Morante resucita en Sevilla tras una retirada que duró lo que un suspiro
El genio que dijo “no puedo más” vuelve 175 días después y deja al toreo entre el alivio, el enfado y esa incómoda sensación de haber sido feliz demasiado pronto
Morante se fue: el interrogante que deja el último dios del toreo
Entrevista: “Cuando salgo a torear intento pensar que no tengo donde caerme muerto”
Morante de la Puebla reaparecerá el Domingo de Resurrección en Sevilla y, de repente, el planeta taurino descubre que el calendario también sabe hacer literatura. Porque no es una fecha cualquiera: es Resurrección, que ya es decir. Y Morante, que nunca ha sido un hombre dado a la casualidad, regresa justo ahí, como si la metáfora se hubiera escrito sola y él se limitara a firmarla con un quite por verónicas.
La noticia ha caído este 20 de enero como caen las grandes noticias: sin pedir permiso y desordenándolo todo. Apenas 101 días después de aquella despedida en Madrid —aún caliente en la retina colectiva— el torero que se quitó la coleta anuncia que vuelve a ponérsela. No la cortó, ya lo sabemos; se la quitó. Matiz fundamental, casi freudiano. Quitarse algo siempre deja abierta la posibilidad de volver a ponérselo, como quien se quita un pañuelo porque aprieta el cuello.
Morante no reaparece: simplemente vuelve a ponerse algo que nunca llegó a quitarse del todo
El sueño de José María Garzón, nuevo empresario de La Maestranza, se ha cumplido antes incluso de que diera tiempo a soñarlo dos veces. El acuerdo se cerró en un lugar perfectamente prosaico —el bar Taquilla—, con un café de por medio, como si se tratase de una cita clandestina entre dos personas que saben que están haciendo algo importante, pero no quieren levantar demasiado la voz. Cuatro tardes: Resurrección, dos en Feria de Abril y Corpus. Y una quinta en San Miguel “por si acaso”. Ese “por si acaso” es, probablemente, el sintagma más morantista del comunicado.
Apenas tres meses separan el “ya no puedo más” del “volvemos el 5 de abril”. En la corrida de la Hispanidad, Morante se echó la temporada a la espalda y la espalda le dijo basta. Arrastraba una dura enfermedad mental y el cuerpo —ese aliado infiel— decidió hablar por él. A las siete y treinta y cuatro de la tarde se dirigió a la boca de riego de Las Ventas y se arrancó la coleta. No hubo aspavientos. Solo ese gesto antiguo y definitivo que parecía cerrar una vida entera.
Las cámaras de Telemadrid retransmitieron al mundo una escena que ya es patrimonio emocional del toreo. Chenel y oro, lila y oro, Puerta Grande, vestido destrozado, lágrimas sin distinguir entre el torero y la multitud. Era el adiós de un mito vivo. O eso creímos. Porque Morante tiene esa capacidad única de despedirse sin irse del todo, como quien dice “hasta luego” sabiendo que nadie se lo va a creer.
Ahora vuelve. Y vuelve cuando todavía no habíamos terminado de llorarlo. Todas las “viudas” que dejó Morante están, de repente, de alivio de luto. Algunas incluso con rubor, como si se hubiera exagerado el drama. Otras, en cambio, se sienten estafadas emocionalmente. “Es poco serio”, protesta un aficionado indignado. “La retirada fue un camelo, una performance, la guinda al relato de una temporada histórica”. Y añade, con un deje casi moralista, que Morante no está por encima de la torería. Tal vez tenga razón. O tal vez no haya entendido que Morante nunca ha estado dentro de ningún sitio.
En las redes, el debate hierve. “Si tanto jode la vuelta de Morante, no vayan ustedes a verlo y punto”, zanja uno, con una lógica aplastante y escaso éxito persuasivo. Otro cronista matiza: “Morante no reaparece. Acaba una temporada en octubre y empieza la siguiente en primavera. Como los demás”. Como los demás… salvo por ese pequeño detalle de haberse despedido ante millones de personas y habernos hecho creer que aquello era definitivo.
El problema no es que Morante vuelva, sino que nos hizo creer que se había ido
En realidad, todo esto recuerda inevitablemente a Antoñete. No solo porque Morante haya querido honrarlo hasta levantarle una estatua frente a la Puerta Grande de Las Ventas —descubierta, ironías del destino, la víspera de su propia retirada—, sino porque también lo ha emulado en las idas y venidas. Antoñete se retiró, volvió, se volvió a ir, regresó otra vez, se despidió formalmente y acabó retirándose del todo cuando ya nadie se lo pedía. Morante parece seguir ese mismo guion desordenado, como si la fidelidad a los ídolos incluyera también sus contradicciones.
Los rumores llevaban semanas flotando en el ambiente, como esos olores que nadie reconoce pero todos perciben. Que si Justo Algaba había recibido encargos nuevos. Que si Morante estaba mejor. Que si… Al final, lo de Morante quedó en un arrebato. O en varios. Porque Morante no funciona por planes quinquenales, sino por impulsos.
“Y al tercer día Morante resucitó”, se dice ahora, aunque el cálculo exacto arroje 175 días. Da igual. La aritmética nunca fue lo suyo. En una entrevista con The New York Times ya lo había advertido: no era una retirada completa, sino un descanso. Lo tradujeron al inglés, quizá para que doliera menos.
Hay quien compara el lance con un chiste de aquel magnate ruso: “El inglés se va sin despedirse; el judío se despide y no se va”. José Tomás y Morante, dos mitos, dos maneras opuestas de desaparecer. Uno se esfuma. El otro se despide a lo grande y luego vuelve, como si hubiera olvidado algo en el ruedo.
Y, sin embargo, cuando llegue el 5 de abril, cuando Morante pise de nuevo el albero de la Real Maestranza, todo esto dará igual. “Ese día va a ir a verte tu madre. Tu madre y yo”, dice un partidario, consciente de que no hace falta más argumento. Porque Morante no se rige por guiones. Vive y torea cuando puede, cuando quiere y cuando lo siente. No está para ser entendido.
También te puede interesar
Lo último