Los panes y los peces

Fidelidad

  • En su novela ‘Feria’ (Círculo de Tiza), Ana Iris Simón une la visión revolucionaria y la tradición a la vez que analiza con valentía y sentido del humor las poses y los manierismos contemporáneos

Imagen extraída de ‘Feria’, de Ana Iris Simón. Imagen extraída de ‘Feria’, de Ana Iris Simón.

Imagen extraída de ‘Feria’, de Ana Iris Simón. / Círculo de Tiza

Parece mentira, pero hace poco más de una década casi nadie paraba mientes en las perversidades del sistema económico y cultural en el que vivíamos, en el que vivimos. No fue hasta el advenimiento de la crisis, hasta que nos estampamos contra el trampantojo del porvenir, cuando casi todo el mundo entre los dieciocho y los cuarenta años empezó a tomar conciencia de la perfección con la que el capitalismo neoliberal había suplantado a la realidad y había hecho creer a sus clientes que habitaban el mejor de los mundos posibles, el único viable.

Desde entonces, el acervo político de los otrora desentendidos de la política no ha dejado de crecer. Casi todo el mundo es capaz hoy -aunque, por lo general, se siga confundiendo el neoliberalismo con el liberalismo clásico- de identificar el mal en su vertiente económica. No sucede lo mismo, en cambio, con su otra vertiente, la antropológica o cultural. Si por algo se caracteriza el capitalismo neoliberal es por su capacidad para vendernos cualquier cosa, hasta la lucha contra el capitalismo neoliberal. Dicho de otra forma: somos el sistema, hemos sido adiestrados para no poder vernos desde otro lugar, y eso es lo que le permite asimilar cualquier alternativa, cualquier necesidad nuestra y convertirla en un nicho de consumo.

Para muchos, sin embargo, la supresión del futuro al que se dirigían devino en una conciencia insoportable del desarraigo. La destrucción de los vínculos con la tierra y el pasado, la globalización mental, tuvo una consecuencia clara: una insaciable sed de identidad. Proliferaron las reflexiones sobre la comunidad, sobre la pertenencia. Proliferaron las redes sociales con sus nacionalismos privados, reduccionistas y excluyentes. Proliferaron las reformulaciones de viejos conceptos y las luchas políticas orientadas a la emancipación de sectores de la sociedad tradicionalmente oprimidos. Proliferaron, en suma, ante la supresión del futuro, las revisiones del pasado. Pero la principal trampa del sistema casi no se cuestionó: el mito mismo del progreso, la huida hacia delante.

El capitalismo neoliberal es capaz de vendernos hasta la lucha contra el capitalismo neoliberal

Por eso, aunque fueron muchos los que se acordaron de sus pueblos, de los suyos, de sus muertos, muchos los que de pronto repararon en la naturaleza, abrazaron en sus obras las tradiciones populares o se retiraron a cultivar el terruño y otros valores, pocos de ellos se percataron de que estaban viviendo en un simulacro más de la cultura neoliberal, en un folclorismo a su medida, romantizado, arcádico, depurado de fealdad, o en uno intelectualizado, reducido a mera mercancía. Pocos se apercibieron de que estaban encarnando una moda, de que sobreactuaban.

Y si alguien no está de acuerdo con esto le recomiendo que lea Feria, la novela de Ana Iris Simón que se publicó no hace mucho en la editorial Círculo de Tiza y de la que se han vendido ya cuatro ediciones. Porque cuando aparece un libro así, con la rara virtud de unir la visión revolucionaria y la tradición, de hablar con naturalidad, respeto y amor profundo de los vínculos, de analizar con valentía y sentido del humor las poses y los manierismos contemporáneos, uno se da cuenta enseguida de que casi todos los demás intentos literarios, musicales y cinematográficos por el estilo eran solo eso: poses y manierismos contemporáneos.

Feria es un libro eficaz desde el punto de vista político porque no pretende serlo. La autora se limita a hablar de su familia, de su infancia, de su pueblo, a los que vuelve después de no encontrar su sitio en la gran ciudad. Al hacerlo, sin embargo, nos habla también de la historia reciente de España, de las contradicciones entre lo que deseaba para sus hijos la generación de los nacidos en los cuarenta y los cincuenta -los encargados de formar la clase media y de modernizar el país después de la Transición- y la realidad. De las aspiraciones y las paradojas de la izquierda, porque la familia de la autora es de izquierdas. De la posibilidad de recuperar los símbolos hurtados por la dictadura -la patria y la bandera, el sentimiento religioso- como hijos que son de la tradición popular. Y de las trampas que se ocultan bajo nuestras elecciones vitales presuntamente liberadoras, como renunciar a los hijos en nombre del trabajo y del escaso poder adquisitivo, eludir el compromiso sentimental echando pestes del amor romántico para no tener que sufrir, o cultivar la visión adánica de la historia para darle al vacío existencial al que se nos condena algún aliciente creador.

Pero no se trata solo de volver al pueblo. Los pueblos no son guardianes de las esencias, ni mucho menos. De hecho, suelen ser sitios crueles, donde la más mínima esperanza espiritual brilla por su ausencia y donde las vidas se echan a perder con suma facilidad. No obstante, cualquiera que se haya criado en uno, que provenga de una familia de orígenes campesinos y de una infancia y adolescencia anteriores a internet, es probable que mantenga una relación peculiar con el paso del tiempo, una conexión con el transcurrir distinta de la que propone la cultura neoliberal, una manera de relacionarse con los ciclos de la repetición más directa, más de tú a tú, lo cual genera, hasta en los más ingenuos, un escepticismo natural y una cierta retranca; una sensibilidad especial para detectar lo ridículo, lo que sobra u ocupa un lugar que no le corresponde. Y esa cualidad, que puede convertirlo a uno en un tipo ruin, puede también enseñarle a fijarse en la belleza de lo humilde sin falsearla, y a ponerlo todo patas arriba, como hace el folclore cuando es genuino. A tejer, como hace Ana Iris Simón en su libro, conexiones entre el pasado y la esperanza, entre el Génesis y un descampado bajo el sol de agosto, a finales del siglo XX, donde una niña mira al infinito desde la caseta en la que duermen sus abuelos feriantes y nos cuenta el secreto de la fidelidad.

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