Malos tiempos en El Royale | Crítica

'Tarantinismo' de tercera

Chris Hemsworth, en una escena de la película. Chris Hemsworth, en una escena de la película.

Chris Hemsworth, en una escena de la película.

Tarantinismo de tercera y hermanoscoenismo de cuarta. Drew Goddard es un buen guionista (Monstruoso, Marte) que habitualmente trabaja como realizador televisivo y solo ha dirigido un largometraje –La cabaña en el bosque– que le dio un inesperado prestigio que excedía en entusiasmo crítico los límites de lo que no pasaba de ser un ingenioso juego con los mecanismos del tópico de las películas de terror basadas en un grupo de adolescentes aislados en un lugar en el que han pasado cosas raras.

Seis años después vuelve con otro juego de ingenio que esta vez carece de originalidad al abordar los inteligentes (pero vacíos) excesos verbales y retorcimientos temporales del guión-rompecabezas tarantiniano. Presenta las historias en principio independientes de seis personajes que convergen en un siniestro motel lleno de micrófonos ocultos, dobles espejos y pasadizos secretos para ir desvelando, con interminables conversaciones y saltos en el tiempo, los lazos que les unen. Con un uso cínico de la crueldad más de los Coen que de Tarantino.

Estamos en la América del inicio de su decadencia, en la mitad de la década negra que va de 1963 a 1974 –lo que incluye los magnicidios de JFK, Bob Kennedy y Luther King, Vietnam, la droga, las sectas, el Watergate y la dimisión de Nixon–, marcó el origen del cinismo posmoderno huecamente crítico al que esta película se apunta. como una muestra más, aunque pretenda lo contrario, de aquellos barros que han traído el lodo de Trump.

Se podría tomar –y así lo han hecho algunos colegas– por otro ingenioso juego retórico similar al de La cabaña en el bosque, esta vez desentrañando los laberintos temporales y las historias anudadas tarantinianas, y la violencia cínica que relee el cine negro clásico al modo de los Coen desde los ya lejanos tiempos de Sangre sabia. Incluso con posibles guiños a la Agatha Christie de “Diez negritos” o al Neil Simon de Un cadáver a los postres.

En realidad, es más una tontería dicha tomándose mucho tiempo –demasiado: la relativa sorpresa basada en golpes de efecto y bruscos giros solo funciona unos minutos de los 140 que dura– y con el tono ampuloso de quien cree estar innovando creativamente a la vez que discurseando sobre los mecanismos del cine.

Muy bien los intérpretes del curioso reparto (Jeff Bridges, Jon Hamm, Dakota Johnson, Lewis Pullman, Cynthia Erivo, Chris Hemsworth) teniendo que vérselas con personajes de recorte. También al modo Scorsese y Tarantino, tiene una interesante banda sonora formada por canciones de The Righteous Brothers, The Crystals, The Four Tops, Sam & Dave, The Supremes, Deep Purple o The Mamas & the Papas. Pero ni tan interesantes actores ni tan buenas canciones logran dar vida a este juguete hueco.

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