Cartas de Rusia | Crítica Contra el despotismo

  • Publicado en 1843, el famoso relato de la estancia del marqués de Custine en la Rusia de Nicolás I fue censurado tanto por el régimen zarista como por las autoridades bolcheviques

Sala de Armas en el Palacio de Invierno (1838) por Adolphe Ladurner, un año antes de la estancia de Custine en Rusia. Sala de Armas en el Palacio de Invierno (1838) por Adolphe Ladurner, un año antes de la estancia de Custine en Rusia.

Sala de Armas en el Palacio de Invierno (1838) por Adolphe Ladurner, un año antes de la estancia de Custine en Rusia.

Pasa por ser uno de los grandes libros de viajes del siglo XIX, pero las razones que han convertido a La Russie en 1839 en un verdadero clásico exceden con mucho los límites del género. La sola vida de Astolphe de Custine, marqués de lo mismo, habría bastado para convertir al aristócrata francés en un personaje fascinante, no tanto por su mediano talento para la literatura como por el novelesco entorno del que provenía, por el modo en que sobrellevó el escándalo cuando se hizo pública su homosexualidad y por sus relaciones, cierto es que desiguales, con buena parte de los principales escritores de su tiempo. Pero más que sus también exitosas impresiones sobre la España de Fernando VII, que visitó en 1831, fue el lúcido relato de su viaje al país eslavo, donde apenas estuvo tres meses, lo que lo convertiría en un autor muy conocido y en una referencia obligada –lo ha seguido siendo hasta hoy mismo– cuando se habla de la compleja relación entre Rusia y el occidente europeo.

Con razón se ha resaltado la cualidad premonitoria de una visión que prefiguraba el terror y la arbitrariedad de la tiranía soviética

Las Cartas de Rusia que publica Acantilado, precedidas del brillante prólogo de Pierre Nora a la edición de Gallimard, son un extracto de la obra completa, pero bastan para entender el impacto que causó el libro en su momento. Llevado de sus convicciones reaccionarias, Custine buscaba encontrar el orden intacto que admiraban los monárquicos legitimistas frente a las nocivas ideas liberales, pero contra todo pronóstico volvió transformado en un convencido impugnador del despotismo zarista. Como otros estudiosos, Nora compara sus tesis, aunque no siempre estuvieran contrastadas y fueran en buena medida deudoras de los prejuicios sobre la impermeabilidad del sustrato asiático, con las del casi contemporáneo Tocqueville en La democracia en América, cuyos planteamientos eran diametralmente opuestos hasta que Custine, en principio un adversario aferrado al absolutismo, conoció sobre el terreno los males de la autocracia. Con razón se ha resaltado la cualidad premonitoria de una visión que prefiguraba, hasta extremos desconcertantes, el terror y la arbitrariedad de la tiranía soviética.

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