Tribuna Libre La larga sombra del Peñón

  • Los distintos gobiernos rara vez han mostrado atención e interés ante las escasas posibilidades de subsistencia de las poblaciones colindantes a Gibraltar

Un trabajador español es entrevistado antes de entrar a Gibraltar. Un trabajador español es entrevistado antes de entrar a Gibraltar.

Un trabajador español es entrevistado antes de entrar a Gibraltar. / Erasmo Fenoy

La relación del Peñón con su entorno campogibraltareño parece encaminarse por nuevos derroteros. Una vez más, un acontecimiento exterior puede ayudar a solventar problemas que llevaban siglos enquistados. Hay, pues, motivos de esperanza, pero esta novedad también obliga a recordar, con un cierto espíritu crítico, algunos de los motivos que han mantenido sin apenas variaciones esta situación. Y a este respecto, se pretende, en estas líneas, mirar hacia atrás, pero no para insistir de nuevo en la denuncia de la tradicional postura inglesa y gibraltareña. Porque ya se sabe que, una y otra, han procurado beneficiarse al máximo de la posición de dominio que les ha facilitado la historia.

En cambio, se reflexiona menos sobre el peculiar comportamiento que, hacia esta comarca andaluza, han tenido los distintos gobiernos españoles durante estos tres largos siglos. Pues si bien han sabido colocar en el primer plano de las preocupaciones políticas nacionales la afrenta de tener una colonia extranjera en el propio territorio, rara vez han mostrado que ello exigía también prestar atención e interés ante las escasas posibilidades de subsistencia de las poblaciones colindantes con la roca. Se ha dado así la triste paradoja de ser la supuesta colonia, radicada en el Peñón, la que ha colonizado literalmente esos territorios exteriores. Tanto en lo económico como en lo social, Gibraltar, con sus escasos kilómetros cuadrados, ha sabido alargar tanto su sombra que la mayoría los habitantes de las tierras, divisadas desde su cumbre, han dependido para vivir del trabajo que, de manera directa o indirecta, les facilitaba la roca.

Dadas estas circunstancias de total dependencia, ha debido resultar complicado a los sucesivos gobernantes españoles no mostrar ninguna mala conciencia al reclamar la soberanía de un territorio usurpado por extranjeros, en efecto, pero que alimentaba a unos españoles que carecían de otras fuentes para sobrevivir. Situación que, no hay que olvidarlo, en parte, se mantiene aún vigente. Por tanto, hubiera sido demasiado pedir que, ante esta realidad sufrida décadas y décadas, los habitantes de la comarca confiasen en el bien que podían aportar los sentimientos patrióticos. Tampoco debía ayudar a creer en tales sentimientos el ejemplo de una cierta aristocracia andaluza que cedía sus latifundios próximos para que las autoridades inglesas del Peñón apagaran en ellos su nostalgia disfrutando de fiestas y tierras para sus cacerías de zorros.

Por ello, en consonancia con la mentalidad que en la comarca había arraigado, se forjó una figura representativa, destinada a perdurar, con distintos matices: el contrabandista. Ya Mérimée, en 1845, buscando color local para su novela Carmen, ambientó un episodio en Gibraltar. Y resulta significativo que la imagen de tal personaje haya persistido en numerosas obras de todo tipo posteriores ambientadas en la zona. Como si la clase de vida de un contrabandista adquiriera su mejor consistencia en un entorno improductivo y marginal como el campogibraltareño.

Por el contrario, durante mucho tiempo, cualquier referencia a costumbres y modas europeas llegó a este rincón del sur andaluz desde el otro lado de la frontera, aumentando así el prestigio y admiración por un Peñón, que incluso acogió a muchos liberales españoles, brindándoles hospitalidad cuando llegaron a sus lindes perseguidos por la represión absolutista, en 1823 y franquista, en 1936. Todo ello ha contribuido a crear, en la comarca, un tipo de sentimientos ambivalentes hacia el Peñón. Ambivalencia que ha provocado que las reacciones campogibraltareñas, a veces, sean difíciles de analizar.

Las despreocupaciones y faltas de interés señaladas antes se podrían interpretar como una muestra más de los males de una España premoderna y atrasada. Y se podrían olvidar si las cosas hubiesen cambiado en la comarca al establecerse la democracia y despejarse el tránsito por la Verja con el primer Gobierno socialista. Antes, ya se habían iniciado intentos de industrialización, con el polo de desarrollo y las propuestas de crear una novena provincia andaluza.

"El proyecto de una comarca moderna, sin fronteras y vertebrada aún puede revitalizarse"

También hubo medidas de corte administrativo como la creación de subdelegaciones especiales y la delimitación de una comarca con un ambicioso nombre, Mancomunidad del Campo de Gibraltar. Pero nada de lo proyectado y realizado, tras más de treinta años, con muy variados gobiernos centrales y otros tantos en la Junta de Andalucía, han impedido que la misma situación negativa subsista: miles y miles de campogibraltareños deben acudir aún a la roca no como un trabajo elegido, sino como única opción ante un paro endémico. En tales condiciones de dependencia laboral, cualquier búsqueda o negociación más ambiciosa queda hipotecada ante los otros intereses más inmediatos en juego.

Por otra parte, cualquier mirada crítica ante lo sucedido en el pasado también debe incluir a los que han contado con poder de decisión en el propio Campo de Gibraltar. En principio, vincular las poblaciones del Campo a través de una Mancomunidad era un proyecto cargado de posibilidades, siempre que fuera más allá de darle fluidez a unas relaciones administrativas. Pero la imagen proyectada en estos últimos años evoca más bien los malentendidos de los antiguos reinos de Taifas. El reto consistía en vincular a sus distintas poblaciones, creándoles una conciencia de pertenencia común. Articulando no solo sus carreteras sino también su patrimonio y sus necesidades sociales, culturales y económicas como territorio peculiar. Una comarca, pues, vertebrada, moderna y sin fronteras en la que pudiera articularse y complementarse una vida digna. Ese proyecto aún puede revitalizarse. Por eso, estas breves y algo inconexas reflexiones solo pretenden remover recuerdos del pasado por si fuese posible no repetir errores. Para ello el Campo de Gibraltar debe cobrar conciencia de sus posibilidades y avivar sus opiniones para expresarlas como una entidad compartida y abierta.

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