Semana Santa

Hermanos de sangre y hermanos de luz

  • Los disciplinantes recorrían como mínimo cinco iglesias tras oír largas homilías

En las primeras cofradías y hermandades, los hermanos adoptan, como señal de su arrepentimiento y conversión, el tipo de vestidura tradicionalmente tenido como propio de penitentes. Además de la oración y el ayuno, practicaban, casi sin excepción, la flagelación o disciplina de sangre en comunidad, también lo hacían en procesiones públicas.

Las vestiduras penitenciales de los antiguos disciplinantes era una túnica, algo corta confeccionada de basto lienzo crudo, con cuerpo abierto a la espalda o al pecho que desabrochado podía dejarse caer y quedar este colgado del cinto, y así podían flagelarse.

La túnica se ceñía a la cintura con una soga de esparto, que antes se pasaba por el cuello y se anudaba ante el pecho. Todos los flagelantes iban descalzos y se cubrían la cabeza y rostro con capirote romo de la misma tela de la túnica; no fue hasta el siglo XVI, cuando se empiezan a utilizar los capirotes altos armados de cartón.

Las disciplinas consistían en un hacecillo de ocho o diez ramales de cuerda de cáñamo, cada ramal en su punta que eran trenzadas y por ello algo más gruesa, llevada ensartada y fija las rosetas con puntas hirientes. También se utilizaban otras de cadena de hierro.

En Sevilla, por aquellos tiempos, los viernes de cuaresma y los días de la Semana Santa los disciplinantes hacían sus procesiones penitenciales, visitando como mínimo cinco iglesias, cercanas a su domicilio, oían primero largas homilías que podían durar dos horas, a continuación salían a la calle en dos filas guardando las distancias para no estorbarse unos a otros en el revolear de las disciplinas, normalmente caminaban despacio, y cada cuatro o cinco pasos, flagelaban sus espaldas. Siempre les acompañaba un coro que semitonaba los salmos penitenciales o las letanías de los santos; cerraba la procesión un sacerdote que, con humeral morado, llevaba en alto un crucifijo y a uno y a otro lado clérigos con hachones.

Estas procesiones se hacían por la tarde y venían a durar tres o cuatro horas según las iglesias que se visitaran. Cuando por la noche volvían de regreso, el rasgar de las disciplinas en el aire y su chasquido en las espaldas sanguinolentas, imponían un silencio impresionante. Una vez recogidos en las iglesias se lavaban las heridas con vino y agua.

Al cabo de unos pocos años en las cofradías y hermandades hubo hermanos que no se disciplinaban, habían optado por otro modo de penitencia menos doloroso, más discreto. Fueron éstos los hermanos de luz, llamados así para distinguirlos de los flagelantes, que eran los hermanos de sangre.

Los hermanos de luz llevaban en la procesión un hachón encendido, y por tramos se intercalaban con los disciplinantes.

La función del hachón no era alumbrar el camino, porque un cirio encendido en manos de los penitentes, entonces como ahora, tiene la significación de la luz de Cristo, lo mismo que en la liturgia pascual, el cirio con su llama.

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