Cultura

My Fair Emma Stone: puro Allen

Comedia, EEUU, 2014, 97 min. Dirección y guión: Woody Allen. Fotografía: Darius Khondji. Intérpretes: Colin Firth, Emma Stone, Marcia Gay Harden, Jacki Weaver, Hamish Linklater, Eileen Atkins y Catherine McCormack. Cines: Al-Ándalus Bormujos, Cinesa Camas, Cinesur Nervión Plaza 3D, Cinesa Plaza de Armas 3D, CineZona, Los Alcores, Metromar.

A estas alturas no voy a descubrirles que la obra como director que el ya octogenario Woody Allen inició en 1971 se compone de obras maestras (citemos la tetralogía de oro formada por Annie Hall, Manhattan, Hannah y sus hermanas y Delitos y faltas), obras mayores (por seguir con las tetralogías citemos Zelig, Broadway Danny Rose, Match Point y Blue Jasmine) y obras menores tan llenas de encanto y talento que parecen mayores (todas las demás, menos cuando se pone serio e imita a Bergman o a Fellini). Magia a la luz de la luna pertenece a la tercera categoría: divertida, leve, ingeniosa e inteligente. ¿O no? Porque crece conforme avanza.

Un mago empeñado en descubrir los trucos de una médium. La Costa Azul de los años 20. Villas de millonarios ingleses y americanos. Jazz con sonido a gramófono. Diálogos ingeniosos con perfume a Noel Coward dichos en un inglés (importante la versión original) exageradamente perfecto. Maravilloso duelo entre un serio y ácido Colin Firth, que habla con una impertinente autoridad quizá inspirada en el Henry Higgins creado por Rex Harrison para My Fair Lady, y una seductora Emma Stone. Permítanme proponerles un juego: ¿será Firth una versión de Higgins, Stone una Eliza Doolittle y la tía del mago una variación sobre la madre de Higgins interpretada por Gladys Cooper? Cuando vean las dos escenas de las visitas a la casa de la tía en Provenza o el espléndido monólogo de Firth en el hospital, compárenlas con la visita de Higgins a la casa de su madre cuando Eliza se ha refugiado allí y la canción-monólogo Me acostumbré a su cara. Por no hablar del final, en el que sólo falta que alguien pida que le lleven unas zapatillas… Y jueguen a dejar transparentarse My Fair Lady tras esta película. La disfrutarán más.

Es maravilloso, envidiable, llegar a los 80 con un sentido tan ligero, picante, suavemente divertido y juguetón del cine. Aunque tal vez se autocaricaturice en la definición que su amigo hace del personaje de Firth -"obsesionado con la mortalidad, no cree en nada, no le encuentra sentido a la vida, un perfecto depresivo que todo lo sublima en su arte"-, Allen es el nihilista más disfrutón de la historia del cine. Por eso le da tiempo -¿cosas de la edad haciéndole más benévolo?- para jugar con la radical increencia positivista de Firth en espíritus, otros mundos o religiones y la seducción de Stone, que podría ser también la seducción de otras realidades posibles. "Siempre supe que en la vida hay algo más que lo aparente. ¿Cómo puede ser que lo que vemos sea todo? ¡Qué creencia desoladora! ¿Por qué Dios se habría tomado tanto trabajo si todo se convierte en nada?", dice la crédula millonaria mientras la calculadora y ávida madre de la médium le exprime los fondos para una fundación. Pero… ¿y si todo no fuera una estafa?

La galería de personajes secundarios es espléndida: la millonaria crédula, la ambiciosa madre de la médium, el joven tonto con ukelele que parece sacado del musical The Boy Friend (su autor, Sandy Wilson, murió cuando Allen ultimaba esta película), el primo del mago que lo mete en el lío, el psicoanalista freudiano… Una hora y media de sonrisa inteligente. Sólo Allen puede meter con naturalidad una conversación sobre Nietzsche y la existencia de Dios en un club nocturno de hot jazz o tratar los temas más trascendentes sin perder el tono de alta comedia a lo Noel Coward. Porque tras la amable ligereza y la sofisticada ironía de esta inteligente comedia, que justo en su mitad regala la extraordinaria secuencia de la tormenta con el You Do Something to Me de Cole Porter interpretado por la orquesta de Leo Reisman, hay cargas de profundidad. Pero estallan haciendo sonreír. Este es el milagro de Allen, el sello de su genio. Porque, aunque él sea remiso a reconocerlo, es un genio. Y eso plantea una duda:¿es tan menor esta película? ¡Y qué más da! Es un Allen.

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