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Prohibir los niños en los toros: la nueva cruzada moral del Gobierno de España

Tribuna de opinión

Un menor puede iniciar a los 12 años un proceso de cambio registral de sexo, pero no sentarse en un tendido

No se lleva a un niño a la plaza para enseñarle a matar: se le lleva para enseñarle a vivir, para mostrarle el riesgo, el miedo, el respeto, el límite

Morante resucita en Sevilla tras una retirada que duró lo que un suspiro

Niños esperan a que arranque un paseíllo en la plaza de toros de Algeciras. / Erasmo Fenoy

Hay una nueva figura recorriendo España con gesto grave y rotulador rojo en la mano: el censor del bien. No entra en las casas —todavía—, pero sí en las plazas. Viene a decirnos que nuestros hijos no pueden ver toros porque podrían traumatizarse. Y una, que fue niña, que vio toros, entierros y algún que otro pollo sin cabeza, se pregunta en qué momento se convirtió en un peligro público.

El Gobierno ha decidido volver a poner el foco sobre la tauromaquia, esta vez invocando a los más jóvenes. El Ministerio de Juventud e Infancia trabaja en una reforma legalpara prohibir que los menores asistan o participen en espectáculos donde haya violencia contra los animales. En ese saco caben los festejos taurinos y ciertas modalidades de caza. La iniciativa se ampara en la ampliación de la Ley Orgánica de protección integral a la infancia y la adolescencia frente a la violencia (LOPIVI) y en las recomendaciones reiteradas del Comité de los Derechos del Niño de Naciones Unidas, que desde 2018 insiste en que los toros no son lugar para niños.

El argumento es conocido: la violencia normaliza la violencia. El toro muere. El niño mira. El niño se vuelve violento. Fin del silogismo. Lo curioso es que, siguiendo esa lógica, varias generaciones de españoles deberíamos estar actualmente saqueando supermercados o resolviendo discusiones a cornadas, porque crecimos viendo corridas por televisión, yendo a la plaza de la mano de nuestros padres o abuelos y entendiendo —sin necesidad de manual psicológico— que la vida incluye la muerte.

Educar no es esconder la muerte, sino enseñarla

Pero no. Resulta que España es uno de los países más seguros del mundo, con bajas tasas de homicidio, altos niveles de apoyo social y una notable tolerancia hacia la diversidad. Nada de esto encaja con la tesis del niño traumatizado por el toro. Quizá el problema sea que la realidad no acompaña al relato.

El Gobierno asegura que quiere proteger a los menores de daños emocionales. La intención, dicen, es altruista. No dudo de la buena fe de algunos. Pero me desconcierta que, en nombre de esa protección, se prohíba la entrada a una plaza de toros mientras se permite —e incluso se promueve— la sexualización temprana, el adoctrinamiento ideológico y decisiones vitales de enorme calado a edades en las que, paradójicamente, no se considera al menor lo bastante maduro para ver morir a un animal.

Un niño puede cambiar de sexo, pero no sentarse en un tendido

Un niño de doce años puede iniciar un proceso de cambio registral de sexo, pero no puede sentarse en un tendido. Puede escuchar charlas escolares que harían sonrojar a un marino mercante, pero no puede ver a un torero enfrentarse a un toro. El problema no es la incoherencia: es la hipocresía.

Nos dicen que los menores deben crecer en entornos “asépticos”, lejos del sufrimiento. Y así vamos construyendo una infancia de algodón, un mundo Disney donde no se muere nadie, no se sufre nunca y todo se resuelve con una canción. Luego llega la realidad —que no pide permiso— y los jóvenes descubren que el dolor existe, pero no saben qué hacer con él.

No se lleva a un niño a los toros para enseñarle a matar. Se le lleva para enseñarle a vivir: para mostrarle el riesgo, el miedo, el respeto, el límite. Para que entienda que la naturaleza no es un decorado y que la muerte forma parte del ciclo de la vida. No se le impide ir al entierro del abuelo “por si ve un muerto”. Se le acompaña. Se le explica. Se le educa.

No somos psicópatas. Somos herederos de una cultura que se niega a desaparecer

Decía Miguel Delibes en Las ratas cómo el Nini sabía exactamente dónde clavar el cuchillo al cerdo. ¿Fue Delibes un maltratador? ¿Un peligro para la infancia? ¿O simplemente alguien que entendía el mundo rural, la vida y la muerte sin filtros de Instagram?

Un niño en el tendido de la plaza de toros de Algeciras junto a unos familiares. / Erasmo Fenoy

Este debate no es nuevo. En los años cincuenta se quiso prohibir Superman porque los cómics volvían violentos a los niños. Luego fue el rock, el heavy, el punk: música del demonio. Después los videojuegos, culpables de todos los males contemporáneos. Ahora le toca al toro. Siempre el mismo patrón: una parte de la sociedad quiere acabar con algo que no le gusta y, para lograrlo, invoca a los niños.

Un país sin tradiciones es un país sin memoria, y un país sin memoria es fácilmente manipulable

Pero los jóvenes sin raíces son jóvenes más frágiles. Arrancar a una sociedad sus tradiciones no la hace más libre, la deja huérfana. La tauromaquia no es solo un espectáculo: es historia, arte, literatura, identidad. Y quienes hemos crecido en ella no somos más violentos, ni más intolerantes, ni más incultos. No somos psicópatas. Somos personas que aprendieron que la vida es intensa, finita y hermosa precisamente por eso.

Se meten tanto los políticos en nuestras vidas que cualquier día nos dirán cómo hacer nuestras necesidades —con perdón—, siempre por nuestro bien. Y quizá entonces también haya un informe internacional recomendando hacerlo sentados, en silencio y sin emociones fuertes.

Mientras tanto, sigamos defendiendo el derecho de los padres a educar a sus hijos, el derecho de los niños a conocer su cultura y el derecho de una sociedad a no pedir perdón por existir. Porque prohibir los toros a los menores no protege a la infancia: la empobrece. Y un país que empobrece su memoria acaba perdiendo algo mucho más valioso que una tradición.

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