bendito sea Dios. El santo y paciente Job, víctima de terribles disposiciones, dijo algo así y para sí en un mal momento, mucho peor que el que corresponde a este trance, en el que un gran escritor de amplio espectro -a lo mejor él diría polígrafo- es apartado de una función que se ajusta a su biografía.

Conozco bien a Téllez y lo estimo, no porque haya frecuentado sus alrededores o porque tenga alguna afinidad ideológica o parental con él, o porque sea un amigo suyo de esos que se adjetivan del alma; nada de eso. Lo conozco porque me he cruzado o he convivido con él en ocasiones y en estrados y porque sigo su literatura y quehaceres desde hace muchos años; y lo estimo por su calidad, honestidad y bonhomía. Incluso he tenido alguna ocasión de opinar, públicamente y con algún fin, sobre él o sobre su obra, y lo he hecho convencido de que merecía la más alta consideración.

No me sorprende que llegue un guatisnay y ponga el índice en horizontal mientras dice "ese fuera". Es bastante frecuente entre tantos como pululan por esos pagos, que ojalá Dios preservara de sus caprichos. De hecho, he podido verlo de cerca, de demasiado cerca a veces, pero me parece que aun siendo así, estando en la masa y el flujo de las miserias humanas, conviene lamentarlo a voces, para que se sepa y para sirva de vergüenza, aunque sea ajena, para la generación ésta y para las venideras. En estos procederes anidan las causas de los malos efectos de la incapacidad y de la incompetencia.

Reconozco y declaro que escribo esta columna también para Téllez, para que la lea y sepa de mi indignación como ciudadano y como aficionado a esto de escribir en donde se tercie. Claro que el político debe rodearse de colaboradores embarcados en su proyecto, pero lo que no debiera hacer jamás es desembarcar el talento para dejar sitio a las complicidades. Es de sabiduría, de talento en fin, de lo que estamos faltos. Los quitacaspas son multitud, los hay a toneladas y lo mejor que se puede esperar de ellos es que no sirvan para nada.

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