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Paseantes

Es tiempo de volver a reivindicar la libre circulación de los caminantes no apresurados o sin rumbo cierto

DESAPARECIDAS las restricciones, es tiempo de volver a reivindicar la libre circulación de los caminantes no apresurados o sin rumbo cierto, prescrita por toda una tradición literaria que concibe el paseo como experiencia estética. Aunque rastreable desde Aristóteles o Séneca hasta Montaigne, son las Ensoñaciones del paseante solitario de Rousseau las que inauguran un casi género que sería cultivado por autores como Hazlitt, Thoreau, Stevenson, Baudelaire, Walser, Benjamin o Sebald. Debemos al editor y crítico Alfonso Crespo el descubrimiento de El arte de pasear (1802) de Karl Gottlob Schelle, un casi olvidado pensador de la Ilustración alemana, amigo y editor de Kant, que promovió la "filosofía popular" en el ámbito germánico y acabó sus días -como Walser- en un manicomio, después de haber escrito un ensayo Sobre la alegría que según parece no le libró del infortunio. Frente a los trayectos ensimismados de los paseantes para quienes el paisaje desempeñaba un papel secundario, como decorado pasivo o simplemente incitador, Schelle aconseja abrir bien los ojos al entorno y beneficiarse conscientemente de su influjo, sin renunciar a las reflexiones pero dejando que estas fluyan en armonía con los sentidos. En este equilibrio entre pensamiento y contemplación, entre el bienestar del cuerpo y el cuidado del espíritu, radica el secreto de un buen aprovechamiento, puesto que el acto de pasear "no es un mero movimiento físico", pero tampoco tiene por objeto la meditación y no debe por ello ser una continuación del esfuerzo intelectual al aire libre. También se aparta Schelle de sus predecesores y contemporáneos, que a menudo buscaban la soledad o la naturaleza en estado puro, al extender su interés al encuentro con otros individuos y el territorio de acción a la ciudad, anticipando la figura del flâneur y su errático merodeo entre las muchedumbres urbanas. Fiel a su creencia en la filosofía como escuela de vida, el ensayista aborda su tema desde una orientación práctica que toma la forma de instrucciones dirigidas a un tipo de lector burgués, varón e ilustrado que en ciertos aspectos -los "jornaleros" o las "delicadas señoritas" quedan fuera de su modelo ideal- responde en exceso a los prejuicios de la época. En otros, sin embargo, la clara pedagogía de Schelle, lírica, encantadora, ingenua en el mejor de los sentidos, se muestra por completo vigente, así cuando vincula ejercicio, arte y placer o afirma, muy juiciosamente, que "no se puede pasear con el ánimo preocupado o el alma entristecida". Lo sabía bien quien señalaba las limitaciones de las "cabezas sombrías" o calificaba al taciturno Rousseau de "soñador malhumorado".

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