Cultura

Ensueños aciagos: el cine de Gonzalo López-Gallego

Lujosas ediciones para la práctica totalidad (faltaría la reciente El rey de la montaña) de la filmografía de un treintañero, Gonzalo López-Gallego. El esfuerzo lo hace Versus, y ojalá se puedan repetir, en el futuro, este tipo de iniciativas con todos los realizadores que se salen un poco del tiesto institucional.

De López-Gallego hay mucho que reseñar, y aunque el madrileño ande aún lejos de la mirada madura, la colección de ambiciosos retazos de audiovisual que exhibe su corta filmografía es digna de admiración. En Nómadas, su carta de presentación en la larga duración, ya se nota ese deseo de trascendencia, de encontrar el hueco personal dentro de la lógica acumulación de referencias, el peso del pasado y las afinidades electivas. Los personajes del filme, jóvenes desarraigados, obsesionados y solos en una gélida y violenta sociedad, buscaban, al igual que las propias formas, una definición en el irresoluto combate entre modernidad y posmodernidad: a veces podía más el polo cercano a Kaurismäki, el cine moderno que se sueña clásico, otras veces pesaba más el lado Haneke, la traducción plástica, no exenta de ambigüedad, del desierto posclásico. Hubo que esperar a su segunda película, Sobreelarcoiris, para conocer el resultado de esta fricción: ganó el austriaco, y López-Gallego asumió su condición de cineasta de la imagen posmoderna. Marcado por la consolidación de la tecnología digital, por la nueva tiranía de la imagen que se pinta y retoca y de la máquina que no pesa, el filme, que nace como una exploración documental de las potencialidades expresivas de una camarita, se va poco a poco virando al negro al tiempo que la ficción le gana la partida al registro. Como el Rosales de Las horas del día, el López-Gallego de Sobreelarcoiris parece decirnos que la cotidianidad engendra pesadillas y que el cine sigue siendo sobre todo vampiro, perro de presa con el pensamiento fijado en la sangre. Así, el Ludwig que focaliza el relato, no tiene nada que ver con la Varda que coge la cámara con una mano y se filma la otra, sino con Karlheinz Böhm, a quien Michael Powell puso, en El fotógrafo del pánico, a filmar el horror a través de una cámara que recuperaba su condición de arma, ahora más mortal que cuando los pioneros dispararon los fusiles fotográficos. Sobre el arcoiris, el filme más interesante de López-Gallego hasta la fecha, medita sobre la delgada línea que separa documento y ficción, realidad y pesadilla, cordura y locura.

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