Historias de Algeciras Un hombre inquieto (I)

  • El empleado del ferrocarril Manuel Rivero emprende un negocio de licores en una Algeciras en crecimiento por la llegada de mano de obra para construir infraestructuras civiles y militares

Manuel y su hermano Emilio, eran empleados del ferrocarril Algeciras-Bobadilla. Manuel y su hermano Emilio, eran empleados del ferrocarril Algeciras-Bobadilla.

Manuel y su hermano Emilio, eran empleados del ferrocarril Algeciras-Bobadilla. / E.S.

Gracias a la presencia en nuestra ciudad de la sociedad inglesa de ferrocarril Algeciras Bobadilla Railway Company, Manuel había encontrado una estabilidad laboral a una edad muy tardía. Aquel miembro de la familia Rivero, había entrado en el nuevo siglo con la nada despreciable edad para la época de 40 años. Sin duda en la consecución de aquel puesto de trabajo en el moderno tren que se había inaugurado apenas 10 años antes, había tenido mucho que ver su hermano Emilio, quién prácticamente desde que comenzaron a circular las primeras máquinas había empezado a trabajar en aquella importante compañía británica de trenes y vapores, liderada por un gran gerente del que todo el personal de la compañía, tanto español como británico se sentía especialmente orgulloso: don Juan Morrison Mcquenn.

La incorporación de Manuel -con más de 30 años-, a aquella plantilla liderada por el zorro escocés, no fue nada difícil dada su buena disposición al trabajo. De la mano de su hermano Emilio, conoció entre otros al citado director general, Morrison; al abogado de la sociedad Francisco V. Montero; al jefe de Maniobras llamado Cámeron; al responsable del almacén de materiales, cuyo apellido no era nada equívoco con su nacionalidad pues se llamaba Bitrain; al jefe de Vías y Obras, llamado Coombe, reconocido Sportman dentro de la compañía y muy aficionado a la practica del Foot-ball, para lo cual y junto a otros empleados gustaban de reunirse vestidos en cortos pantalones, en una huerta conocida como Duarte, junto al recién inaugurado Hotel Reina Cristina y allí correr tras una pelota (Juan Duarte Jiménez había construido un pequeño tejar en aquellos terrenos que el Ayuntamiento le había cedido. Alfarero de profesión, tras su fallecimiento había dejado sola al frente de la dura actividad a su esposa Asunción Gómez, cargando a su vez esta con dos hijos menores llamados Soledad y Rafael).

Tras el pelotero Coombe, recordaba al preciso y minucioso Jefe de Contabilidad de nombre Eulogio (Eulogio Apolinario Andorno, había adquirido varios años antes un gran terreno en el llamado Secano), al que de vez en cuando acudían los empleados para solicitarle un adelanto o anticipo del sueldo. Y como no, el siempre eficaz Garbarino (José Garbarino de María, su reconocida eficacia motivó el que fuera designado años después por Jaime Thomson, director del Hotel Cristina para que junto a otros dos administradores se ocupara de sus inmuebles en la zona), mano derecha de Morrison y hombre de su máxima confianza cuando este se veía obligado a dejar su puesto de mando al frente de la compañía ferroviaria británica que dirigía desde nuestra ciudad. Tenía su domicilio en el número 24 de la calle Sagasta o San Antonio.

Su hermano Emilio, había posibilitado su entrada en la británica empresa, dada su importante posición en la misma como agente de la compañía. Emilio Rivero, estaba casado con Adela Simino Benítez (Adela, era hija del popular propietario algecireño Francisco Simino y de su primera mujer, Francisca Benítez, tenía su domicilio en la plaza Juan de Lima o Caridad número 3.

Entre las propiedades más destacadas de Simino -suegro de Emilio-, se encontraba una gran vivienda sita en el número 5 de la calle Reina -hoy Miguel Martín- que tenía arrendada al industrial del sector panadero Felipe Cabello Rodríguez, teniendo este instalada su tahona en el bajo de la finca, mientras que la parte alta constituía la vivienda familiar). Estando ambos hermanos trabajando para la prestigiosa Algeciras Bobadilla Railway Company, y motivados por una cierta inquietud empresarial, decidieron complementar su actividad labora ferroviaria con otras ajenas a esta. Emilio con el gran apoyo de su esposa Adela, abrió una tienda de comestibles en el número 4 de la calle Ángel. Desgraciadamente para aquel matrimonio, aquella aventura comercial para Emilio duró muy poco. Una terrible enfermedad acabó con su vida, dejando sola y al frente del negocio a su esposa, quién ante la nueva situación mercantil, cambió la denominación de la tienda pasando a ser conocida como Comestibles Vda. E Hijos de Rivero. Los hijos emancipados, asumieron su responsabilidad al frente del negocio que les dejó su padre. Sin duda la cuñada de Manuel y viuda de su difunto hermano Emilio, contaría para salir adelante con la experiencia profesional del que fuera su hermano de padre, y reconocido comerciante algecireño, Sebastián Simino Delgado -hijo de Francisco Simino y de su segunda esposa Josefa Delgado León-, propietario de un magnífico y renombrado bazar llamado Español, situado en el número 4 de la calle Cánovas del Castillo (Real), esquina plaza de la Constitución. Sebastián Simino había conseguido hacerse con una exclusiva clientela, pues la calidad y el precio del mobiliario y demás artículos que ofrecía en su establecimiento, solo estaban al alcance de la aristocracia local. Había cubierto un mercado que hasta entonces solo se podía abastecer en las también exclusivas tiendas del sector en Gibraltar.

Un emprendedor de Algeciras y otro de Madrid sucumben al sueño de Rivero

Por su parte Manuel Rivero, impulsado con la misma motivación que su difunto hermano, decidió emprender un camino diferente en el mundo de los negocios. Para llevar a cabo su empeño, contactó con otros dos emprendedores, uno domiciliado en Algeciras y el otro avecindado en Madrid, sucumbiendo ambos al sueño empresarial de Manuel Rivero. Los tres contaban con un capital de 2.000 pesetas por cabeza para comenzar la aventura pero sin tener muy claro que tipo de comercio abrirían. Algeciras por entonces, estaba saturada de, por ejemplo coloniales y ultramarinos, cuya clientela estaba más que repartida. Destacando entre estos, los ubicados en la parte baja de la ciudad, propiedad de la familia Broto-Toledo, abiertos en el número 23-25 de la calle Tarifa, y en la esquina de la calle del Río (Salmerón), con la expresada Tarifa o Pi y Margall, como era conocida en aquella época, o también -ya en la zona alta de Algeciras-, el popular establecimiento conocido como Hijos de Ramón Méndez Estefano, que abría sus puertas en el número 2 de la calle San Pedro (más conocida popularmente como Rit), estando como encargado del mismo el no menos conocido Luis Méndez. Y que decir del exclusivo establecimiento abierto en el número 23 de la aristocrática calle Imperial o Convento, bajo la snob denominación de Coloniales Lipton Limited, siendo su encargado y maestro de ceremonia el gibraltareño Alfonso P. Canissuli, al cual poco menos había que entrar de etiqueta. No, decididamente las 6.000 pesetas de capital no irían encaminadas hacia este tipo de negocios.

La decisión tras distintas reuniones -hoy llamadas tormenta de ideas-, teniendo como posible escenario el Café de Ricardo -propiedad de Ricardo López-, sito en plaza de la Constitución, esquina a calle Munición (donde estaba encargado Pepe Sánchez, que tenía su residencia en una cercana fonda propiedad de una viuda llamada Vicenta Arango, en el número 10 de la calle Real), llegaron a una decisión final en la que -posiblemente- tuvo mucho que ver la opinión de José Luque Ripoll, primo del futuro socio Pedro Luque (Ripoll, junto a otro socio de nombre Juan de la Rubia, invirtieron 2.125 pesetas en la compra de un establecimiento de bebidas, sito en la calle Castelar o Soria, esquina a la de Sacramento, y que hasta entonces había sido propiedad de Francisco Puerto y Guzmán).

La sociedad Rivero, Fernández y Luque, se establece en el callejón de San Pedro o Rit. La sociedad Rivero, Fernández y Luque, se establece en el callejón de San Pedro o Rit.

La sociedad Rivero, Fernández y Luque, se establece en el callejón de San Pedro o Rit. / E.S.

El consumo de alcohol en aquella época, era muy alto, los mañaneros trabajadores que marchaban a coger los distintos vapores para Gibraltar, acostumbraban de afrontar el frío aire de la travesía con lo que familiarmente se llamaba un lamparillazo en el coleto, este hábito estaba tan extendido que con la expresión "ponme un culito", por un culito de vino quedaría popularmente bautizado un pequeño establecimiento propiedad de José Pérez García, sito en el número 3 de la calle Ferrer, hoy Tte. Maroto. Y que decir de los jornaleros que debían emprender su faena en las huertas y regadíos de la ribera del río de la Miel. Curiosamente este tipo de negocios se montaba en lugares estratégicos de paso para los parroquianos. En este último caso, sobresale el abierto en el camino o calle a las Huertas, propiedad de Eduardo del Valle. La sociedad tendría como objeto la venta de alcohol.

Pero la idea fue a más. ¿Por qué arriesgar el capital en abrir un comercio de bebidas cuando se podía abrir un negocio que suministrara el liquido elemento al resto de bodegas y a un precio competitivo?, o mejor aún, abrir el establecimiento al por menor y al por mayor, incluyendo como posible nicho de ventas a las embarcaciones que cada vez y con mayor asiduidad anclaban en el fondeadero algecireño. La suerte estaba echada y los tres socios dieron el paso para constituir la sociedad.

Aquel día de octubre, y cuando aún resonaban en los oídos de los algecireños los ecos de la guerra, derrota y posterior pérdida del antiguo imperio español ante un nuevo orden mundial, encabezado por una incipiente y poderosa nación denominada Estados Unidos de América, los tres socios decidieron formalizar su relación empresarial dentro del contexto legal de creación de empresas existente en nuestro país, en aquel comienzo del nuevo siglo. Así que los futuros socios: “Pedro Luque López, natural de esta ciudad, 30 años, casado y del comercio […], Bartolomé Fernández Díaz, 58 años, casado y empleado cesante, vecino de Madrid […], y Manuel Rivero Pérez, natural de esta ciudad, 40 años, casado y del comercio. Constituyeron una Sociedad Mercantil Colectiva […], para dedicarse al comercio de la venta al por mayor y menor de vinos, alcoholes y cereales y además al negocio de transportes y agencia de reclamaciones á las Compañías porteadoras, bajo la razón social de Rivero, Fernández y Luque, fijando por tiempo ilimitado y bajo la gestión de Manuel Rivero, el capital social en 6.000 pesetas aportadas por los socios por terceras e iguales partes […], estableciendo el referido negocio en calle San Pedro esquina Viudas de esta Ciudad...”.

Había ventas en los barcos que cada vez más anclaban en el fondeadero algecireño

En aquella lejana Algeciras, el negocio al por mayor y menor de vinos y licores, estaba cubierto casi en exclusividad por la firma Hijos de Francisco Santacana, sociedad compuesta por los próceres locales don Emilio y don José Santacana y Mensayas, quienes desde el número 29 de la calle Cristóbal Colón o Larga, dominaban la franja en nuestra ciudad, teniendo una gran presencia comercial en las poblaciones más importantes de la comarca, incluyendo en su cartera de ventas el aprovisionamiento de buques. En cuanto a la actividad comercial de cereales, otra firma liderada por Jorge Glynn Maynnet, quién había ostentado el cargo de Cónsul de Estados Unidos, y al que había renunciado por razones patrióticas al comienzo de la guerra contra aquel país años atrás (Tapia Ledesma, M. Historias de Algeciras V. Ed. Imagenta. 2019), empresario y prohombre de gran reconocimiento en la zona que dominaba sobradamente el negocio del cereal desde su despacho -donde también tenía su domicilio-, en el número 16 de la calle Alfonso XI. Totalmente imbricado en la sociedad algecireña, Glynn había sido concejal y tesorero tanto de la sociedad propietaria de la Perseverancia, como de la también Sociedad Casino de Algeciras. En Gibraltar esta actividad comercial a un nivel muy superior del resto del sector de la comarca, estaba liderada por la importante firma J. Saconne Lid. “Exportadores de vinos españoles y portugueses. Londres-Gibraltar”, con despacho abierto en Londres.

Sea como fuere, la sociedad mercantil colectiva, bajo la razón social de Rivero, Fernández y Luque, echó a andar desde la esquina formada por la calle de San Pedro y Viudas. Fue un comienzo muy complicado y difícil, la competencia no dejaba ocupar el hueco que por trabajo y dedicación se merecían aquellos tres emprendedores. La comparativa del volumen de negocio con los “grandes del sector”, era totalmente irrisoria en aquellos primeros meses. El nuevo siglo se caracterizó en nuestra ciudad, entre otras, por el aumento del número de habitantes propiciado por la necesidad de mano de obra para la construcción de infraestructuras civiles y militares, necesarias ante la inquietante amenaza yankée sobre la comarca, el cada vez mayor presupuesto estatal para consolidar la posición estratégica de Algeciras con respecto al norte de África, sin olvidar el crecimiento en la inversión extranjera para las mejoras en el ferrocarril, muelle u hostelería. En definitiva unas esperanzadoras perspectivas económicas que ilusionaron a los componentes de la firma liderada por Manuel Rivero.

Continuará.

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