El Tratado de Gibraltar, fondo y forma
Al sur del Sur
¿Es este el acuerdo que esperábamos y necesitamos? La impresión es que los negociadores españoles han antepuesto el calendario a los contenidos, sin meditar en el día después
El histórico Tratado de Gibraltar: la UE y Reino Unido buscan una nueva cooperación pero dejan frentes abiertos
Al fin, tenemos sobre la mesa un proyecto de Tratado sobre Gibraltar. ¿Pero es este el acuerdo que esperábamos y necesitamos? A lo largo de más de cuatro años de negociación entre la Comisión Europea y Reino Unido, los ciudadanos del Campo de Gibraltar y, de forma muy especial, los de La Línea de la Concepción, hemos aguardado con impaciencia el resultado de un diálogo llamado a propiciar un futuro de “prosperidad compartida”, de la mano de los vecinos llanitos y bajo un marco normativo análogo para ambos.
El texto resultante, sin embargo, es una amalgama donde se entremezclan de forma desigual algunos aspectos positivos, otros muchos negativos y zonas a oscuras, con la sensación final de que España -más allá de la irresoluble cuestión de la soberanía- está dejando pasar una oportunidad inmejorable para poner coto a determinadas prácticas gibraltareñas (en materia medioambiental o militar, pongamos por caso) y para mejorar las condiciones de vida a este lado de la Verja. En definitiva, para acabar sin revanchismos con el privilegiado estatus del que la colonia ha venido disfrutando como consecuencia de las condiciones que Reino Unido impuso para desbloquear la entrada de España en la Comunidad Económica Europea en 1986.
El Brexit, aprobado en el referéndum de 2016, y el deseo de Gibraltar de integrarse en el territorio Schengen como única forma de mantener a flote su economía, dio a España la ocasión de imponer una serie de requisitos al vecino que llamaba a su puerta, la de acceso de regreso a la UE. Era el momento y el tratado, la forma de aprovecharlo.
Los 604 folios y 336 artículos que integran el documento requieren de un análisis detallado que ha dado a lo largo de estos días para múltiples tribunas y otras más que vendrán. No obstante, hay dos aspectos de su contenido que llaman la atención porque dejan pocas dudas a la interpretación: la desaparición de los controles fronterizos y el grado de detalle de los futuros impuestos en Gibraltar, justamente las dos prioridades subrayadas en rojo por las autoridades de la Roca al inicio del proceso.
Sí, habrá libre paso por la Verja, tanto de personas como de mercancías, no así de capitales y servicios. Y se implantará en Gibraltar un sistema fiscal que, si bien sobre el papel se equipara a los tipos mínimos de la UE (con un impuesto indirecto a los bienes de consumo del 15%, frente al 21% del IVA en España), contiene tan elevado número de excepciones (con tipos del 0 y del 6%) que el resultado final es un diferencial enorme respecto a lo que se paga a un tiro de piedra... en La Línea.
Los cinco escollos de 2022
En noviembre de 2022, Europa Sur desveló los cinco escollos que, en ese momento, impedían avanzar a los negociadores del tratado. Junto a los impuestos, cuyo desenlace es el descrito anteriormente, figuraban el control de los militares británicos en una zona abierta al conjunto de la UE (que no se llevará finalmente a cabo), el ajuste de Gibraltar a las directivas medioambientales de los 27 (algo que tampoco contempla el acuerdo), los controles a los pasajeros que lleguen al puerto y al aeropuerto (a este respecto, da la impresión de que Albares y Picardo manejan textos divergentes) y la igualación de las pensiones de los jubilados españoles que trabajaron en Gibraltar con las de sus compañeros de la Roca (aspecto este abordado de forma tan alambicada que, aunque parece que sí se equipararán, no se sabe quién asumirá el coste). Es decir, casi todo aquello que presentaba dificultades, se ha resuelto finalmente con la balanza inclinándose en gran medida del lado de los británicos o con una patada al balón a la espera de que caiga.
Un tratado solo en inglés
No solo falla el contenido, sino también las formas. El proyecto de tratado, cuyas líneas maestras adelantó el pasado martes esta redacción, carece a estas alturas de una versión oficial en español, de lo que cabe extraer varias conclusiones. La primera es que el texto de partida y sobre el que se ha venido negociando estaba redactado en inglés, una cuestión que puede parecer baladí, pero que desvela quién dio el primer paso, fijó la estructura que iba a tener el tratado y sus prioridades: el lenguaje condiciona el pensamiento.
La segunda conclusión es que el acuerdo, dado que la traducción oficial al español presenta tantas dificultades, no estaba ni está tan cerrado como se proclamó a finales de 2025. La tercera deducción, unida a esta, es la sensación de prisa e improvisación que impregna todo, motivado por la aparente necesidad de cerrar sea como sea un compromiso antes de la entrada en vigor del nuevo sistema de fronteras europeo, el 10 de abril… A no ser que lo que importe de verdad sea la foto de nuestros políticos en el acto de derribo de la Verja, antes de que entre en vigor el decreto de disolución del Parlamento de Andalucía previo a la convocatoria de elecciones y se prohíban actos de perfil publicitario.
¿De qué y de cuándo que el Congreso debata en torno a una materia de esta trascendencia con un texto sobre la mesa escrito en una lengua extranjera?
La última consideración en cuanto a las formas es la enorme desconsideración mostrada por el Gobierno hacia las Cortes españolas, al remitir a estas -al igual que a la Junta de Andalucía y a los alcaldes del Campo de Gibraltar- la versión anglosajona del proyecto de tratado, de forma previa a la comparecencia del ministro. ¿De qué y de cuándo que el Congreso debata en torno a una materia de esta trascendencia con un texto sobre la mesa escrito en una lengua extranjera? ¿A alguien se le pasa por la cabeza que la titular británica de Exteriores se permitiese el desahogo de trasladar a la Cámara de los Comunes, en español, el Tratado de Gibraltar para su debate?
Nadie duda de que el tratado, si logra ser aprobado según los planes trazados, será un acuerdo histórico por su trascendencia, por su perdurabilidad en el tiempo (un texto ratificado por las instituciones de la UE no se altera de un día para otro) y, cómo no, porque acabará con la Verja como elemento de división de dos pueblos separados por los avatares de la historia, que no por los afectos. Y aun así, por desgracia, la impresión que nos queda a muchos es que los negociadores españoles han antepuesto el calendario a los contenidos, sin meditar en el paisaje del día después.
Los responsables de Exteriores se marcharán con sus relucientes maletines de cuero y sus condecoraciones en la pechera y darán por resuelto el litigio sobre Gibraltar, dejando a los autóctonos con las reparaciones de los submarinos nucleares, con los vertidos de aguas fecales sin depurar al mar, con los rellenos en aguas españolas, con los fondeaderos fuera norma de buques pegaditos al litoral de La Línea y San Roque, con la desnivelación fiscal, con la subida de los precios de la vivienda, con el contrabando de tabaco (que seguirá) y con el lavado de dinero negro (otro tanto). Sí, ojalá sea solo una impresión.
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