Alfonso Masó

Catedrático de Escultura de la Facultad de Bellas Artes Universidad de Granada

Ladran luego cabalgamos, querido Vázquez de Sola

Andrés Vázquez de Sola Andrés Vázquez de Sola

Andrés Vázquez de Sola

"Ladran luego cabalgamos", nos recordaba estos días nuestra amiga Angélica, compañera de Vázquez de Sola, recién colmado de méritos para la hoguera —o el aséptico paredón— por el buen patriota, catedrático de matemáticas y ocasional articulista Alberto Pérez de Vargas en su admonición recientemente publicada en Europa Sur con el título “¿Hasta dónde el Arte?” Que es como decir ¿Hasta dónde las matemáticas? ¿Hasta dónde la sociología? ¿Hasta dónde la antropología? Aunque con pericia como la suya, tal cuestión pueda quedar despachada en cuarenta y cuatro escuetas líneas.

Pero, debo confesar mi decepción respecto a los ladridos anunciados, al leer el mencionado artículo demonizador, porque me había hecho a la idea de algunos ladridos de peso y me encuentro con los de un perrillo vocinglero que corre a esconderse bajo los faldones de su ama, ilustrísima togada, tras aflautar calamitosamente sus argumentillos.

Estimado compañero de Universidad, —aunque la suya sea otra y mis titulaciones sólo de arte— qué tal si cuando tenemos que aportar alguna crítica nos documentamos antes y ponderamos, para intentar cumplir, un poco decentemente con aquello por lo que la sociedad nos paga: algo de rigor y honestidad investigadora, y a ser posible, también docente. Ya sé que es muy tentadora la imagen de los nuevos Jinetes de Don Pelayo recorriendo la meseta en pos de su nueva y gloriosa Reconquista. Ya sé que tal pretensión de rigor a la documentación y a los hechos, es de rojo de mierda, como son de rojos de mierda tantos aspectos de nuestra Constitución que, en estos días, son rescatados por el espantoso gobierno bolchevique, para intentar lograr una justicia social un poco más distributiva y una legislativa un mucho menos prevaricadora. La caverna enloquece con tales pretensiones, cuando lo decente es que su intachable monarquía y sus mejores acólitos saqueen el país y lo pongan a buen recaudo en paraísos fiscales… pero, un buen español, mira al cielo y perdona esos pecadillos por la gracia de Dios. Y una buena española… bueno, eso ya es otro asunto.

Y mientras, los tribunales del país pendientes de que algún humorista no se pase de la raya, nombrando Suiza con intenciones poco católicas o mojando el lapicero en tintas revueltas, aunque muy bendecidas. Y al servicio intachable de la justicia —como los nunca bien ponderados policías de balcón— estos lamentables días, hallamos a algún perrillo faldero señalando a sus amos la indecencia.

Que el humor y el arte se metan donde no deben trae muy malas consecuencias en los estados totalitarios, y en algunos otros de togados demasiado nostálgicos de gloriosas cruzadas. A un tal Picasso, "rojo de mierda", se le ocurrió pintar, por encargo de la República, en 1937, un enorme cuadro, Guernica, que como bien se sabe reflejaba el horror ante el bombardeo fascista de la ciudad del mismo nombre. Ya en 1971, con motivo del noventa cumpleaños del artista se hicieron varias exposiciones en España que fueron delicadamente reventadas por la ultraderecha.

Ladraban y tiraban bombas incendiarias, no es por dar ideas. Picasso era comunista, como Andrés y vivía en París, como él, en donde ambos tuvieron diversos encuentros porque ambos sabían que el Arte, como otros aspectos, no es cuestión de tamaño sino de salud social, de estar donde se debe estar, cuando se debe estar. Lo mismo dirán otros de sus sables o de sus ladridos, pero desde la Cultura, antes de descalificar tan burdamente, apuntándose al denigra, calumnia, difunde infundios, hasta lo más abyecto, que eso construye suelo político, no estaría de más documentarse un poco sobre aquello que se escribe, aunque con ello estemos hablando de otro nivel, de lo contrario, cualquiera puede terminar pareciéndose a ciertos o ciertas portavoces de la extrema derecha, que ponen el listón de la ética y la inteligencia por debajo de la tierra. Lo que hay que reconocer es que también tiene su mérito y sirve bien a unas estrategias, independientemente de que lleguen a parecernos ruines.

Pero insultar no es decir la verdad, aunque escueza, y en algunos casos llegue a costar la vida a quien lo hace. Insultar es verter inmundicia en los lugares de la presunta información —aunque sea presunta opinión— los datos conscientemente intoxicados, eso es insultar a cada posible lector o lectora, o a cada posible oyente, aunque indudablemente dé réditos estos días en la rebosante bolsa de la obscenidad política. Los más prestigiosos premios mundiales al humor gráfico no han sido concedidos a Vázquez de Sola por un azar. Basta, con una mínima curiosidad al entrar a Google, ya la primera entrada en Wikipedia nos sitúa un poco, se puede continuar... Pero lo más satisfactorio y ampliamente saludable, es poder recrearse en sus viñetas. El criticado inteligente también reirá, el perrillo vigilante posiblemente muestre su enfado a su dueño y recibirá alguna prebenda.

El humor, el buen humor, como sabemos, el reír, el movilizar el ingenio, refuerza la salud, la física y la democrática, el veneno que estos días destila la caverna nos hace a todos y a todas más tristes. Y bien sabemos que la tristeza no sirve para combatir la enfermedad sino para hacerla crónica.

Y el rey no está desnudo, está forrado, aunque eso parezca ahora no venir a cuento.

Alfonso Masó es catedrático de Escultura de Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Granada.

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