Un fin de semana cualquiera en el que alguien de Algeciras dejó de ser quien era gracias a la Bonoloto
Un boleto sellado en la calle Convento reparte casi dos millones de euros y despierta, en pleno centro, la vieja sospecha de que la suerte siempre vive cerca
La Bonoloto deja un premio de 1.850.000 euros con un boleto sellado en el centro de Algeciras
Compramos lotería para que el mundo nos dé la razón alguna vez. No para ser ricos —eso sería excesivo—, sino para sentir que el universo, por una vez, ha estado atento. Si nos toca, pensaremos que hubo señales: ese número repetido, ese impulso extraño al entrar en la administración, esa corazonada que ahora, retrospectivamente, parecía inevitable. Cuando no nos toca, miramos el décimo con una decepción íntima, casi ofensiva, y lo guardamos unos días antes de tirarlo, por si acaso. Un reintegro, al menos. Algo que nos confirme que no estábamos del todo equivocados.
Este fin de semana, en Algeciras, la justicia —esa forma caprichosa que tiene la suerte— decidió manifestarse. La Bonoloto dejó un premio de 1.858.136,61 euros a un único acertante de primera categoría, alguien que marcó exactamente los seis números correctos: 12, 32, 40, 41, 43 y 47. El número complementario fue el 13 y el reintegro, el 0, una cifra que suele simbolizar la nada, pero que en este contexto funciona como un punto final perfecto.
El boleto ganador fue sellado en la Administración de Loterías número 5 de Algeciras, en la calle Alfonso XI, la popular calle Convento, ese tramo de ciudad por el que se pasa muchas veces sin pensar que allí puede cambiarle la vida a alguien. A escasos metros del Ayuntamiento, en pleno centro, la fortuna entró sin llamar y salió con una identidad nueva.
El lunes amanece soleado. Es invierno, pero de los inviernos del sur que engañan: calientan la piel mientras uno sigue llevando abrigo por pura inercia. A primera hora, las propietarias de la administración cuelgan en el escaparate el cartel recién impreso: “Premio millonario vendido aquí. Bonoloto 6 aciertos”. Lo colocan con cuidado, como quien cuelga un diploma familiar. En sus caras se nota algo más que satisfacción: hay una alegría contagiosa, una especie de orgullo doméstico.
—Yo me llamo Rocío y ella es Pepi —dicen, como si se presentaran ante un acontecimiento histórico—.
Rocío lleva 21 años en la administración. Pepi, cinco.
—Sí, es el premio más grande que hemos dado —confirman sin dudar—. Mucha alegría, claro. Muchísima.
No conocen al ganador. Tal vez nunca lo conozcan. Puede que ya lo sepa y esté haciendo como que no, o puede que aún no haya comprobado el boleto, ajeno a que su vida se ha desviado unos grados. Quizá pase cada día por delante sin entrar. Quizá no vuelva nunca. La fortuna tiene esa costumbre: no deja tarjeta.
Mientras tanto, la cola crece. Clientes que esperan para comprobar boletos, para confirmar que no, que esta vez tampoco, y para comprar otros nuevos, porque la esperanza es acumulativa y no admite desmentidos. Se venden bastantes apuestas en esta Administración, dicen. Siempre se venden.
La Bonoloto es un juego sencillo, casi humilde. Se eligen seis números del 1 al 49, o se deja que una máquina —esa mente aleatoria que no cree en supersticiones— los elija por nosotros. Cada apuesta cuesta 0,50 euros, aunque el mínimo jugable es de un euro. Durante el sorteo, además de los seis números ganadores, aparece un complementario y un reintegro que nadie elige, como si la suerte se reservara el derecho a la última palabra.
Nació en 1988, como una hermana menor de La Primitiva, que llegó en 1985, y desde entonces reparte premios con una regularidad que mantiene viva la ilusión de miles de jugadores que, semana tras semana, siguen pensando que esta vez sí.
Este sorteo dejó también 101 acertantes de cinco números, además de premios menores por cuatro, tres aciertos y reintegros. Una constelación de pequeñas alegrías orbitando alrededor de un único gran golpe.
Millones de personas juegan cada día a la lotería en todo el mundo con la secreta esperanza de dejar de ser quienes son. Algunos lo consiguen. La mayoría no. De los que ganan, muchos prefieren el anonimato, quizá porque el dinero no solo compra cosas, también compra problemas. Hay historias de sueños cumplidos y de pesadillas inesperadas. La suerte no siempre viene con manual de instrucciones.
En Algeciras, alguien guarda ahora un boleto que ya no es papel, sino frontera. Y mientras tanto, en la calle Convento, se sigue haciendo cola para comprar más números, más fantasías, más futuros posibles. Porque hay loterías que no se venden en administraciones del Estado: las mentales, las que jugamos cada día pensando que, si hacemos esto o aquello, algo —alguien— acabará recompensándonos.
Y a veces, muy de vez en cuando, ocurre.
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