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Mi Escudero

La poesía de Escudero está tan viva que sería imposible escribirle, aunque quisiera, una necrológica

Me dijo: "¡Pero qué cosas dices!", porque le había escrito: "Si Garcilaso volviera, Isabel Escudero sería una de sus ninfas. Y si regresara el Marqués de Santillana, pastorcilla sería. Escudero es una de las poetas más encantadoras (y cantadoras) de hoy. Entronca sus breves versos, hechos de aire y gracia, con el cancionero tradicional". No era más que la verdad. Ahora que Isabel Escudero (Quintana de la Serena, Badajoz, 1944) ha muerto, si ella volviera, yo sería su escudero.

Lo mejor sobre su obra lo escribió su compañero Agustín García Calvo con dos adjetivos. Sus coplas eran "tan modestas como atrevidas". "Modestas" por cercanas al cantar del pueblo: no por acercarse a él, sino por salir (sin irse) de él. Y "atrevidas" por ponerle los puntos sobre las íes al pensamiento y no digamos a la intelectualidad. Tal y como va de hinchado el mundo, no existe mayor atrevimiento que la modestia y, por otra parte, para ser atrevido hay que venir de casa modesto, para aceptar la subsiguiente insignificancia o el esquinamiento, en el mejor de los casos.

Nada de eso pareció importarle a Isabel Escudero, que sabía reírse de su sombra y hasta de su luz, porque bastante guasa se gastaba con su queridísimo García Calvo, al que clavó: "Esto sí que tiene ciencia:/ yo dependiendo de ti/ y tú de tu independencia". A su propia poesía, tan a la buena de Dios, la describía, poniéndose la venda antes de la herida: "Cada copla una flecha,/ y si acaso no te toca,/ que se pierda" o "Que sean muchas,/ a ver si de tantas/ te acierta alguna..." Aunque nos herían muchísimas. Ésta lo hizo entonces y más ahora: "No hacer distinciones:/ vivir con los muertos:/ los de antes, los de luego".

Pero aprovecharé que hoy es el día de la poesía para escribir sin hacer distinciones ni, si puedo, una necrológica. Víctor Erice vio como nadie la dualidad latente en la obra de Isabel Escudero: "Hay momentos donde el lenguaje es, a la vez, flecha y herida. […] gracia y pena […] Esencialmente haciendo brotar lo extraordinario de lo ordinario […] la fórmula justa entre rigor y ligereza […] la invitación que en estos versos se nos hace: no separar la vida de la poesía". Antes, Isabel no dejaba que su poesía lo fuera sin vida; hoy, su poesía no deja fuera la vida. Basta leerla para tenerla a ella aquí y para sentir aletear la esperanza: "Otra vez el mismo sueño/ con igualito final:/ que, al morir, me despierto".

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