A vista del Águila Tiempo de zozobras en la capilla de Europa

  • Hubo momentos en que estuvimos a punto de perder la Capilla

  • La cámara de Miguel Ángel Del Águila reflejó algunos estadios críticos

La capilla de Europa, en 1969.

La capilla de Europa, en 1969. / Miguel Ángel del Águila

Los años de la Transición no fueron especialmente considerados con el actual santuario de Europa. Erigido antes de que la plaza Alta y la propia Algeciras moderna fueran concebidas, ocupa una estrecha parcela sobre la que, desde al menos el siglo XVII, se alzaba un reducido templo con ortodoxa orientación canónica. Abría su fachada principal a poniente, sobre el camino real que desde las antiguas atarazanas medievales ascendía hasta la meseta que llevaba hasta la puerta del Osario o Fonsario.

Tras el desembarco anglo-holandés en Gibraltar en 1704, algunos de sus habitantes cruzaron la bahía y se asentaron al amparo del espacio sagrado, adonde fue entronizada la talla manierista de la virgen de Europa, de gran devoción en la otra orilla. Después del terremoto de Lisboa, fue necesaria una profunda intervención y adquirió el aspecto actual: una fachada de barrocas curvas cuyos cuerpos inferiores fueron diseñados por Torcuato Cayón, arquitecto del obispado. Posteriormente se remató con una espadaña que simplifica las berninianas combas barrocas de la base, labrada con bloques de arenisca local. Al principio no era un edificio exento: por el norte lo flanqueaba un cotarro que devino en café y por el sur una casona dieciochesca de propiedad eclesial y acceso directo a la capilla, donde acabaron habitando las Siervas de María.

El entorno original

En 1969, cuando Miguel Ángel del Águila tomó esta fotografía desde la torre de la Palma, aún se mantenía el perfil del entorno urbano de la capilla: cerraba por el este la plaza Alta desde una posición esquinada, previa al diseño del espacio abierto, en la embocadura de la calle Real, que tomaba el nombre del antiguo camino. A la derecha, el renovado edificio de dos plantas de la congregación religiosa; a la izquierda, la calle Murillo, ampliada gracias al derribo del café de la Taurina quince años antes para poner en conexión desahogada la plaza con la Escalinata, cuyas barandillas y prismáticos aún confirman su condición de mirador sobre unos apilados bloques de hormigón que empezaron a alejar el mar de su cabecera.

El fresco viento del norte de aquella tarde de octubre empujaba las olas hasta el pie del escarpe y las rocas mostraban aún la subida de las mareas. En el flanco septentrional del templo, que por sus dimensiones lo conocíamos como “la capillita”, se esconde, entre el sol y la sombra, un breve testero donde estaba ubicado el oratorio del cristo de las Flores. Allí, a sotavento del Levante, sobre cantos rodados, convivían macetas de aspidistras, ramos de claveles, velas encendidas, exvotos y devociones, velos negros, labios orantes y misales de comunión. Enfrente, tras el aparcamiento de motocicletas, los nobles muros de otra casa dieciochesca se alzan supervivientes por poco tiempo: paréntesis de tejados, puertas batientes y canalones ciegos vaticinan próximos derribos.

La capilla de Europa, en 1969. La capilla de Europa, en 1969.

La capilla de Europa, en 1969. / Miguel Ángel del Águila

La capilla sin apoyos

A lo largo de los setenta, el entorno urbano perdió la proporción y el equilibrio de antaño y se convirtió en una amenaza para la capilla. Primero fue derribada la manzana que cerraba la plaza por el este y comenzó, tras profundas excavaciones, una prolongada construcción que se observa paralizada al fondo de la imagen que tomó el fotógrafo una mañana de noviembre de 1979. Meses antes se autorizó la demolición de las casas que lindaban por el sur con el templo, que se muestra aquí con el más descarnado de los desamparos.

En 1979, la capilla estuvo en serio peligro de desaparecer. En 1979, la capilla estuvo en serio peligro de desaparecer.

En 1979, la capilla estuvo en serio peligro de desaparecer. / Miguel Ángel del Águila

La piqueta sacó a la luz un plano de vacíos, palimpsesto de escalones perdidos, muros que no sostienen y techos que no cubren. En esta impúdica desnudez se muestran zonas hasta entonces ocultas, como el cierro de forja que se abría en el testero sur de la cabecera o los restos de tres óculos concienzudamente cegados que apenas se asomaban a los derribados muros fronteros y que en tiempos mejores permitían el paso de la luz del mediodía a la nave eclesial.

El edificio estuvo seriamente amenazado. Concienciados individuos y colectivos de la ciudad se movilizaron para defender su protección. Dos años más tarde se consiguió su catalogación como Monumento Histórico Artístico, lo que no fue obstáculo para que desde instituciones públicas se llegara a proponer su derribo y su traslado posterior hasta el barrio de San Isidro. Nuevas presiones y campañas impidieron tamaño despropósito y el edificio más representativo de la ciudad dieciochesca inicial se mantuvo en el espacio que dio sentido a su construcción.

Nuevas cubiertas a la vista

Como consecuencia de las protestas ciudadanas, las amenazas de demolición no se materializaron y a partir de 1982 comenzaron unas tareas que lograron detener el anunciado y denunciado derrumbe. En marzo del año siguiente, el fotógrafo subió a las alturas, por encima de grúas y balcones, para captar su propio testimonio del avance de las obras. Se estaban sustituyendo los techos: la bóveda de cañón barroca, la semiesfera que cubría la bóveda con apostólicos frescos y las dependencias de la sacristía fueron cubiertas por nuevos materiales que salvaron al edificio de la destrucción y el olvido. Fue el primer paso que puso fin a años de grietas, cierres y suspensiones.

Sustitución del techo de la capilla Europa, en 1983. Sustitución del techo de la capilla Europa, en 1983.

Sustitución del techo de la capilla Europa, en 1983. / Miguel Ángel del Águila

A partir de entonces, los viejos muros volvieron a albergar vida: se reorganizó la hermandad de la Columna, que volvió a cruzar el dintel de su puerta norte en 1986, meses antes de que una completa restauración pusiera en valor el edificio que en la imagen se muestra renaciente aunque rodeado de altivos volúmenes que rompieron el equilibrio y la proporción antiguas. Observada por hileras de cristales y ventanas que intimidan su noble perímetro, acotada por paramentos y rejas, altas medianeras y constantes sombras, la capilla resiste como vestigio de armonía en un nuevo tiempo de delirios verticales.

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