Análisis

Ajustes en el mercado turístico

  • El parón que está mostrando el sector del turismo en España es más significativo por señalar un cambio en las preferencias de los visitantes que por el descenso en su número.

Un joven surfista busca la tranquilidad en una playa de Chiclana. Un joven surfista busca la tranquilidad en una playa de Chiclana.

Un joven surfista busca la tranquilidad en una playa de Chiclana. / M. G.

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Se encienden señales de alarma en el turismo porque los datos acumulados durante el primer semestre no son tan espectaculares como los del año pasado y los anteriores. Conviene recordar, sin embargo, que se llevan varios años batiendo los registros históricos y que un enfriamiento temporal, como el que podría estar produciéndose en este momento, no sólo sería razonable, sino también recomendable.

Los datos, sin embargo, no parecen estar reflejando una simple parada técnica, antes de regresar a velocidad de crucero, sino más bien un profundo reajuste en las interioridades del mercado, como consecuencia de la incorporación al mismo de las nuevas generaciones de turistas y sus nuevas preferencias.

La ficha de coyuntura de la Secretaría de Estado de Turismo indica que los turistas extranjeros durante la primera mitad del año, 47 millones, han crecido un discreto 0,3%, mientras que el gasto lo ha hecho un 3%. Por su parte, los excursionistas (22,4 millones) han seguido creciendo (1,5%), dando a entender que la preocupación entre los agentes y observadores del sector no tendría tanto que ver con un enfriamiento de la actividad, aparentemente inexistente, como por el desembarco, tras el parón de la crisis económica, del segmento más dinámico del mercado, que son los turistas de las generaciones Y (nacidos después de 1980) y Z (nacidos en el siglo 21).

El problema está en que, aunque los visitantes siguen llegando, como indican las estadísticas de movimiento aeroportuario, que en toda España reflejan un aumento del 6% en el número de pasajeros entre enero y julio, los nuevos turistas han cambiado sus planes de viaje, alojamiento y manutención.

La industria turística tradicional es la gran perjudicada, como reflejan las estadísticas de movimiento en hoteles, campings y apartamentos turísticos reglados, donde caen los viajeros, las pernoctaciones y la estancia media.

La prevención, desde el punto de vista del país, tiene que ver con el reducido presupuesto con que viajan los más jóvenes, aunque los ingresos por turismo en balanza de pagos invitan a moderar la preocupación porque en lo que va de año ya han acumulado un 5% de crecimiento con respecto a un año atrás.

El turismo, como todo, también cambia. Probablemente más que otras actividades porque, sin duda, se trata de una de las más sensibles a los circuitos digitales de información y porque los jóvenes, es decir, los que más viajan, imponen al sector nuevos protocolos de mercado, contra los que cada vez resulta más inútil resistirse.

En el turismo la dinámica del sector la impone la demanda. Siempre ha sido así y a la oferta no le ha quedado más remedio que adaptarse. También está ocurriendo en este momento, pero siempre han existido núcleos de resistencia en torno al entramado institucional, tanto público como privado, que se desarrolla en torno al turismo.

El turismo ha dejado de ser un sector con límites bien definidos para ser más transversal

Hace ya tres décadas que los gobiernos autonómicos crearon un departamento específico para la planificación y la promoción del turismo, que sigue funcionando en la actualidad con patrones similares a los de entonces.

También por la misma época, los estudios turísticos se implantaron en prácticamente todas las universidades y los patronatos provinciales y municipales de turismo se convirtieron en aparatosas maquinarias de promoción de discutible utilidad en estos momentos. Incluso las fastuosas ferias internacionales del sector (Madrid, Londres, Berlín...) parecen tener dificultades para conectar con las nuevas energias que mueven al sector.

El turismo ha dejado de ser un sector con límites bien definidos para convertirse en una actividad de marcado carácter transversal. La "turismofobia", una de las facetas más características de los nuevos anclajes del turismo en la sociedad, es consecuencia de este carácter y se nutre de otro fenómeno igualmente propio de los tiempos que corren.

La "turistificación" de la vida urbana alcanza niveles inconcebibles hace tan sólo unas décadas. El turismo penetra en la organización de los entresijos más recónditos de la convivencia, en competencia con la población residente.

El mercado de la vivienda, especialmente de los alquileres, o la ocupación de las aceras por veladores de los establecimientos de hostelería, son algunos de los ejemplos más evidentes del conflicto, pero existen otros más apaciguados, por el momento. Pensemos, por ejemplo, en la "turistificación" de la cultura o del transporte.

Las generaciones que empiezan a viajar ahora buscan gastan menos que sus padres

Para promotores culturales o transportistas, el turismo sigue siendo el principal punto de apoyo para sus proyectos, aunque el sesgo excesivo en el desarrollo es una evidente causa potencial de conflicto. El turismo ha sido siempre puerta de entrada de nuevas ideas y, por lo tanto, de modernización y transformación social y sería insensato poner trabas a que lo siga haciendo en el futuro.

Cabe pensar que, si uno de los rasgos característicos del turista actual es una mayor integración en la convivencia local, su contribución al desarrollo de la cultura o las infraestructuras puede ser incluso mayor que en el pasado, siempre que se eviten los conflictos de competencia con la población.

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