Rosa Montero | Escritora "Líbrenos Dios de la falsa pureza de los dogmáticos"

La periodista y escritora Rosa Montero (Madrid, 1951). La periodista y escritora Rosa Montero (Madrid, 1951).

La periodista y escritora Rosa Montero (Madrid, 1951). / Paco Campos (Efe)

Antes de llegar a su destino, un hombre se baja del tren en el que viaja, abandonando así, drásticamente, su vida de impecable éxito profesional –y personal ya no tanto, o poco, o nada– para ocultarse en un pueblucho de mala muerte, en una misteriosa huida no se sabe bien –se sabrá, pero no debe desvelarse– si de sí mismo, de alguien o de todo a la vez. Así comienza La buena suerte (Alfaguara), el "thriller existencial" que acaba de publicar Rosa Montero (Madrid, 1951), periodista y escritora muy querida por los lectores, cuya larga trayectoria como novelista y ensayista fue reconocida en 2017 con el Premio Nacional de las Letras.

–Dice que, entre otras cosas, ésta es una novela sobre cómo, pese a todo, en la vida el bien se impone al mal. ¿Ha dejado usted de leer la prensa, tal vez?

–Esa lucha existe desde el principio de los tiempos, ya había trogloditas que se unían para sobrevivir y otros que escogían la depredación, abrirle la cabeza al más débil con una piedra y robarle el filete de mamut. Pero si miramos la historia de la humanidad a vista de pájaro, tendemos al bien, a la colaboración. Lo tengo cada vez más claro, el bien acaba ganando. El mal abre periódicos y telediarios porque nos choca y nos repugna. A la mayoría, claro; que hay gente malvadísima que pega bocados terribles es innegable.

–Nos dijeron que de la pandemia saldríamos más fuertes y unidos. Y mire, yo qué sé. ¿Aprenderemos realmente algo?

–Eso era puro voluntarismo, un intento de levantar el ánimo: estábamos todos sobrecogidos, en shock, qué podía decirse. Pero claro, no siempre es así. Es como cuando te dicen que del sufrimiento se aprende; y sí, puede ser, pero del sufrimiento aprendes si no te mata antes. Dicho esto, cómo no vamos a sacar algunas enseñanzas importantes tras un trauma de este tipo, de dimensión planetaria. Tras la Segunda Guerra Mundial se creó el Estado de Bienestar: eso fue un buen aprendizaje. Y no vaya a decirme que lo que digo es ingenuo, porque ya sé que el problema de los seres humanos es que a veces desaprendemos rapidísimo.

–Llegado cierto momento, cuando la vida pesa y nos dobla la espalda, quién no ha fantaseado con ser otro. La buena suerte va de eso. ¿Pero es posible tal cosa o sólo es literatura?

–Todas las vidas son varias vidas, basta llegar a cierta edad para comprobarlo. Mire, yo misma voy ya por la cuarta o por la quinta...

–"Que Dios no te mande todo lo que puedes aguantar". Ese dicho lo cita usted. Pandemia aparte, ¿aguantamos demasiado?

–Pues fíjese que yo creo que aguantamos cada vez menos. En el mundo, en el occidental, porque suele olvidársenos que existen millones de vidas muchísimo más duras, vivíamos en un espejismo de seguridad y omnipotencia, como si nada malo pudiera ocurrirnos, cuando la vida es puro azar y frente al azar no existe protección alguna. Que la realidad nos recuerde que a fin de cuentas no controlamos nuestras vidas resulta doloroso, claro, pero lo cierto es que vivíamos en una burbuja.

–Dice que la alegría es un hábito. ¿Cómo se hace para coger ese en vez de fumar o quejarse de todo?

–Como quien hace gimnasia para endurecer los glúteos. La alegría no tiene nada que ver con la felicidad, es más primaria, es la capacidad que tienen nuestras células para regocijarse de estar vivas. Si tienes una buena sopa química en tu organismo es más fácil, sale naturalmente, pero siempre podemos fomentarla. ¿Cómo? Contándonos la narración de nuestra propia vida de otro modo, es esencial. Quien se cuente a sí mismo su vida en el papel de víctima digna de compasión, seguro que lo será.

–Hay quien no cree en la suerte, sólo en la fuerza de voluntad o, en un momento dado, en el patrimonio familiar. ¿Debo asumir que usted sí cree en ella?

–Yo creo en la mala suerte. Muchísimas personas buenísimas, con talento, generosidad, claridad de ideas y una capacidad de trabajo increíble, con todo lo que hay que tener, un día sale a la calle y les atropella un camión. Hay gente a la que la vida le pasa por encima, es un hecho. Y la buena suerte creo que, en efecto, es producto del esfuerzo. Digámoslo así: virgencita, virgencita, que no tenga mala suerte que de la buena ya me ocupo yo.

–Quería usted hablar del miedo a vivir. ¿Y eso qué es exactamente?

–Uy, pues le pasa a muchísima gente, yo conozco un montón de casos. Es el miedo al dolor, a la fragilidad, a los propios sentimientos. Cuando lo que debilita es negarte a ti mismo ciertas emociones y si no vivimos la vida con los otros, la vida no merece llamarse vida. Es cierto que el amor nos hace más vulnerables pero es que no hay más opciones. Es como lo de hacerte viejo: qué asco da envejecer, quién quiere eso... pero, amigo, la otra opción es morirte ya.

–Usted que tan disfrutona y positiva es, ¿cómo vive esta inquina que flota sin parar en el ambiente?

–Somos sectarios, extremadamente individualistas y no nos cabe el bien común en la cabeza, ya lo dijo Gerald Brenan en El laberinto español; pero no voy a ser derrotista, hemos mejorado muchísimo. Y lo cierto es que ese viento sopla hoy en todo el mundo. La crisis anterior empobreció a muchos y enriqueció más aún a quienes la provocaron, lo raro sería que nadie hubiera dejado de creer en el sistema. El problema es que muchos han decidido creer en la falza pureza de los dogmáticos, y líbrenos Dios de esos sistemas ideológicos que no tienen más base que el odio al otro. Vivimos uno de esos momentos negros de la Humanidad.

–Es conocido su amor a los animales. ¿Matar osos y elefantes es lo peor que hizo el Rey emérito?

–No, pero que lo hiciera, y además de aquel modo, es muy elocuente. Demuestra cómo se relacionaba con el mundo y con los demás.

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