Historias de Algeciras Mujeres de la vida (II)

  • María la Ditera tuvo que enfrentarse tanto a las fuerzas de orden público como a la administración para desempeñar su labor

  • Mujeres de la vida (I)

Antiguo Mercado de Algeciras Antiguo Mercado de Algeciras

Antiguo Mercado de Algeciras / E.S.

Sus pupilas, aquellas “hijas de Venus”, como eran llamadas por los cursis, no siempre estaban autorizadas para “trabajar”. Una infección; el ciclo menstrual -o como aquí decían “el mes” o “ir a Gibraltar”- afectaba duramente al negocio. Después estaban las fiestas religiosas, sobre todo la Cuaresma, donde sus “escogidos parroquianos” cambiaban temporalmente las visitas por triduos y novenas. Cuanto se reía la Ditera, al ver la formalidad pública de aquellos grandes rezadores procesionando por las calles cirio en mano; o llevando, como ejemplos de virtud masculina, a sus señoras de mantilla cogidas del brazo visitando los distintos sagrarios de Algeciras. Ella sabía de los gustos por las jovencitas del estirado político, o del deseo inconfesable del despótico propietario por un soldado con bigote. Aquel dios que estos adoraban, no era el mismo dios en el que ella creía; aunque en una dura época de su vida, sintiera que el cielo la había abandonado.

La mejor época del año para su “negocio y sus niñas”, comenzaba con el carnaval y su alegría física y dineraria. Afortunadamente para la caja, esta fiesta era previa a la Cuaresma; después la Feria Real, durante la cual, algún que otro diestro comenzaría la faena en La Perseverancia y la concluiría en su casa. Y en tercer lugar, los días previos al embarque militar de las tropas; aunque su “casa” solo admitía de suboficiales “pa'rriba”. La clase de tropa ya tenía sus “garitos” donde la discreción no era necesaria.

Esporádicamente podría llegar un adinerado extranjero que anunciaba a sus pupilas con la expresión: ¡Niñas al salón que hay ingleses!. Ingleses era igual a extranjeros. En más de una ocasión y tirando de experiencia personal, sonreiría pensando que en la cama independientemente del pasaporte, lengua o bandera: ¡Todos los hombres son iguales!. En su caso, salvo ciertos casos puntuales de inapropiados comportamientos, afortunadamente había conseguido darle a su casa de tapaíllo, una pátina de seriedad reconocida hasta por las autoridades de orden público. Recelosa del alcohol y sus consecuencias, gustaba esta medianera en el trasiego del sexo, de invitar a los clientes a una copa de vino o licor que previamente habría comprado, entre otros, en el establecimiento de la calle San Pedro, esquina Viudas, regentado bajo la razón social de “Rivero, Fernández y Luque”, aunque al poco tiempo, el local quedase solo en manos del que fuera empleado de la Algeciras-Bobadilla Railway Cº. Manuel Rivero Pérez.

Había personajes -recordaba esbozando una sonrisa-, como aquel buscavidas conocido en todas las “casas” de Algeciras, como El Brillante; “ganapan” que se llevaba la palma por su proceder tan singular. El mencionado individuo portaba tan justificado apodo, debido a que los días de venta de ganado, preferentemente durante la Feria Real, aprovechando la presencia de “dinero fresco” albergado en los bolsillos de los tratantes que acudían a las “casas alegres”, y en un momento dado, en el que el vino hacía su trabajo en las mentes de estos negociadores, El Brillante sacaba “la manta de joyas”, para que la joven que acompaña al fiel acólito de Baco -antes de que éste cayera en los brazos de Morfeo-, le regalase un “brillante” de los expuestos ante los turbios ojos del “primo” y la compinche, como gesto galante hacia la casual Dulcinea. Joya aquella, que como era de esperar -y el incauto no estaba en condiciones de percatarse-, era la pieza más cara y que al día siguiente volvería a manos del Brillante y su manta, previo pago de la comisión a la joven “gancho” en el trapicheo. Este personaje, constituye un mínimo ejemplo de la economía subterránea que generaba la prostitución muy unida a la picaresca, como medios en ambos casos de subsistencia. Había que comer.

Aportación mensual a las arcas municipales Aportación mensual a las arcas municipales

Aportación mensual a las arcas municipales / E.S.

De vueltas al cuidado de sus pupilas, nuestra patrona sabía perfectamente que existía un archivo dedicado al colectivo de prostitutas de la ciudad. Fondo aquel que contenía expedientes personalizados de cada una de ellas correspondiéndoles un número de identificación para un más rápido acceso al mismo y controlar su historial sanitario: “Nº 1 María D.C. / Nº 46 Isabel R.R. / Nº 37 Eloisa V.B. ó, Nº 44 Ana J. F.”. A veces, había sido testigo de como por la penosa situación de aquellas mujeres, sobre todo las que “trabajaban” los escalones más bajos de la sociedad, se veían obligadas a acudir -al igual que las pobres de solemnidad- a la llamada Lactancia Benéfica, recogida dentro del contexto del Padrón de Beneficencia, dándose situaciones como la que aconteció a quién la Ditera conoció tras llegar a nuestra ciudad: “Catalina B. B. Que habita en la calle del Buenaire y es meretriz está imposibilitada de amamantar al hijo que tiene de 5 meses, por falta absoluta de leche por efectos de enfermedades crónicas que ha padecido y carece de una alimentación adecuada a su deterioro orgánico”.

Lo que aquella pobre mujer no sabía, era: que en el tiempo que le tocó vivir, existía una Real Orden, que administrativamente se denominó: “Patente de Sanidad”, y que le afectaba directamente. La aplicación de la citada Real Orden, si bien desde un punto de vista sanitario ofrecía “ciertas garantías”, necesitaba para su aplicación de la existencia de unos medios -humanos y materiales- de los cuales los Ayuntamientos carecían. Mientras tanto, con Patente de Sanidad o sin ella, el popular Hospital de la Caridad (oficialmente en aquella época: Hospital de Beneficencia de Algeciras), seguía ofreciendo sus servicios afectos a aquellas pobres mujeres. Siendo el estadillo mensual del mismo, el siguiente: “Enfermos Pobres: 14, han generado un gasto de 8'75 Ptas; Presos: 5, han generado un gasto de 3'13 Ptas; Dementes: 3, han generado un gasto de 1'87 Ptas; Heridos: 0; y por último Meretrices: 3, han generado un gasto de 1'87 Ptas”. Resultando -prosigue el documento consultado- que: “En cuanto a la alimentación, se establecía una estadística dividida en: “Raciones, Medias, Sopas y Dietas, sumando al final un total para establecer un coste por enfermo, que como fue establecido se clasificaban socialmente en: “Pobres, presos, dementes, heridos, meretrices y de pago”.

En alguna que otra ocasión, aquel registro donde obligatoriamente debían estar inscritas todas las meretrices de Algeciras, era utilizado por la policía por razones que la Ditera desconocía. A veces, era citada para que se presentase en la inspección, ubicada en la calle Santísimo para hacerle diversas preguntas. En una de aquellas rutinarias citaciones, le atendió un agente que le llamó la atención por su mirada, por el tono de su voz, aquel hombre al que un compañero llamó Albuzo, padecía de la misma enfermedad que ella: la soledad. 

Ella sabía, por compañeras de otras localidades cercanas, que el control sanitario era una obligación para las autoridades en general: “En la vecina plaza de Gibraltar se vienen llevando a cabo una campaña contra los males secretos. Tiende a proyectar un control sobre las casas de lenocinio y llevar a efecto una estricta vigilancia sobre las prostitutas como medio de hacer menor la propagación de los males venéreos, y si es posible llegar a hacer menos peligrosos dichos males para la juventud”.

Aquel exhaustivo control sanitario, generaba una estadística de carácter mensual en nuestra ciudad que daba los resultados siguientes: “Ayuntamiento de Algeciras. Relación de lo recaudado en el mes de la fecha por reconocimientos, licencias y cartillas de meretrices. Por reconocimientos 84'50 pesetas. Por licencias 32'50 pesetas. Cartillas 6'50 pesetas. Total 123'50 pesetas. El encargado de la Sección de Higiene Especial de Algeciras. E. Alcoba”. El número de reconocidas al día oscilaba entre las 30 o 35”.

Una vez finalizada la inspección sanitaria, se elaboraba el consiguiente parte que se enviaba a la Alcaldía de la ciudad, quién a su vez lo remitía a la Guardia Municipal para que en los sucesivos días procediese al control de las cartillas personales de cada “trabajadora”; y, en caso de incumplimiento de lo expresado en las mismas por la autoridad facultativa –apta o no apta-, procedieran los agentes a sancionar.

También sus compañeras de La Línea de la Concepción, le informaron de lo que allí se comentaba: “¿Por qué no se hace lo mismo aquí que es donde dichas mujeres tienen mayores libertades? ¿Por qué no se hace siquiera vigilancia médica más frecuente, y vigilar la prostitución foco de los más terribles males? Es tan poco perfecta la vigilancia de que son objeto las mujeres de vida airada que en la sala de un teatro donde mayor es la propagación de las enfermedades, a causa del núcleo de personas encerradas en un recinto sin ventilación alguna, respiran un aire viciado, tomen asientos esas desgraciadas entre personas honorables, y entre señoras, que es lo peor, dando ejemplo de la más abyecta inmoralidad”.

De regreso a la realidad de aquella mujer, que seguía sentada en una pequeña mesa del Café del Moro, frente a la plaza de abastos; recordaba la marginalidad social que sintió y que se hacía visible cada vez ella o sus niñas paseaban. Cuando las llamadas “desdichadas”, salían de sus mancebías de la calle Munición y caminaban rumbo hacia la Plaza Alta, debían tener buen cuidado de tomar el marcha-pié de la izquierda de la calle Convento, en clara dirección hacia la Capilla de Europa, desde donde podían seguir calle Real abajo o hacer el giro de regreso. Al mismo tiempo que las señoras “decentes”, acompañadas de sus maridos o novios, algunos de los cuales eran clientes habituales de las primeras, circulando por la calle Sagasta o Ancha, tenían como referencia la misma plaza pero por su lado derecho; siendo la iglesia, parroquial estación para proseguir la andadura buscando la calle Prim y posteriormente la de Tarifa, donde a su final y llegando a la Plazuela de la Caridad, se procedía al giro de regreso. De todo aquello había sido victima María. Ella, en aquella primera época, solo se conformaba con no ser señalada o mal mirada. Según decía: "¡Que fácil es ser decente con el estómago lleno!". Y entre los mayores inquisidores públicos se encontraban muchos de los que habían sido sus clientes. Como oyó decir una vez: "No hay peor moralista que un viejo putañero".

Y mientras tomaba su café, la Ditera miraba el deambular de aquel mercado algecireño: el continuo movimiento de carretas llevando y trayendo mercancías de todo tipo. Por la calle Pescadería, le pareció ver a Juan Bellido el carrero que años después entraría a formar parte de la calera “La Infanta”, propiedad de Eladio Infante. Por la calle Real, observó que se marchaba tirando del carro, el también conductor García, que tenía su domicilio en Los Barreros; y más cerca, descargando todo tipo de cajas, al también carrero Aparicio, otro habitual de la plaza de Abastos de Algeciras.

Volviendo al duro tiempo en el que le toco vivir a María la Ditera, esta seguía contemplando el colorido que daban las frutas y verduras a los puestos, como por ejemplo los de los fruteros: Antonio Marchante o Alfonso González; y que decir de la popular casilla, también de frutas y verduras, de Rafael González, cuya esposa Dolores Martín le ayudaba en la venta. En estas estaba la conocida patrona, mientras pensaba desde su privilegiado sitio en el Café del difunto Liaño, todo lo que había luchado para salir adelante desde que llegó a nuestra ciudad. No solo tuvo que enfrentarse a la administración, también tuvo que batallar contra las fuerzas de orden público, cuyo rasero bajaba o subía según quién fuera la propietaria de la “casa”; siendo lo más triste el permanente y continuo enfrentamiento contra la envidia de sus colegas de “oficio”.

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