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¿Una Iglesia perseguida?

Uno de cada diez cristianos ha sufrido persecución por motivos de religión el pasado año

Dicen que hay millones de cristianos repartidos por todo el mundo, y que la sociedad occidental no se entendería sin su aportación en ámbitos como la sociedad, la cultura o la misma economía, tal ha sido y es su imbricación en su sustrato político y social. Sin embargo, duele la persecución implacable que sufren cristianos de toda condición, sobre todo en determinados sitios donde los derechos humanos no sobresalen precisamente. Una ONG resumió recientemente con extrema crudeza la situación: uno de cada diez cristianos ha sufrido persecución por motivos de religión el pasado año, siendo Corea del Norte, Afganistán, Somalia y Libia los lugares con una peligrosidad mayor.

Los atentados de Sri Lanka últimos, cuando más de doscientas personas han perdido la vida durante la celebración de la Pascua (como una paradoja macabra, celebrar el triunfo de la vida sobre la muerte dejándose al mismo tiempo la propia) en atentados salvajes y calculados, no vienen sino a representar otra cuenta más de este rosario de muertes silenciosas que casi no interesan a nadie. Con la excepción de algunos turistas sorprendidos por los ataques mientras descansaban en sus hoteles de lujo, la inmensa mayoría de las víctimas de esta persecución son gente humilde que asiste confiada a los oficios religiosos, ajena por completo a las críticas de ciertos sectores a la Iglesia por multimillonaria e imperialista, cuando en su nunca suficientemente reconocida misión en tantos lugares pobres del mundo se caracteriza precisamente por lo contrario.

Podía pensarse con cierta base que la razón de esta persecución, focalizada sobre todo en países donde las libertades no se conocen, está en la concepción de la Iglesia de Cristo como una institución de poder, aliada desde casi el principio de los tiempos con los principales centros de decisión del mundo que fomentan la desigualdad y la extensión de la pobreza. Pero tampoco desde este lado se atisba una defensa clara y terminante de esos ataques a la libertad religiosa más elemental, quizá porque en el fondo la religión en nuestro primer mundo de bienestar y consumo ya solo interese como un elemento más decorativo que otra cosa.

Como ha dicho recientemente el papa Francisco, los mártires no sólo son los que luchaban en contra los leones en el Coliseo, sino los hombres y mujeres de todos los días. Así hoy como hace dos mil años.

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