Antonio Zoido | Director de la XXI Bienal de Sevilla "La Bienal debe tener personalidad jurídica y presupuesto propio como el Real Alcázar"

  • La emergencia sanitaria no ha impedido que Sevilla celebre su gran festival, con artistas como Rocío Molina, Pedro el Granaíno o Andrés Marín listos para avanzar los futuros del arte jondo

Antonio Zoido (Monesterio, Badajoz, 1944). Antonio Zoido (Monesterio, Badajoz, 1944).

Antonio Zoido (Monesterio, Badajoz, 1944). / Juan Carlos Vázquez

Antonio Zoido (Monesterio, Badajoz, 1944) se despide en esta edición de la dirección de la Bienal, cargo al que llegó en 2017 con el consenso de todos lo grupos políticos y tras el cese de sus dos predecesores. El festival, que se celebra con restricciones de aforo y todas las medidas sanitarias exigidas por la pandemia, se mira en los espejos de los de Granada y Mérida -los primeros de gran envergadura en celebrarse tras el estado de alarma- y aspira a fluir sin crisis sanitarias hasta que se despida, con la voz mágica y celebratoria de Estrella Morente, el 4 de octubre en el Teatro Lope de Vega.

Ayer Zoido supervisaba el ensayo general de los dos espectáculos que hoy estrena Rocío Molina en el Teatro Central -que se retransmitirán por streaming- y disfrutaba de los detalles, sabedor de que el tiempo corre muy deprisa para los que aman y de que los instantes mágicos se conquistan concentrando la atención. Para este filósofo e historiador el flamenco es un viaje de larga duración, una odisea donde ha encontrado rapsodas como José Menese, cantaor sin el que su afición hubiera sido bien distinta. "Aún recuerdo ver amanecer desde La Puebla de Cazalla, con Menese cerrando el festival por toná, y mientras su voz se adueñaba de la campiña, todas las penas y agobios se olvidaban, y llegó el alba que decía Homero: una aurora de dedos rosados. Ojalá cada uno encuentre epifanías así en algún momento de esta Bienal".

-Esta edición debía ser multitudinaria pero el Covid-19 la ha obligado a despegar con un flashmob a puerta cerrada en el Alcázar. ¿Sigue empeñado en cortarse la coleta?

-Esta será mi última Bienal, aunque han resultado ser dos en una. Por un lado iba a ser la Bienal del 40 cumpleaños, preparada con mimo e ilusión para mostrar al mundo la llegada de una nueva generación de artistas y eso se iba a visualizar en el Teatro de la Maestranza, donde demostrarían su madurez coreógrafos como David Coria, Jesús Carmona u Olga Pericet, que son hijos de la Bienal y cuyos espectáculos hemos apoyado. Y además iba a desbordarse por toda Andalucía de la mano de las peñas, porque encomendamos a cuatro de ellas -la Platería de Granada, El Taranto de Almería, Buena Gente de Jerez y el Pozo de las Penas de Los Palacios, en homenaje al pregonero Manuel Herrera- las veladas del Hotel Triana, imposibles de celebrar con distancia social. Me ilusionaba asimismo estrenar ese Tren del flamenco que durante los cuatro fines de semana de la cita hubiera llevado el arte jondo de Sevilla a Cádiz, y que queríamos que continuara como proyecto turístico. Pero llegó la pandemia y nos obligó a cambiarlo todo. Muchos festivales suspendieron pero éste se celebra cada dos años y muchas familias dependen de él. Y es importante para Sevilla, porque la convierte en capital mundial de la cultura flamenca durante un mes. Barajamos hacerla sin público y retransmitirla íntegra en streaming, ahorrándonos los montajes y alquileres de espacios más costosos para centrar el esfuerzo económico en crear magníficos documentales para la promoción internacional de espacios patrimoniales como San Luis o el Salón de Embajadores del Alcázar. Pero entonces el Gobierno de España decidió abrir a la mitad de aforo los teatros, volvimos a replantearlo todo y ha resultado esta programación que sé que la vamos a disfrutar intensamente.

-Aparte del carácter especial que impone la pandemia, ¿qué sello propio tiene este año la cita?

-La investigación conectada con las raíces está presente en todos los estrenos, incluidos los que ofrecimos en agosto en San Jerónimo para apoyar el programa municipal Veraneo en la City. En esta Bienal están todas las dimensiones del flamenco, desde el electrónico y conectado con los software de Los Voluble, Gualberto o Artomático a los artistas que como Rycardo Moreno o Andrés Marín pueden hacer lo que quieran porque se saben todos los palos y vienen de una tradición jonda magnífica. Lo mismo vale para Tomás de Perrate, que para su montaje ha profundizado en la chacona junto a Raül Refree, y me atrevo a decir que el flamenco que no investigue y estudie lo va a pasar mal para hacerse un sitio en la Bienal. La tradición oral se extingue, la transmisión se basa más en diálogos entre iguales como los que propician las residencias y el contacto con otras músicas del mundo. En estos 40 años la Bienal ha sido un elemento decisivo para que se genere un flamenco distinto y lo vamos a ver en el recital de Pedro el Granaíno, que reinterpretará a tres maestros. No va a cantar por Fosforito, Morente o Chocolate, sino a crear algo nuevo a partir de esos tres estilos tan distintos. En la Bienal se puede hacer cualquier cosa menos persistir en lo anterior.

Zoido es también escritor y columnista de opinión de este medio. Zoido es también escritor y columnista de opinión de este medio.

Zoido es también escritor y columnista de opinión de este medio. / Juan Carlos Vázquez

-¿Qué reto pendiente le gustaría que sacara adelante quien le suceda al frente del proyecto?

-La Bienal es un acontecimiento muy rico pero con una existencia muy frágil porque tras cuatro décadas sigue sin gozar de una personalidad jurídica y un presupuesto propios. La Bienal tiene que tener, como el Real Alcázar, presupuesto propio e independencia, y los beneficios de la taquilla deben revertir en ella porque ahora van a parar al conjunto de las arcas municipales. No es lógico que el director de la Bienal tenga libertad para escoger a los artistas y diseñar los carteles pero luego se tenga que ceñir a los proyectos que presenten las ofertas económicas más bajas por exigencia administrativa. También se debe incrementar la colaboración público-privada para que los estrenos mundiales, que agotan entradas, no se vean un solo día. Este año cuentan con nuestro apoyo varios espectáculos, como ¡Fandago! de David Coria y David Lagos, El Salto de Jesús Carmona o La alta torre de José Valencia, pero no son producciones porque hasta que la Bienal no tenga personalidad jurídica propia no puede hacerlas. La Bienal debería tener el mismo estatuto que el Festival de Música y Danza de Granada, con personalidad municipal pero apoyo estatal y autonómico, al igual que la Feria, la Semana Santa o el citado Alcázar. Y para hacer el gran proyecto que Sevilla se merece habría que destinarle un millón de euros más la taquilla el año en que hay Bienal, y medio millón el año impar para propiciar producciones y residencias, mover montajes, generar contenidos y público.

"El flamenco que no investigue y estudie lo va a pasar mal para hacerse un hueco en esta cita"

-Hoy la expectación es enorme: estrena Rocío Molina las dos primeras entregas de su Trilogía sobre la guitarra y las entradas se agotaron nada más ponerse a la venta, al igual que ocurrió con Gatomaquia de Israel Galván.

-Rocío ha llegado a una altura de maestra que decide su propio camino, con valentía y libertad. Se desmelena en Caída del cielo y se recoge en su intimidad en sus asociaciones con Riqueni. Encuentro en ella muchas connotaciones con los místicos: ella busca la cara oculta, la otra realidad. Y lo que ocurrirá en esta Bienal nos sorprenderá y nos abrirá la puerta a un mundo que desconocíamos. Israel Galván, en cambio, está en otro código. Tras sus búsquedas introspectivas anda inmerso en una experimentación más lúdica y eso es lo que propone con su diálogo con el circo gitano Romanès de París. Me gusta muchísimo su momento creativo: anda investigando para bailar al compás de los camareros que pregonan las tapas con arte, y ese proyecto, en colaboración con varios bares de Sevilla, quedará pendiente por la pandemia pero es un formato experimental que me parece muy atractivo. Es cierto que la Bienal es como la Hermandad Matriz del Rocío, que debe dar las reglas a las demás hermandades, pero le falta calle, espontaneidad. Esa asignatura pendiente está ahí y ojalá quien tome el relevo la explore.

El filósofo e historiador en Casa Cuesta, en el corazón de Triana. El filósofo e historiador en Casa Cuesta, en el corazón de Triana.

El filósofo e historiador en Casa Cuesta, en el corazón de Triana. / Juan Carlos Vázquez

-Quizá el trabajo más rupturista de esta edición atípica lo ofrezca Andrés Marín, que producirá junto al artista José Miguel Pereñíguez la primera obra audiovisual flamenca del CAAC. ¿Les quita La vigilia perfecta la espinita de no haber podido estrenar La Divina Comedia?

-La pandemia estropeó todo el proyecto de hacer una obra coral como La Divina Comedia, que iba a clausurar esta cita en el Maestranza, así que le ofrecimos a Andrés Marín apoyo para que hiciera lo que mejor decidiera. Primero pensó en versionar La strada de Fellini inspirándose en los viajes con su padre cuando iban de un lado para otro pero finalmente ha preparado algo muy especial, inspirado a su vez por la experiencia de Rocío Molina en el Claustro de los Muertos del Festival de Itálica. Va a hacer algo precioso en el Monasterio de la Cartuja, donde unirá los tiempos de los frailes con el tiempo fabril de la Cartuja de Pickman en lo que ha dado en llamar La vigilia perfecta. Son micropiezas de baile que marcarán intermitentemente las horas canónicas de los monjes benedictinos: maitines, laudes, prima, tercia, sexta, nona, vísperas, completas. Empezará a las cinco de la mañana y acabará a las nueve de la noche, ya delante del público, aunque todo el proceso se grabará y retransmitirá por streaming.

-Esta entrevista transcurre en un local emblemático de Triana, Casa Cuesta, vecino al Centro de Cerámica que hoy acoge la sede de la Bienal. ¿Qué mensaje lanza el festival al barrio?

-Que el barrio debería aprovecharse de la Bienal porque desde las operaciones especulativas de los años 60 y 70, que se llevaron a tantos trianeros al extrarradio y crearon tanto desarraigo, Triana se ha convertido en un territorio flamenco sentimental. Triana se quedó sin nada y estuvo en lo más bajo, no tenía ni plaza de abastos. Rehabilitar el mercado ha sido esencial para dinamizar el barrio. Y con el flamenco ocurre igual: quedan reductos, hay gente que sigue viviendo aquí como los padres de Joselito Acedo, Manolo Marín o Rosario La Tremendita, pero son minoría. Cristina Heeren sí tenía la idea de que Triana tenía que volver a ser importante para el flamenco al instalar aquí su nueva sede. Pero ni el flamenco ha calado en la Velá, ni este enclave que ha dado la soleá de Triana como insignia ha sido capaz de reinventarse desde el flamenco, como ha hecho Jerez con la bulería. Creo que Triana debería mirarse en el espejo del Festival de Jerez e importar un modelo similar para los años en que no hay Bienal. Para decir que Triana existe no hace falta poner unos azulejos horribles en el muelle camaronero, basta con que se quiera venir al barrio a escuchar flamenco y consumir cultura, como cuando íbamos al cine Corona.

Zoido confía en que la Bienal gane calle y espontaneidad. Zoido confía en que la Bienal gane calle y espontaneidad.

Zoido confía en que la Bienal gane calle y espontaneidad. / Juan Carlos Vázquez

-¿Qué lección se lleva del cargo y cuál querría desaprender?

-Me gustaría desaprender el marasmo burocrático que hay alrededor de las actividades culturales en general, y del flamenco en particular. De las lecciones positivas, me quedo con la familiaridad con muchos artistas que me ha dado el estar al frente del proyecto, y el poder aprender del equipo de la Bienal que encabeza José María Sousa y que, aunque está en su mínima expresión, es extraordinario. Porque la Bienal sigue siendo un proyecto frágil que, si no se mima, se puede ir a otro sitio. En ese sentido, guardo en el corazón la presentación el pasado enero de la Bienal en el Teatro Chaillot, con la Torre Eiffel como testigo, cuando sentí claramente que la Bienal de París es hija de la de Sevilla y que espectáculos nacidos aquí como los de Rocío Molina, Eva Yerbabuena, Ana Morales u Olga Pericet triunfaban allí ante un público muy exigente.

"Sevilla tiene que acabar con el divorcio entre las peñas y la Bienal"

-Eligió como pregonero a Manuel Herrera, figura decisiva en la historia flamenca de Sevilla. ¿Qué lección le deja lo escuchado el viernes en el Alcázar?

-Que Sevilla tiene que acabar con el divorcio entre las peñas y la Bienal, que fue un invento de las peñas hasta que se apartaron de ella. Herrera, creador de la Bienal y fundador y presidente de peñas flamencas, lo resaltó perfectamente cuando dijo que los peñistas deberían ser el principal vivero con el que la Bienal se asegura apoyos y espectadores.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios