Campo chico

Alberto Pérez de Vargas

De la Palma Real a El Violinista

Varios establecimientos han recibido la distinción de “singular” cuando estaban en procesos de cierre

El mural de Pepe Barroso, antes de ser protegido. El mural de Pepe Barroso, antes de ser protegido.

El mural de Pepe Barroso, antes de ser protegido. / E.S.

En Algeciras no parece importar mucho ni el mal gusto ni el dislate, lo que supone que la fealdad nos invada obligándonos a soportarla estoicamente, como lo haríamos con un familiar o amigo poco agraciados. Porque la ciudad es cosa nuestra, tan nuestra como nuestra casa. Nacimos y nos hicimos en ella, o la adoptamos por la razón que fuera. Asumimos sus defectos y sus sombras, pataleando en privado y entre nosotros, cuando nadie nos ve. En Algeciras, porque es poco frecuente, nos sorprende el buen gusto, la originalidad y el esfuerzo por hacer grato un espacio de la geografía urbana. Es lo que les ha pasado ya a unos cuantos de mis próximos, cuando se han encontrado con lo que han hecho con la Palma Real, una joven pareja algecireña, Inma y Rafa. La calle Ancha, el eje del paseo de cuando se paseaba, el lugar donde muchos encontraron pareja y compañía, tal vez la vía urbana por excelencia de Algeciras, ha tenido sus altibajos. Aguantando está, de un tiempo a esta parte, la fuerte presión de los grandes centros y superficies comerciales, que la van vaciando de contenido: concesiones a la voracidad del capitalismo que deshumaniza el comercio. La ausencia creciente de tiendas que son, con la hostelería, el sostén que mantiene el dinamismo de las ciudades, va eliminando la posibilidad del encuentro y del contacto y, con ello, disminuyendo la sociabilidad, tan característica de nuestra idiosincrasia. De seguir así, en Algeciras acabaremos por dejar de vernos, por convertir a la ciudad en un solar de habitáculos incomunicados.

Hay en la calle Ancha unos pocos espacios heroicos y, en uno de ellos, que hace esquina con la hoy avenida de Blas Infante (El Calvario), hay un par de puertas de madera que seguramente fueron hechas en Filipinas en la época colonial (Manuel Gutiérrez Alonso dixit); pero me temo que nadie lo sabe, ni siquiera los dueños. La puerta que da a Blas Infante está irreconocible, recubierta con pinturas de esas con las que se embadurna todo lo que se ofrece a la vista del viandante. Dos de los espacios son muy destacables. El primero es el ocupado, en el número 28, por la casa de tres cierros a pie de calle donde vivió Félix Salas Fernández, fundador en 1962 de una espléndida yeguada de purasangres árabes que pasta en la Finca Las Majadillas de Los Barrios. Y el otro es la casa donde nació Regino Martínez Basso, que le da nombre (oficial) a la calle Ancha. La Palma Real, en los bajos de esa casa, ha sido la tienda de chuches, dulces y panes de unas cuantas generaciones; un lugar legendario en una calle cuya hechura es ya inclasificable e indescriptible.

En Algeciras parece necesario proteger la belleza, del salvaje comportamiento del personal de a pie

El que pase hoy por la calle Ancha y recuerde la ubicación de la Palma Real, se encontrará con un local de hostelería, llamado “El Violinista” (sin duda, en honor a Regino Martínez), cuajado de buen gusto, que no sólo ha sabido respetar las esencias del sitio sino además renovarlo y adaptarlo a los tiempos y a las circunstancias. No es buen momento, pero aun habiendo tenido la mala suerte de coincidir con esta maldita pandemia, sus promotores han seguido adelante enriqueciendo el entorno y animando a la gente a pararse y a disfrutar de viandas bien compuestas y servidas. Reconforta darse con iniciativas como ésta, que en otro orden de tareas, te hace sentir nostalgia de aquel maravilloso salón de té, Cabsy`s (1975-2016), de la vuelta a la calle San Antonio. Tanto es así, que a uno le llegan brotes de esperanza de que cambie el sentido de las actuaciones y se apueste por combatir el deterioro y el mal gusto. Dicen que en el Ayuntamiento existen dos comisiones para examinar los proyectos que se presentan, una en el ámbito de la Delegación de Urbanismo y otra en la de Cultura. Estaría bien que así fuera; aunque, de momento, se cumple mi experiencia universitaria, cuando te traían dibujado un camello si encargabas a una comisión que estudiara cómo dibujar un caballo.

La Tasca del Violinista, en la calle Ancha. La Tasca del Violinista, en la calle Ancha.

La Tasca del Violinista, en la calle Ancha.

Frente a la Palma Real estuvo el Teatro Principal, revestido de una fachada clásica que imprimía carácter a la calle más frecuentada de Algeciras. Cayó ante la piqueta y en su lugar se construyó un espléndido edificio en el que vivió una parte de la familia Valdés, de honda radicación en la ciudad. En su esquina con la calle Rocha estuvo, en su segundo pero más notable emplazamiento, la Peña Miguelín, hoy también sufridora de los malos efectos del progreso. Los diseñadores posteriores, los del actual edificio no han dejado huella de nada, y en el Consistorio nadie ha pensado en que alguna leyenda mural nos recordara el pasado. Abundan las placas de cerámica que aluden a la concesión de “establecimiento singular”, pero escasean las que recuerdan el lugar que tuvo algo que ver con la vida y misterios de instituciones y notables.

Algeciras es tan especial que ya son varios establecimientos de hostelería los que han recibido la distinción de “singular” cuando estaban en procesos de cierre; Casa María o Casa Montes, por ejemplo. Casa Castro también cerrado, estuvo luciendo el honor bastante tiempo. Pero empieza a ser de mal bajío que se fijen en uno para hacerlo “singular”. No hay más que ver que el mural del gran pintor algecireño, sanroqueño de nacimiento, Pepe Barroso, realizado en 1976; está cubierto, protegido por paneles, para evitar su deterioro, ya cercano a la total destrucción provocada por el vandalismo popular. En Algeciras parece necesario proteger la belleza, del salvaje comportamiento de una parte despreciable del personal de a pie.

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