Real Balompédica Linense - San Fernando CD | La crónica Esta casa es una ruina (0-1)

  • Una Balona apática y desdibujada acumula otro resultado adverso en su estadio

  • Los albinegros gozan de dos claras oportunidades, pero el San Fernando, compacto, se muestra muy superior

Gastón Cellerino, Nono Santos Pargaña y el meta del San Fernando, Rubén Gálvez Gastón Cellerino, Nono Santos Pargaña y el meta del San Fernando, Rubén Gálvez

Gastón Cellerino, Nono Santos Pargaña y el meta del San Fernando, Rubén Gálvez / Erasmo Fenoy

Los desvencijados restos de lo que un día fue la majestuosa grada de Tribuna del Municipal de La Línea se antojan la imagen perfecta para reflejar lo que sucede con la Real Balompédica en la segunda vuelta de la temporada. El conjunto albinegro, que fue tantas veces inexpugnable, que se paseó por la planta noble de la clasificación y que enorgulleció a sus aficionados, apenas ha sumado una victoria en su feudo en todo 2019, lo que le descabalga de los puestos de Copa. Esta vez le tocó salir airoso de ese escenario al San Fernando, que, sencillamente, fue mejor que el equipo de casa, al que más que la derrota hay que reprocharle la imagen de indolencia y/o impotencia que evidenció en muchos compases del juego. Así se entiende que cada vez vaya menos gente al estadio y que los que fueron ayer (balonos de verdad) saliesen del recinto cabreados por haber tenido que pagar una entrada extra y entre el abatimiento y la indiferencia. Que la más de las veces es mucho más peligrosa que el enfado.

Es verdad que los albinegros tuvieron dos ocasiones no claras, sino clarísimas, para haber aliviado el marcador, pero hasta eso se antoja insuficiente ante los méritos del rival... y los deméritos de los de Jordi Roger, entre otras cosas porque los azulinos también pudieron ampliar sus registros con dos o tres oportunidades evidentes.

No da con la tecla en casa la Balona. Un día le falta gol. Otro suerte. Otro fútbol. Pero lo cierto es que desde las uvas –literalmente– no pasa por La Línea un rival que esté por delante en la clasificación que no toque pelo. El San Fernando fue superior, muy superior, durante más de una hora de partido y al final el fútbol, que tampoco es que se esté mostrando muy generoso con los de La Línea en esta segunda vuelta, hizo justicia. El conjunto cañaílla daba en todo momento la sensación de que no había manera de meterle mano que tanto recordaba a la Balona de los mejores momentos de este curso.

La primera media hora fue del equipo de la Isla. Raúl Palma y Bruno Herrero se adueñaron de la zona ancha e hicieron desaparecer a Sana y Tarsi. Mientras tanto, Ismael Chico parece haber pasado a mejor vida en el banquillo. Corría el cuarto de hora cuando Pedro Ríos –que parece conocer la fórmula del elixir de la eterna juventud– cruzó demasiado cuando lo tenía todo a favor. Dos después Carri lanzó arriba también en situación muy ventajosa.

La Balompédica, imprecisa, precipitada y sin ese hambre que le caracterizó meses atrás, acertó a salir de su medio campo a los 24 minutos. Gastón cayó en el área tras un forcejeo con un inconmensurable Antonio Oca. Demasiado poco para pitar el solicitado penalti.

En el 32’ llegó la primera oportunidad de los de casa. Un buen centro de Sergio Rodríguez acabó en los pies de Pirulo que le pegó con mucha intención... pero al poste. El último cuarto de hora de la primera mitad fue el único rato en el que la Balona fue mejor, aunque en el 35’ Oca advirtió de que el San Fernando no iba a rendirse. Llegó el 41’ Gastón tocó para David Moreno que lo tenía todo a favor, pero se durmió y permitió que el omnipresente Oca le arrebatase el esférico. Igual esa acción tuvo algo que ver con que el suyo fuese el primer cambio.

Con el descanso desapareció la Balompédica. En el 52’ llegó el tanto del triunfo de los que ayer vestían de rojo. Un desimplicado Sana entregó el balón a Pau Franch, que se giró y cruzó como lo hacen los buenos delanteros.

No es casualidad que Roger haga solo dos cambios, es la demostración de que no se manejó bien el mercado de invierno

A partir de entonces fue una exhibición de cómo un equipo maneja un partido con ventaja en el marcador ante un rival que carece de los recursos para hacer siquiera cosquillas. Roger lo intentó con la defensa de tres y jugando con dos nueves. Pero nada. Solo sirvió para agrandar aún más los méritos de Oca y Lolo Guerrero. No es una casualidad que el técnico catalán haga últimamente solo dos cambios. Es la demostración de que no se manejaron bien los tiempos en el mercado de invierno y no hay ases en la manga a los que recurrir.

Poco a poco la Balompédica se veía obligada a desabrocharse y en el 64’ el San Fernando tuvo el tiro de gracia. Pedro Ríos colocó en balón en los pies de Carri en el segundo palo. Incomprensiblemente no es que lanzase fuera, es que lo hizo muy lejos del marco. Nono Santos Pargaña, que estaba cuajando un arbitraje muy aseado, empezó a adulterar el marcador. En el 73’ y sin justificación alguna escatimó la segunda cartulina a Gabi Ramos por una zancadilla que sí señaló. Era la segunda amarilla y el San Fernando hubiese jugado un cuarto de hora con un hombre menos. Es imposible saber qué repercusión hubiese tenido en el marcador.

La Balona funcionaba, pero a arreones, sin concierto. Su dominio, desordenado, era más por decisión de un rival que se sentía cómodo esperando para asestar el golpe definitivo, que por sus argumentos. Algún chispazo, algún córner, alguna rebullasca, pero ocasiones, lo que se entiende por ocasiones, ni una.

En el 92’ el árbitro, consciente de que ya había indultado a un jugador visitante, perdonó la roja a Gastón Cellerino, quien agredió a Lolo Guerrero. El problema no es que el colegiado sevillano no lo viese –porque a veces esas acciones quedan fuera de su control– sino que lo juzgó con una amarilla que, a la vista de lo que redactó en el acta (“impactar con el brazo de manera temeraria en el rostro de un adversario”) al único que inculpaba es al propio trencilla.

Con todo resuelto llegó el 93’. Buba le ganó la espalda a su par en un centro lateral y remató a puerta. Era la oportunidad de desquitarse, precisamente ante su exequipo, de la infinidad de críticas que recibe. Algo así como una justicia divina. Cuando media (despoblada) grada cantaba gol Rubén Gálvez metió una mano de porterazo. Una mano que deja a su equipo a tiro de piedra de la liguilla y a la Balona, y lo que es peor a su entorno, con la sensación de que lo que queda de temporada se va a hacer eterno. Aquello de lo bonito que pudo haber sido y no fue.

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