Luis García Montero. Poeta y director del Instituto Cervantes "La política es el recurso de la democracia para resolver los conflictos sin violencia"

  • El autor se enfrenta al desgaste de vocablos como verdad o progreso en 'Las palabras rotas' (Alfaguara), un ensayo con el que pretende devolver esos términos a su sentido original

Luis García Montero (Granada, 1958), fotografiado en junio en la Casa Natal de Federico García Lorca. Luis García Montero (Granada, 1958), fotografiado en junio en la Casa Natal de Federico García Lorca.

Luis García Montero (Granada, 1958), fotografiado en junio en la Casa Natal de Federico García Lorca. / Pepe Torres (Efe)

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"Me he levantado con ganas de trabajar. Éste es el plan: desayuno, me ducho y me pongo a escribir una historia de amor", anota Luis García Montero al comienzo de su nuevo libro, Las palabras rotas (Alfaguara). Pero antes de aplicarse en su empeño el poeta granadino enciende el televisor, y entonces tiene "un desayuno con cadáveres": en las noticias predominan los sucesos más cruentos, y el autor concluye que "el protagonismo lo tiene ahora la muerte". Desesperanzado, reflexiona sobre el miedo, y piensa que "la política, la economía, las audiencias y cualquier relación humana se tejen hoy" con él; asume que estamos "cada vez más solos, como debe ser, para que el individualismo complete la cultura neoliberal del miedo y la competencia". Y mientras la negrura parece extenderse insiste en ese antiguo ideal de "construir un mundo mejor, compartido y más justo" y rescata unos versos de Antonio Machado: "Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno". ¿Tienen sentido hoy vocablos como verdad, política, bondad, conciencia o se han desgastado inevitablemente? En su ensayo, García Montero saca esas palabras del "cubo de la basura del descrédito" e intenta devolverlas a su sentido original.

–En un momento del libro asegura: "Escribo de amor porque estoy fatigado de la actualidad candente".

–Comencé a escribir este texto después de un crimen bárbaro en el que una mujer mató al hijo de su novio, y ese suceso empezó a ser utilizado por la televisión basura, que sacó a la gente a la calle para pedir la reimplantación de la pena de muerte, el endurecimiento de las condenas... Y esa furia contrastaba con la propia madre del niño, que pidió por favor que no se utilizara esa historia para fomentar el odio. Yo vi a esa madre y me emocioné. Es ese tipo de bondad el que yo defiendo.

–Una bondad que remite a Antonio Machado, muy presente en estas páginas.

–Cuando él, en su Retrato, escribe aquello de "soy, en el buen sentido de la palabra, bueno" quería decir que no era tonto, que no había que identificar ese término con la estupidez, que él pensaba como su maestro, Giner de los Ríos, que creía que la educación nos preparaba para la bondad. Y hoy ésta tiene muy mala prensa, se ha creado el concepto de buenismo para desprestigiar a la gente, parece que lo que manda es la ley de piensa mal y acertarás. Todo eso tiene que ver con el miedo, con la renuncia a las ilusiones colectivas, a la convivencia... Son cuestiones que analizo en este libro.

"Camus no se creía en posesión de la verdad, decía que se comprometía a no mentir. Se trata de eso”

–"Si conseguimos darle una oportunidad humana a la palabra verdad, tal vez podamos usar de nuevo sin vergüenza la palabra política, la palabra", sentencia usted, "más sucia y más necesaria".

–Verdad y política son dos palabras que me importan mucho. No hay que ser ingenuos: si la gente desconfía de la política es porque ha habido corrupción, mentiras, manipulación... y porque a menudo las instituciones han trabajado más por las élites que por la mayoría. Y si una mayoría no se siente amparada, desconfía. Pero, volviendo a Machado, en Juan de Mairena se decía que desconfiaras de quien te aconseje que no te metas en política, porque querrá hacer la política sin ti y contra ti. La solución estaría en limpiar las cosas, pero no en renunciar a ellas. La política es el gran recurso que tiene la democracia para resolver los conflictos sin violencia y en condiciones de igualdad, y todos esos relatos que se creen que pueden saltarse las leyes y constituciones en nombre de una verdad lo que hacen es ser aliados del pensamiento neoliberal más reaccionario. Dar la espalda a una regulación que ordene la convivencia es peligroso.

–Sostiene que si queremos recuperar la palabra "verdad" debemos ser "muy precavidos".

–No se puede defender la verdad con mayúsculas, creer en ella como en un dogma. El pensamiento contemporáneo, autores como Marx o Freud o Nietzsche, el feminismo, el anticolonialismo... esas voces nos han educado en la sospecha, con ellas hemos aprendido que cosas que nos parecían naturales eran la justificación de un poder económico o sexista, colonial.... Pero instaurar la sospecha de los valores establecidos desemboca sólo en el nihilismo, en una actitud cínica. Frente a la verdad dogmática es necesario defender una verdad con minúsculas, ética, unas creencias que hay que compartir. Albert Camus decía cuando trabajaba de periodista que no se creía en posesión de la verdad, que se comprometía a no mentir. Se trata de eso.

"Hoy la bondad tiene mala prensa. Parece que lo que impera es aquello de piensa mal y acertarás"

–Con el clima de enfrentamiento constante en que vivimos, da la impresión de que la verdad de uno excluye la del otro.

–Sí. Hoy se viven muchas situaciones que invitan al odio y la irracionalidad. Cuando estudio, por ejemplo, el panorama del español en Estados Unidos, veo que Donald Trump lo borra de los mensajes de la Casa Blanca, pone en marcha un discurso de sólo inglés, que favorece que los niños se sientan avergonzados si hablan español en los colegios. Todo eso tiene que ver con señalar a los hispanos que llegan a Estados Unidos como una amenaza, como un peligro. Pero frente a esos discursos hay que reivindicar otros modelos, y por eso me interesaba hablar del amor. De cómo México acogió a cientos de niños cuando la República Española estaba completamente desamparada, algo que cuento en el libro. O de cómo la solidaridad familiar responde a la crisis, y eso genera una dimensión política, propicia una democracia donde más que el desamparo se busque la igualdad de condiciones, la fraternidad, para que no se imponga la ley de yo a lo mío y tú a lo tuyo, sino la convivencia.

–Ya ha pasado un año desde su nombramiento como director del Instituto Cervantes. ¿Qué ha aprendido en su gestión?

–Que es una institución importantísima para defender la cultura de una comunidad de más de 600 millones de hablantes repartidos por el mundo, una cifra que nos da una idea de la fuerza de nuestro idioma para responder, desde nuestra memoria y nuestra historia, a los relatos de la globalización. Y que tenemos que buscar la fraternidad entre todos los que hablamos el español para unirnos en una navegación común.

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