Su propio afán

Saludados y conocidos

Cuando íbamos con mascarilla, saludábamos, por equivocación o por prudencia, a todo trapo

Antonio Pau ha escrito un libro delicioso de memorias dispersas y selectas que se titula Saludados. Arranca de la distinción que hizo Josep Pla, según la cual nuestros circundantes se dividen en amigos, conocidos y saludados. Pau se centra en rememorar a celebridades de la cultura que no llegaron a amigos y a los que saludó en una o dos ocasiones con aprecio.

Estoy disfrutando el libro de lo lindo, aunque yo jamás diría que las personas de las que nos habla fuesen exactamente "saludados". Para mí, son "conocidos" y aún diría más: muy conocidos. Pau expone su vida y milagros, además de las circunstancias de cada encuentro. Se ve que el autor es, según confesión propia, hombre tímido, muy poco dado a saludar al tuntún. Por eso ha de llamar "saludados" a otros. También puede pesar que Pau, que es registrador de la propiedad, notario, abogado del Estado, consejero del Estado y presidente de la Sección Primera de la Comisión General de Codificación, vive en Madrid.

En los pueblos las categorías están más nítidas. El amigo, por supuesto, es la otra mitad del alma, y resulta inconfundible, incluso en Madrid, salvo casos tristísimos de traición. "Conocido", para mí, es aquel a quien no tenemos tanto cariño ni nos lo tiene, pero del que sabemos la vida y milagros. El saludado es la persona fugaz a la que decimos "hola" y "adiós", pero sin pararnos, porque no conocemos (nótese) casi ni su nombre. Cuando a veces nos vemos en el brete de presentarlo es un bochorno. La pandemia los ha multiplicado. Con la mascarilla hemos ido diciendo "buenos días" a auténticos emboscados. Ahora han caído los embozos y descubrimos con sorpresa cuántos extraños han ascendido a saludados por confusión o prudencia.

Aunque parezca que estamos ante una escala ascendente, son categorías bastante autónomas. A mi mujer y a mí nos descolocó mucho cuando nos sentaron en una boda junto a un tipo muy estirado de toda la vida que jamás nos había saludado. En la cena se animó, y resultó que nos conocía hasta extremos que rozaban el espionaje. Pasó el calor de aquella boda, y él ha vuelto a no saludarnos, pero su flema ya no nos engaña.

Como el verano propiciará que nos echemos a las calles y nos crucemos mucho más, estas clasificaciones son de interés público. Aunque si le parecen fútiles, siempre puede ustedes coger un buen libro (Saludados de Pau) y no levantar la mirada de sus páginas ni para decir "hola".

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