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Suerte que esté la izquierda

Una política económica interpretada por estos mismos actores, harían de Job un inestable sin remedio

Son muchos los errores cometidos en la gestión de esta crisis que cogía desprevenido al Gobierno: imprevisión, improvisación, descontrol de recursos, descoordinación, incomunicación, falta de diálogo con los colectivos implicados, desentendimiento parlamentario y con la oposición, inducción al pánico, ocultismo y, envolviéndolo todo, soberbia. Entre otras muchas minusvalías, discapacidades y faltas derivadas de una interpretación atávica del poder. El ejecutivo ha ejemplarizado el comportamiento de las oligarquías; más pendientes de sí mismas que de los efectos de sus actuaciones. Cumpliendo con la contradicción clásica que supone que el miedo a debilitarse genere indecisiones que acaban debilitando.

La deriva comunista del Gobierno se deja ver en sus percepciones y en las sugerencias intervencionistas que se perciben entre líneas. Pero no me parece tan peligrosa ni tan estimable, de momento, como para prestarle una atención excesiva. Estamos en Europa, comprometidos institucional y administrativamente con un complejo que neutralizaría los desmanes y las salidas de tono que anidan larvadas en algunos miembros del Gobierno. La tentación totalitaria que anima el pensamiento único, está ahí; pero no creo que sea importante. Lo malo está en la manifiesta incompetencia del Gobierno, en el que la inteligencia y el conocimiento, o el sentido común de alguno de sus miembros apenas si puede valorarse en el magma de carencias compartidas.

Bueno es, no obstante, que esté gobernando la izquierda, y que lo haga asociada a enemigos irreconciliables del sistema y aliñada con separatistas y palmeros del terrorismo. Porque sin esa suerte, la progresía instalada en los medios enloquecería, las calles habrían sido tomadas con impunidad y los escraches serían incontables. Es el momento de recordar la reforma laboral de 1984, cuando nació el contrato basura de la mano de Joaquín Almunia. Fue posible con el primer Gobierno González, pero no lo habría sido con un gobierno conservador. Los males estructurales del mercado de trabajo, heredados del proteccionismo del régimen de Franco, fueron levemente corregidos, pero tan mal administrados que los contratos eventuales irregulares alcanzaban en 1989 -según CC.OO.- el 80% de la contratación laboral.

Los nubarrones de una política económica interpretada por los mismos actores que interpretan hoy día nuestros pesares, harían del paciente Job, un inestable sin remedio.

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