Campo chico De la Algeciras taurina

  • Antoñico no sólo es una leyenda por sí mismo sino también por algunos miembros de su familia

  • Me presentaron a Pepinillo en el legendario Mesón Algeciras, que conducía Juan Guerrero Soriano

Los Águilas (1931) Los Águilas (1931)

Los Águilas (1931)

Me contaba Fali (Rafael Rus) que en una ocasión estuvo en casa de El Pota grande en Algeciras, allá por los callejones, y observó que en el hueco de la escalera de su casa vivía un indigente, como si tal cosa. A El Pota chico se lo encontró en el Paseo Colón de Sevilla, en 1968, cuando era la estrella de la cuadrilla de Miguelín, en vísperas de una corrida en la Maestranza.

Fali tuvo la suerte de presenciar esa corrida, en la que Miguel armó la grande cortando cuatro orejas y saliendo a hombros por la Puerta del Príncipe; era la Feria de Abril y a un manso de Germán Gervás condenado a banderillas negras, le hizo una faena memorable. Aquel año fue mágico para nuestro torero. Cuenta Crescencio Torés, que José Belmonte, que era su apoderado, le dijo que aquella faena prodigiosa a un toro que no daba la talla multiplicó casi por tres su caché, que ya entonces rondaba las doscientas mil pesetas por corrida.

Belmonte fue el primer empresario de Las Palomas, en 1969, y le contó esa historia a Torés poco antes del salto en San Isidro, cuando Miguel, de paisano, se tiró al ruedo en Las Ventas a un toro de El Cordobés, poniendo en evidencia la mansedumbre del toro y su falta de casta, y en solfa al torero. Antonio Campuzano escribió en El País ("¡Es Miguelín, es Miguelín!"), el 18 de mayo de 1993, que “Miguel Mateo sometió, con 25 años de antelación, a El Cordobés a la máquina de la verdad del toreo”. Recordándolo, hace poco más de un año, cuando se cumplían cincuenta de esos aconteceres, hablaba de ellos con el propio Campuzano, ante un panel montado en la Fundación del Diario Madrid titulado: ”Las Ventas también tuvo su mayo del 68”.

Vuelvo a escribir de toros porque tenía mucho más que decir que espacio disponible, y no podía dejar el tema sin referirme, entre otras cosas, a dos toreros de Algeciras especialmente entrañables para mí. El uno rehiletero de finísima estampa: Antonio Ramos Zambrana Antoñico, que no sólo es una leyenda por sí mismo sino también por algunos miembros de su familia. Su hermano José fue un pintor notable, del que se habló como retratista de Felipe González en los mejores tiempos del político socialista, cuando éste le aseguró en Castellar que sería el primero en retratarle; finalmente, nunca llegó a serlo.

El año pasado, por estas fechas, se hablaba de que se le daría su nombre a la Escuela de Artes de Algeciras, de la que fue director muchos años y en cuyo progreso trabajó duro y bien. Otro hermano, Miguel, nuestro Miguelete, matador de toros, hijo adoptivo de Algeciras (nació en Ronda), persona muy querida y popular además de creador y mantenedor de nuestro único museo taurino, no necesita añadidos. Bien que no esté entre esos nombres altisonante, también he de referirme a Nuria, la encantador hija de Antoñico, maestra que durante un tiempo ejerció el periodismo en la Cadena Cope. Muchos meses entré con ella en antena, fue una interlocutora memorable. Por si fuera poco, la esposa de Antonio es hermana de un camarero de altos vuelos, mi inolvidable amigo Manolo Valencia, que fue una referencia en la logística hostelera del madrileño Eurobuilding. Desde la Bajadilla, llegó a situarse en la crème de la crème, liderando el servicio que ese establecimiento prestaba al Club Siglo XXI, en donde, en una ocasión, estando yo en un acto social, en las proximidades de la Duquesa de Alba, se dirigió a ella para excusarse de que acudiera solícito hacia mí: “Disculpe, señora duquesa –le dijo, cortésmente– enseguida estoy con usted, pero es que hay ahí un paisano mío y eso, ya sabe, es lo primero”. Me siento en ocasiones con el gran Antoñico en la puerta del Casino de Algeciras, donde acompaña a mi entrañable Miguelito Rovira, en uno de esos buenos ratos que paso en mi pueblo y que nunca como ahora echo tanto de menos. Antoñico nació en Antequera, hijo de padre ferroviario, recaló en Algeciras con su familia cuando tenía once años, y ahí sigue felizmente.

El otro es el picador algecireño, Juan García Pepinillo. Me lo presentaron en Madrid, en el histórico Mesón Algeciras, que conducía Juan Guerrero Soriano, condiscípulo y más que amigo. “He oído mucho de usted” –me dijo Pepinillo– y quitándose un pañuelo de seda que llevaba en el cuello, me quitó el mío, que era de medio tapón, me puso el suyo y se colocó el mío mientras decía, “hombre, maestro, es que su pañuelo no era digno de usted”. Gran elemento, que Dios se llevaría al cielo sin paradas. Vivía en Canillejas, donde la calle Alcalá –en el tramo que se llamó Avenida de Aragón– desemboca en la carretera de Barajas. Nos acompañó en el mesón en innumerables tertulias con Manolo Valencia, el gran alcalde Ángel Silva, Sergio González, Antoñito, un interior célebre que tuvo el Algeciras C.F., y otros muchos notabilísimos algecireños; algunas veces radiadas y otras espontáneas y todas llenas de dinamismo.

Cuenta el matador de toros Pedro Giraldo –casado con Muriel Feiner, fotoperiodista neoyorquina, autora, entre otras obras, de Mujer y Tauromaquia (Bellaterra, 2017)– que una vez, en el municipio cacereño de Brozas, hacia 1982, Pepinillo iba en la cuadrilla de Miguel Cubero (hermano de El Yiyo), hacía mucho calor y probablemente nuestro paisano había comido en exceso; el caso es que estando en el callejón se durmió sentado en su silla sobre el caballo, y hasta acabó roncando entre las risas de los toreros que lo rodeaban, en la tensión previa al paseíllo, divertidos con el insólito espectáculo. Pepinillo murió hace unos años, precisamente cuando esperaba a que le operaran de una reducción de estómago.

La riqueza de personajes y el anecdotario daría para mucho más de lo que cabe en un periódico. Como homenaje a tantos algecireños de plata y oro, y picadores, y a tantos otros de toda la comarca, que engrandecieron la fiesta nacional de España por excelencia, voy a referirme, finalmente a los Águilas. Al padre, El Águila grande, José González Piñero, que nació en Algeciras en la Navidad del último año del siglo XIX, que toreó con El Niño de la Palma, Pepe Luis Vázquez y Domingo Ortega, entre otros; y al hijo, José González Araujo, que toreó con Antonio Bienvenida, Pepín Martín Vázquez (el Currito de la Cruz de 1949), Miguelín y Corbacho, entre otras grandes figuras.

Ya en sus últimos tiempos, en los aledaños del Mercedes, en la Plaza Alta, lugar de encuentro de la gente del toro en los años sesenta. Me lo presentó Crescencio Torés y me pidió que leyera en Radio Algeciras algo que había escrito sobre esos dos grandes toreros de plata. Entonces yo colaboraba esporádicamente con el maestro (en la radio) Pepe Ojeda, adonde estaba a punto de llegar de director nada menos que Sergio González Otal. No fue fácil, pero conseguí que Crescencio subiera con nosotros al locutorio y fuera él mismo el que lo leyera; desde entonces este grande de la crónica se revistió de periodista taurino y nos hizo mucho más sabios de lo que éramos en esta parcela del conocimiento y del arte que es la Tauromaquia.

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