Cultura

Bella fábula entre La Fontaine y Saint-Exupéry

Desde que unas células majaretas se combinaron para que un simio empezara a pensar o desde que Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso -un servidor cree que el relato creacionista hace una interpretación simbólica del hecho evolucionista- el ser humano conserva una especie de memoria primordial del desgarro que lo arrancó de la inocencia/inconsciencia del estado natural, a la vez que lo dejaba sometido a la naturaleza. Unas veces cuerpo humano poseído por la brutal irracionalidad de una cabeza animal y otras cuerpo animal al que la razón se impone, Minotauro o Centauro, son muchos los relatos míticos que representan la tensión de este curioso ser que vive suspendido entre la conciencia y el instinto, la racionalidad y la naturaleza, relacionándose tan dificultosamente consigo mismo como con el mundo natural. A este animal racional la contemplación de la naturaleza le fascina, recordándole un paraíso perdido cuyo goce le serena y reconforta; a la vez que le aterra evocándole de una parte la ardua lucha que ha librado y libra contra ella para sobrevivir y de otra, el fin seguro que aguarda a todas las criaturas sometidas a lo natural.

El siglo XVIII adoró la naturaleza, el XIX la hirió y el XX estuvo a punto de matarla. En el umbral del XXI el hombre ha comprendido que, al igual que su felicidad depende de la buena armonía establecida entre su ser natural y su ser racional, su supervivencia como especie depende de la buena armonía que establezca entre su ambición o su lucha por la supervivencia y el mundo natural. Tiempos de cambio climático y efervescencia ecológica, ya saben.

Ésta, y la pasión por ver y por conocer, es una de las claves del éxito que los documentales más o menos ficcionalizados sobre la naturaleza -desde los que la idealizan hasta los que la presenta con sangrientos tonos gore- gozan desde hace años. Tal vez el triunfo mundial de El mundo del silencio de Costeau y Malle (Palma de Oro de Cannes en 1956 y Oscar en 1957) marcó el inicio de la edad de oro popular del documental de naturaleza, que había tenido en Robert Flaherty (Nanook el esquimal, Hombres de Arán), Basil Wright (La canción de Ceilán) o Pare Lorenz (The Plow That Broke the Plains) sus maestros fundadores.

Esta película, realizada por Luc Jacquet tras el éxito internacional de El viaje del emperador (Oscar 2006 que repite el triunfo del documental francés medio siglo después del concedido a El mundo del silencio), se desliza más hacia la ficción natural, hacia la historia inventada e interpretada por actores inmersa en un marco natural en el que la relación entre los seres humanos y los animales o los elementos tiene un peso esencial. Es el terreno que tiene su mayor elevación artística y emocional en El río de Jean Renoir (1951) y su mayor éxito popular en Nacida libre de James Hill (1966).

La relación entre una niña y un zorro, rodada en un marco de apabullante belleza natural, sirve a Jacquet para crear una obra que se mueve entre las fábulas morales de La Fontaine y el mundo de Saint-Exupéry (imposible no recordar, viendo esta película, el episodio entre el Principito y el zorro que quería ser domesticado), entre el documental amablemente dramatizado tipo Disney o Nacida libre y el documental de naturaleza utilizado, más que para estudiar el mundo natural, para hacer una reflexión no tan amable sobre la relación entre el ser humano y el mundo natural que, al final, suele resultar una reflexión sobre lo humano tout court.

El resultado es un poema-fábula de amable contenido y extraordinaria belleza, que en su título francés -Le renard et l'enfant- tiene aún más ecos de La Fontaine o Samaniego. Lo que bastará para que la crucifiquen quienes creen que a mayor aspereza se corresponde mayor sinceridad y a mayor suciedad, mayor realismo. No les hagan caso y disfrútenla con sus hijos.

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