La esquina

Amiguito en apuros

TAMPOCO a los jueces se les otorga en este país la presunción de inocencia. En cuanto se supo que el instructor de la rama valenciana del caso Gürtel -de presunta corrupción de miembros del PP- iba a ser José Flors, a algunos les faltó tiempo para recordar que era amigo de Francisco Camps y había sido su consejero de Justicia. ¿Cómo iba Flors a empurar a su amigo y ex jefe?

Pues los malpensados, habituados a encasillar a los jueces por sus afinidades y a cuestionar su independencia de criterio, han pinchado esta vez en hueso. El magistrado del Tribunal Superior dictó ayer un auto mediante el cual ni archiva ni sobresee, sino que mantiene abierta la causa contra el presidente de la Generalitat valenciana, Francisco Camps, su número dos en el PP regional, Ricardo Costa, y otros dos altos cargos, al encontrar "indicios racionales de delito" en su actuación. Las partes han sido citadas en el juzgado el próximo día 15.

De este modo, el amiguito del alma que enviaba mensajes telefónicos muy familiares a Álvaro Pérez, El Bigotes, el hombre de la trama corrupta en la Comunidad Valenciana ("Te quiero un huevo"), es ahora un amiguito en serios apuros. Ciertamente, de las diligencias judiciales han desaparecido todas las referencias a financiación ilegal del PP y tráfico de influencias, y el asunto ha quedado reducido a un presunto delito de cohecho (entre tres y seis meses de multa) definido en el artículo 426 del Código Penal: "La autoridad o funcionario público que admitiere dádiva o regalo que le fueren ofrecidos en consideración a su función o para la consecución de un acto no prohibido legalmente".

A Camps se le investiga, pues, por un delito menor. Cada vez existen más indicios de que al presidente valenciano le regalaron varios trajes. Él los encargaba y se los probaba, pero los pagaban otros que, para su desgracia, eran directivos de empresas que obtenían contratos de su partido. Tal y como yo lo veo -y conste que puedo estar equivocado-, en estas prácticas no hay por parte de Camps un designio de aprovechamiento y delito, sino ese tipo de negligencia que comporta el poder para hacer más cómoda y agradable la vida de quien lo tiene. Quien manda tiende a instalarse en una burbuja en la que una corte de ayudantes y aduladores le resuelve los problemas de la cotidianeidad. No ha de preocuparse de los atascos del tráfico, ni de buscar aparcamiento, ni de llamar por teléfono, ni de guardar cola, ni de hacer la compra. Tampoco tiene que preguntarse el por qué de un regalo o la verdadera intención de alguna amistad sobrevenida o alguna insólita compañía que, al final, puede resultar mala compañía.

Así es fácil olvidar que el presidente de una comunidad debe ser su primer vigilante. Y pagarse sus trajes, siempre.

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