No le des más whisky a la perrita | Crítica

El periodismo en la biografía

  • Esta biografía a cuatro manos traza un espléndido retrato de Raúl del Pozo, una de esas firmas estelares que contó (y en cierto modo hizo) la Transición

Raúl del Pozo (Mariana, Cuenca, 1936). Raúl del Pozo (Mariana, Cuenca, 1936).

Raúl del Pozo (Mariana, Cuenca, 1936). / D. S.

A Raúl del Pozo le ocurre lo que a los grandes: son consustanciales a sus oficios. Casi no se puede hablar de tal o cual disciplina sin nombrarlos. No leer a Raúl del Pozo es perderse buena parte del periodismo de fin de siglo, ese que empezó en la clandestinidad del régimen franquista para contar –y en cierto modo hacer– la Transición en los periódicos y seguir así hasta el siglo XXI, entre humo de tabaco en el Congreso, el referéndum sobre la OTAN, el ocaso del felipismo, ETA, la guerra de Iraq, el 15-M. Raúl del Pozo es de esos nombres significativos de un tiempo, que llevan consigo una cronología de época y que sirven de medida para todos aquellos que quieran hacer retrato del último periodismo que se ha trabajado en este país. Al leer No le des más whisky a la perrita nos cuesta decidir dónde hay más periodismo: si en las columnas de El ruido de la calle o en la vida misma de su autor.

Raúl del Pozo conoció una historia de España antes de que ésta fuese conocida. Conoció lo que una generación ha estudiado, pero antes de que llegara a los manuales y a los libros de texto. Nacido en un pueblo de Cuenca de apenas 300 habitantes, el periodista pronto se muda a Barcelona, a vivir noches, fiestas, excentricidades. En la capital catalana, de casualidad, conoce al actor Paco Rabal, quien desde entonces será un amigo muy cercano. Con Rabal protagoniza anécdotas que despertarán asombro y carcajadas a los lectores. Como un improvisado viaje a Roma tras una noche de juerga madrileña. El desenlace es de película. Como de película son las tramas que se cuentan del Café Gijón, de la discoteca Bocaccio, de esa España del tardofranquismo que empezaba a verle los perfiles a la democracia, a la Movida, a las libertades.

La biografía nos da impronta de documental, contado desde varias voces: las de sus autores, claro, los periodistas Úbeda y Valdeón, pero también las de los amigos de Raúl del Pozo y los profesionales –escritores, periodistas, empresarios– que lo han ido acompañando en estas décadas de oficio. El lector no se encontrará ante una biografía convencional, en la que la narración de los hechos respeta el esquema ortodoxo, el esquema de una cronología: nacimiento, juventud, madurez... No. En este libro, y de manera solvente y lograda –aunque en ocasiones se repitan anécdotas–, los lectores sabrán de la vida del periodista Raúl del Pozo desde su salteado testimonio, y desde el de otros: Federico Jiménez Losantos, Arturo Pérez-Reverte, Carmen Rigalt o el jefe del CNI en la segunda etapa de Zapatero, Félix Sanz. Con el que Raúl del Pozo nos cuenta una anécdota curiosa, que mantenemos en secreto.

Portada del libro. Portada del libro.

Portada del libro. / D. S.

Úbeda y Valdéon demuestran gran capacidad a la hora de recrear escenas, de contar sucesos. Con una prosa llena de imágenes, símiles, aciertos, contextualizan las declaraciones de los entrevistados, saben cómo llevarnos por esta época de nuestra historia reciente. Tan llena, a su vez, de historias por contar, de matices, de memorias. De hechos que han sido relevantes para la cultura, la política y la sociedad. Dos epicentros donde empezó todo a tener distinto aspecto: el periódico Pueblo y el Café Gijón. El primero, con un director, Emilio Romero, hoy casi olvidado, pero que fue nombre influyente en la vida pública y cultural del franquismo. Pueblo fue un periódico del Movimiento que en la década de los 60 congregó a las que serían las mejores firmas del periodismo español. Una redacción, nos cuentan en el libro, de cubatas, cartas, anárquica casi. Donde se publicaba un espléndido reporterismo en el que Raúl del Pozo destacó. ablamos de un medio de propaganda del régimen franquista que cobijaba a simpatizantes y militantes del PCE, un medio dirigido por un hombre fiel al franquismo, pero que toleraba las ideas ajenas. Salvo para hacer opinión en las páginas del medio. Donde nos indica Carmen Rigalt que aquello ya era otra cosa.

Por esta biografía pasan escritores: Vicent, Cebrián, Cela, González Ruano, Umbral. Fue Umbral quien ayudó a Raúl del Pozo en sus inicios, iniciando una amistad y admiración mutuas que perdurarían en la vida y en los periódicos. Despertando elogios y animadversiones, se nos retrata a un escritor ya consagrado y complicado en el carácter, contradictorio, y que acaparó una colosal atención de los lectores exquisitos y de un público más generalista. Son los años de la televisión y de la apertura, donde Del Pozo trabajó como guionista con Javier Rioyo. Memorable el episodio en uno de los programas que presentaba Lola Flores. Del Pozo, según nos cuentan, sólo llevaba a periodistas, intelectuales, poetas. De Vázquez Montalbán o Luis Antonio de Villena al propio Umbral. A lo que Lola Flores, harta ya de tanta erudición e inteligencia, le reprochó al columnista, chillando: "¡Estoy hasta el coño de que traigas filósofos!".

Al leer No le des más whisky a la perrita da la sensación de un tiempo crucial que se ha perdido, que ya poco tiene que ver con lo que vivimos hoy. Sin caer en nostalgias sensibleras que quizá idealizan las estampas de esta época, la impresión es unos años que determinaron el acervo cultural de un país. Acervo cultural del que Raúl del Pozo es representación y testigo, como si llevara en los bolsillos de su elegante indumentaria los últimos 30 años de historia de España. De Mundo Obrero a El Mundo, de los mohosos lavabos de las pensiones a los sofisticados restaurantes, de Lola Flores a Carlos Alsina. Y en todo guardando siempre esa veneración por la honestidad en el argumento, por la generosidad con los más débiles, por la exigencia en la palabra escrita. Una vida que es, en sí, periodismo, y que con periodismo y literatura –si acaso pueden disociarse– la cuentan Jesús F. Úbeda y Julio Valdeón.

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