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Vivarium | Estreno online El siniestro bucle del bienestar

Jesse Eisenberg e Imogen Poots en una imagen de 'Vivarium'. Jesse Eisenberg e Imogen Poots en una imagen de 'Vivarium'.

Jesse Eisenberg e Imogen Poots en una imagen de 'Vivarium'.

Vivarium se suma a la oferta de estrenos online de la distribuidora A Contracorriente a través de Vodafone, Movistar + y Rakuten TV, en la que se nos antoja algo más que una solución de emergencia ante la crisis del coronavirus y el siguiente paso hacia el paulatino asentamiento de la exhibición digital bajo demanda como futuro del sector.

Un filme que remueve además las ansiedades de estos tiempos de encierro forzoso con su apuesta al vacío por uno de esos relatos distópicos y alegóricos que, desde Pleasantville a Suburbicon pasando por El show de Truman, sirven para explicar, no sin cierto pesimismo y obviedad, las derivas del capitalismo asociadas al modelo tradicional de familia (de clase media empobrecida) y sus planes de vida burgueses.

Nuestra joven pareja protagonista, Jesse Eisenberg e Imogen Poots, entra muy pronto en un laberíntico bucle de reiteraciones tras visitar un barrio residencial recién construido de casas prefabricadas idénticas. Atrapados sin salida, el idílico espacio de la felicidad deviene pronto pesadilla kafkiana de colores pastel, cielos azules y nubes blancas calcadas las unas a las otras, un espacio virtual y simbólico dispuesto para la gran función de la vida en pareja, la paternidad (y la maternidad), el desgaste emocional, la obsesión y la muerte, un ciclo que el irlandés Lorcan Finnegan (Without name) filma entre decorados sin alma y ante la mirada inquietante y siniestra de un bebé que crece entre gritos e imitaciones mientras la pareja se descompone y autodestruye.

Vivarium lanza a todo volumen sus metáforas sobre el capitalismo, la familia y el bienestar siempre más atenta a sus giros de guion, más efectistas que efectivos, que a los logros de su puesta en escena, a la que tal vez le habría venido mejor un poco más de disciplina y rigor minimalista dentro de su frialdad de fábrica. Atrapada en su bucle cíclico, y previsible una vez atravesado su tramo intermedio, la película deja sentir su condición de experimento de género que ha ido más allá de los límites de ese cortometraje ingenioso o ese episodio de Black Mirror que debió ser en todo momento.