La alegría de las pequeñas cosas | Estreno en Sala Virtual La vida por detrás

Una imagen de 'La alegría de las pequeñas cosas', de Daniele Luchetti. Una imagen de 'La alegría de las pequeñas cosas', de Daniele Luchetti.

Una imagen de 'La alegría de las pequeñas cosas', de Daniele Luchetti.

En un tono no muy alejado de las comedias fantásticas de Capra y De Sica, La alegría de las pequeñas cosas llega a la nueva plataforma de estrenos Sala Virtual tras cosechar bastante éxito en la taquilla y conquistar los corazones italianos más sensibles.

Y pareciera que las circunstancias actuales se alían irremediablemente con el mensaje buenista y blanco de su fábula sobre segundas oportunidades, a saber, un canto amable y popular, con las calles, el tráfico, los barrios y casonas de Palermo como telón de fondo, a todos esos pequeños detalles cotidianos que hacen de la vida algo maravilloso y de los que sólo nos damos cuenta cuando desaparecen, que diría un cursi. 

Tras saltarse el semáforo de todos los días a la vuelta del trabajo, al ingeniero Paolo se le atraviesa una furgoneta que lo manda con su motorino al cielo palermitano, suerte de oficina funcionarial donde le reconocen un error técnico y le permiten una pequeña prórroga de vida de 90 minutos para su mejor aprovechamiento y despedida. La premisa, que bien podría dar juego para la comedia loca, se conduce empero en un tono escorado hacia lo sentimental que Daniele Luchetti (Mi hermano es hijo único, La nostra vita) modula con cierta ironía desde la voz en off de su protagonista (Pierfrancesco Diliberto) y algún que otro gag a propósito de las repeticiones y las posibles variaciones de la vida que habrían surgido según qué decisiones del ingeniero.

Pero la cinta, decíamos, prefiere jugársela a la moraleja algo blandengue, a la reconciliación con la esposa (imperfecta pero la mejor) y la familia (molesta pero la suya) como cartas seguras de la felicidad pequeño-burguesa frente a toda tentación, riesgo o fantasía erótico-festiva. La alegría de las pequeñas cosas, parece decirnos este filme con conservadurismo disfrazado de fábula amable, está básicamente en seguir siendo el perfecto cuñado.