Julio Llamazares | Escritor

"Extremadura es lo más parecido al Lejano Oeste que tenemos en este país"

  • El autor de 'La lluvia amarilla' o 'Las lágrimas de San Lorenzo' regresa a las librerías con 'Primavera extremeña', crónica de su retiro cerca de Trujillo en los meses del confinamiento

Julio Llamazares (Vegamián, León, 1955). Julio Llamazares (Vegamián, León, 1955).

Julio Llamazares (Vegamián, León, 1955). / Cecilia Orueta

El viernes 13 de marzo, cuando la expansión del virus hacía pensar en una cuarentena que las autoridades aún no habían anunciado, Julio Llamazares decidió dejar atrás la atmósfera enrarecida y fantasmal de Madrid y se trasladó con su familia a una casa en la sierra de los Lagares, cerca de Trujillo, donde el escritor y los suyos encontraron un refugio a la "película de terror en la que se había convertido de repente el mundo, sumido en una plaga bíblica", y asistieron deslumbrados al despliegue de una naturaleza que, pese a todo, exhibía generosa sus dones. En Primavera extremeña, publicada por Alfaguara, Llamazares relata con su prosa limpia y sensible ese tiempo amargo en un paisaje que, con su luz y su vegetación prodigiosas, parecía invocar a la esperanza.

–"Éramos", dice en el libro, "unos afortunados por estar donde estábamos (...) pero, a la vez, eso nos provocaba un sentimiento de culpa". Contemplaban el esplendor de la naturaleza sin poder evitar el remordimiento...

–Sí, y el libro nace de esa mezcla de inquietud y deslumbramiento que vivimos. Llegamos a Extremadura en marzo, antes de que se decretaran el estado de alarma y el confinamiento obligatorio, creyendo que sería por unas semanas, pero al final no regresamos a Madrid hasta el 15 de junio. Y, por un lado, en aquella experiencia estuvo el temor, porque lo que sucedía no dejaba de afectarme, tuve amigos ingresados y alguno murió, pero por otra parte estaba el privilegio de asistir a una de las primaveras más espectaculares que he vivido nunca. La primavera en Extremadura es una explosión, especialmente este año que llovió más, y al estar en medio del campo fui un testigo privilegiado. En ese tiempo se cruzaron la crueldad y la belleza, como en los versos de T.S. Eliot.

–A ese paisaje, como apunta en el libro, no ha llegado aún el turismo masivo.

–Extremadura es una de las regiones más bellas y más variadas de este país, pero al mismo tiempo es de las más desconocidas. La gente tiene la impresión de que es un lugar pobre y seco, pero es una tierra maravillosa, fecunda. Es verdad que en verano se seca, por el calor que hace, como ocurre también en Andalucía, pero el resto del año es un paraíso natural. A mí me parece, lo he dicho varias veces en estos días, una especie de far west con sus dehesas y sus sierras, sus grandes extensiones muy poco pobladas. Esta es la causa del atraso de Extremadura en términos económicos, pero por otro lado es su mayor riqueza, lo que a medio o largo plazo la convertirá en un lugar de destino de muchísima gente. Ya está ocurriendo, está atrayendo a extranjeros porque es de los territorios más puros y mejor conservados que quedan en Europa.

"La literatura no está sólo para llenar las horas de ocio. Un libro nos sana las heridas de la vida"

–En esas semanas usted cumplió 65 años, una edad determinante "que señala el comienzo de la última etapa de la vida".

–De entrada, la cifra te convierte en población de riesgo [ríe], para lo bueno y para lo malo, porque también contarán conmigo a la hora de poner las vacunas. Los cumplí a las dos semanas de llegar. Yo intentaba concentrarme en la novela que estaba escribiendo, y con la que aún continúo, pero notaba que la cabeza la tenía en otro sitio, por un lado en la tragedia que se estaba cerniendo sobre el mundo y a la vez en el espectáculo que tenía en la ventana o ante los ojos cuando salía a pasear. Entonces mi familia me regaló una acuarela de Konrad Laudenbacher, un amigo y vecino de la zona, que describe la naturaleza del entorno en sus obras. Me regalaron aquello porque con el confinamiento no tenían acceso a más, pero fue revelador. Sentí que yo tenía que hacer lo mismo con palabras, acercarme a esa belleza, contarla. El libro se ilustra con esa acuarela y con otras 14 más de Konrad.

–Ha hablado antes del far west, y en esos días se dio algo muy propio de las películas del oeste: el recelo al forastero.

–En realidad eso sucede en todos sitios, todo el tiempo; el forastero siempre se ve con prevención, salvo cuando se convierte en turista que va a dejar dinero [ríe]. En este caso, con la pandemia, ese recelo estaba más justificado, porque tú podías ser portador de un virus que todavía no había llegado a la zona. Es entendible, pero no es justificable, porque el mundo no es de nadie, es de todos. Ahí se ve que la pandemia, como cualquier crisis sanitaria, o bélica o económica o de cualquier tipo, desata lo peor y lo mejor de la condición humana. Igual que hubo gente que dio y sigue dando muestras de una enorme generosidad, hubo otra que dijo eso de sálvese quien pueda, tú no vengas. Pero la casa estaba a tres kilómetros del pueblo más cercano. En Madrid nos habríamos relacionado con más gente, habríamos supuesto un mayor peligro.

Una de las acuarelas de Konrad Laudenbacher. Una de las acuarelas de Konrad Laudenbacher.

Una de las acuarelas de Konrad Laudenbacher.

Primavera extremeña define cómo el mundo se paró durante el confinamiento, pero la naturaleza siguió su curso...

–Impresionaban las imágenes de jabalíes que entraban en la Ciudad Universitaria de Madrid, o de osos que se acercaban a los pueblos en mi tierra, en León y en Asturias... Supongo que los primeros sorprendidos ante la ausencia de la gente serían los animales, pero se fueron envalentonando. Esto demuestra que si se paraliza la actividad humana la naturaleza vuelve a ocupar lo que es suyo. Es algo que vemos en los pueblos abandonados: cuando pasan unos años vuelven a crecer los árboles dentro de las casas. El peso de la naturaleza es muy fuerte. Ella puede vivir perfectamente sin la especie humana, pero nosotros sin la naturaleza no.

–En el libro asoman personajes como Ricardo, que cuida de la casa donde se quedaban, o Juan Antonio, que ordeña cabras. Gente con jornadas durísimas que desmonta esta visión idílica del campo...

–Sí, son personas que trabajan muchísimo. Yo soy de pueblo y vivo en Madrid, y por eso no idealizo ni el campo ni la ciudad. Esas miradas simplistas o maniqueas, tanto de los urbanitas que miran por encima del hombro a los que vienen de una aldea como la de quienes tienen una imagen edulcorada de las zonas rurales, no me interesan. Todo tiene su lado bueno y su lado malo.

"Los escritores solemos andar confinados. Pero compartimos la angustia del momento: estamos en el mundo, no en las nubes"

–Entre las lecturas de ese confinamiento una "le acompañó especialmente", El asedio de Troya, de Theodor Kallifatides. Los libros nos han hecho más llevadera la incertidumbre.

–Sí, y por lo que he escuchado, este 2020 se ha leído más y se ha visto más cine. No recuerdo ahora quién lo dijo, pero alguien sostenía que este es un año entre paréntesis, un año en el que se paró el mundo. La gente llenó las horas de encierro hablando mucho por teléfono, que era la forma de mantener el contacto, pero también leyendo, viendo cine. La literatura tiene una función social que muchas veces ignoramos, no sólo la de llenar las horas de ocio, sino la de curar las heridas de la vida. Los libros tienen también un valor terapéutico, y más en un momento de inquietud como el que estamos viviendo.

–Tras esa Primavera extremeña, ¿cómo ha llevado el otoño en Madrid?

–Los escritores tenemos un hábito de confinamiento, vivimos en un encierro perpetuo. Yo soy muy sociable, paseo mucho, pero me tiro muchas horas en casa, leyendo y escribiendo, porque es mi forma de vida, no sólo porque haya una pandemia. Estoy acostumbrado a pasar muchas horas solo y no necesito estar en contacto permanente con el mundo. Esa costumbre me ha permitido sobrellevar mejor este momento que otra gente más habituada al contacto con los otros. Pero el sentimiento de angustia, de estar viviendo una pesadilla, la comparto, que los escritores estamos en el mundo, no en las nubes.

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