Campo Chico La novena provincia andaluza

  • Por su empeño, el ministro Castiella mereció y merece toda clase de reconocimientos

  • El general Franco lo detuvo todo preguntando acerca del conocimiento del caso de las autoridades provinciales

Una vista desde las alturas de parte del Campo de Gibraltar. Una vista desde las alturas de parte del Campo de Gibraltar.

Una vista desde las alturas de parte del Campo de Gibraltar. / Ignacio Pérez de Vargas

Así titula también Tomás Herrera Poveda, el segundo capítulo de su De la calle Munición a la Perseverancia, un relato sentimental sobre la Algeciras de la posguerra, en la que él vivió. Hace dos décadas, su hijo Tomás, que años más tarde sería alcalde de la ciudad y, posteriormente, subdelegado de la Junta de Andalucía en la comarca, gestionó su publicación, ayudándose de la entonces Fundación Municipal de Cultura. Él personalmente, tuvo la gentileza de regalarme un ejemplar. Sin duda se inspiraba en el gran cariño que tuve por su padre, amigo del mío y generoso comunicador de sus inquietudes por el pueblo en el que ambos nacimos. Aprendí mucho de él, como de su hermano Antonio. En ese segundo capítulo al que me refiero, Tomás nos cuenta cómo fue aquella iniciativa del Consejo de Ministros, en el mes de febrero de 1969, que pudo convertir al Campo de Gibraltar, junto a unos cuantos términos municipales de su entorno, en la novena provincia andaluza. Santiago Fernández Delgado describe espléndida y minuciosamente (La provincia del Campo de Gibraltar), en una página del Grupo de Patrimonio del C.E.Per. Juan Ramón Jiménez de Algeciras, los pormenores de aquel sorprendente proyecto que quedó en la nada como consecuencia de las reacciones en cadena en su contra de poderosos personajes de la época radicados, sobre todo, en las ciudades de Cádiz, Jerez y Málaga.

Santiago era el secretario de la Alcaldía, cuando en las primeras horas del día 21 de febrero de 1969, se produjo una llamada desde Madrid que recibió el alcalde Rafael López Correa, comunicándole las intenciones del Gobierno de crear, en el siguiente consejo de ministros, una nueva provincia y ordenándole que, en secreto, se pusiera en contacto con el resto de los alcaldes e informara inmediatamente de sus opiniones y disponibilidad. El gobernador civil de Cádiz, Julio Rico de Sanz, cometería, a pesar de la advertencia, la (intencionada) indiscreción de comentárselo a Miguel Primo de Rivera y Urquijo, alcalde de Jerez, y con ello abrió la caja de Pandora alertando a las élites políticas provinciales, de las intenciones del Gobierno. La provincia del Campo de Gibraltar, con (probable) capital en Algeciras, incluiría el termino de Estepona, al este, el de Vejer, al oeste, y se extendería por Alcalá, Cortes y Ubrique, hasta ocupar la serranía norte de Ronda; cuarenta municipios, cinco de Cádiz, añadidos a los siete existentes en aquel momento, y veintiocho de Málaga. Los alcaldes de cada una de las ciudades de la comarca acudirían apresuradamente a la llamada del de Algeciras, donde permanecerían hasta avanzada la tarde, mientras los de Ronda y Alcalá manifestaban a López Correa su adhesión al proyecto.

La delimitación del territorio parecía inspirado en lo que fuera el reino meriní de Abomelic; la cora o provincia andalusí de Al Yazira y la de Takurunna (Ronda, en terminología bereber). La noticia fue acogida con entusiasmo. Justo lo contrario de lo que ocurrió en las esferas de los poderes provinciales con sectores muy influyentes en la Jefatura del Estado. José María Pemán, el gran intelectual gadita (diríamos, en términos familiares), cuyo prestigio e influencia en la clase dirigente, eran grandes, se movilizó personalmente para evitar el progreso de aquella tropelía tan perjudicial para los intereses de las respectivas oligarquías capitalinas; escribiría en el diario ABC lo siguiente: “No se le puede hacer la guerra a Inglaterra. Pero sí se puede hacer la guerrilla sobre terrenos de Cádiz y Málaga”. Mientras lo que nos cuenta Santiago Fernández, goza de ese rigor propio de quien está habituado al ejercicio de una tarea tan exigente como la suya –fue durante muchos años y con varios alcaldes, el secretario de Alcaldía por antonomasia–, lo que escribe Tomás Herrera está aderezado con esa pasión que los especialitos ponemos en nuestras cosas. Pero lo cierto es que toda aquella movida que estuvo a punto de romper la estructura provincial de Cádiz y de Málaga y de trastocar el equilibrio de la distribución territorial de Andalucía, era fruto de la improvisación derivada del decidido afán del ministro Castiella por fortalecer un Campo de Gibraltar libre de los malos efectos, que en aquella sociedad producían la presencia en su seno y el estatus de la colonia británica. El habilísimo Joshua –o Salvador– Hassan, primer chief minister de la historia y poderoso entre los poderosos colonos hebreos de la roca, promovió en la década de los sesenta, una política interna de promoción hacia la independencia de Gibraltar, que el ministro Castiella y el embajador Piniés neutralizaron en la Naciones Unidas, dando pasos sin precedentes ni consecuentes tanto en la definición de colonia para Gibraltar como en el acuerdo tomado en la institución internacional, que encargaba a España y al Reino Unido iniciar el proceso de descolonización. Paralelamente se trataba de industrializar la zona afectada con medidas tan importantes y decisivas como la instalación de la refinería, que la compañía propietaria, Cepsa, pretendía llevar al País Vasco y sería redirigida para su asentamiento en la comarca.

La provincia de Cádiz es seguramente la más bella de España y tal vez del mundo, sus microclimas, la variedad de sus paisajes, las características zonales, los tamaños variables de sus pueblos, el equilibrio natural entre sus zonas habitadas y sus paisajes, el color de sus campos, su pluviosidad, su larga costa, sus orientación y situación geográfica, extremo meridional de Europa, mediterránea y atlántica y un sinfín de cualidades y detalles –sin entrar en el ingenio y calidad de sus paisanos– constituyen una singularidad compleja en la que la historia y la geografía, incluso la política, el arte y el pensamiento parecen convivir y acomodarse como en ningún otro lugar del planeta. Hay en ella, tres subprovincias; Cádiz capital, la bahía y los Puertos; Jerez, la campiña, la sierra y los pueblos blancos; y el Campo de Gibraltar. Este último territorio, es el más meridional y el único afectado en Europa por una presencia colonial generadora de desequilibrios y de trastornos sociales. Ítem más: sus condiciones naturales lo hacen imbatible en el comercio marítimo y en el tráfico de pasajeros, frente al resto de la provincia.

Tradicionalmente y sobre todo durante el Gobierno del general Franco, el Campo de Gibraltar ha sido tratado como un lugar distinto y distante. Y algunos gerifaltes y mandamases con posaderas instaladas en la capital, han preferido ignorar sus magníficas condiciones y sus extraordinarias posibilidades de desarrollo; para ellos eran competencia para la capital, acudiendo a esa estrechez de miras que empobrece a los pueblos. En el personal de a bordo se ha ido creando así, una consciencia de ser otra cosa, de que en Cádiz iban a lo suyo y no podía esperarse nada positivo para la comarca. Por otra parte, una mejor comunicación vial con Málaga favorecía el distanciamiento de Cádiz. El resultado es que el ambiente de la década de los sesenta del pasado siglo, era el mejor posible para la iniciativa promovida por Castiella. Entonces Gibraltar no había desarrollado tanto su eficiente estrategia de compra y alquiler de voluntades, pero la comarca no tenía otra cosa que el estraperlo y el arsenal militar de la colonia. Por su empeño, al que se debe la espléndida realidad industrial y portuaria de la comarca, amén de la definición e identificación colonial de Gibraltar en los organismos internacionales, el ministro Castiella mereció y merece toda clase de reconocimientos. Otra cosa es que unos descerebrados y su claque de ignorantes apuesten por su ostracismo, cosa endémica de este tiempo de obnubilación. Ese empeño, le llevó a algo que como la iniciativa de reestructurar la geopolítica de Andalucía, no podía prosperar. El general Franco lo detuvo todo preguntando acerca del conocimiento del caso y la conformidad de las autoridades provinciales. Muchos políticos de la época, de todos los niveles, entre ellos Castiella y López Correa, fueron cesados en los días que siguieron a aquella, un poco disparatada, histórica iniciativa, pero a la comarca se le había señalado un camino hacia su propia prosperidad.

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