Diafragma 2.8
Paco Guerrero
De lugares
Tribuna de opinión
Cada 15 de febrero, cuando se cumplen ahora 45 años de aquel momento histórico, Castellar de la Frontera conmemora algo más que la recuperación de un espacio físico: celebra la restitución de un derecho histórico y la vigencia de una memoria colectiva que ha atravesado siglos de poder señorial, pleitos y transformaciones del territorio. La dehesa La Boyal no es solo tierra; es el lugar donde el pueblo se reconoció como comunidad.
El origen de todo se remonta a 1549, cuando el conde Fernando Arias de Saavedra y el común de vecinos firmaron la Concordia, una escritura que reguló con precisión los usos y derechos de la Dehesa Boyal.
Aquel pacto sostuvo durante siglos un equilibrio delicado: la tierra permanecía bajo la órbita de la casa ducal y los vecinos veían garantizados el derecho a la cementera y al pasto, indispensables para su subsistencia. En cambio, los grandes aprovechamientos del monte —la leña, el carbón, la bellota y el descorche— quedaban reservados en exclusiva al señorío, como base de su poder económico.
De esa palabra dada nació una forma de convivencia marcada por la dependencia, pero también por la continuidad de una comunidad que encontró en la dehesa La Boyal su espacio vital.
El tiempo, sin embargo, no pasó en vano. En los años sesenta del siglo XX, cerca de mil hectáreas fueron expropiadas por el Estado para la construcción de la presa del Guadarranque. Mucho antes, desde la época de Felipe II, se habían producido segregaciones y ventas puntuales en la ladera de poniente que, con el paso de los siglos, dieron lugar a propiedades privadas por un total aproximado de 600 hectáreas.
La dehesa La Boyal real —la que seguía amparada por la Concordia— quedó reducida a algo más de 500 hectáreas, las que verdaderamente habían sobrevivido al paso del tiempo.
En 1973, la casa ducal vendió La Almoraima, incluida la Boyal, a la empresa Rumasa, propiedad de José María Ruiz-Mateos. La nueva propiedad ignoró la Concordia y comunicó al común de vecinos que aquellos pactos ya no tenían validez.
Se inició entonces un pleito complejo y largo, con posiciones enfrentadas y un horizonte incierto: el pueblo reclamaba la restitución de la tercera parte de la dehesa histórica descontando solo lo expropiado por el Estado, mientras la realidad jurídica y territorial era mucho más enrevesada.
Fue en 1981 cuando ocurrió lo decisivo. Felipe González, entonces líder de la oposición política en España, intervino para desbloquear el conflicto. Años más tarde, ya unidos por la amistad, me relató cómo se desarrolló aquella entrevista en Madrid. Duró lo que tarda una taza de café.
"Tienes una finca en el corazón del Parque Natural de los Alcornocales, con más de 17.000 hectáreas, una enorme actividad ganadera y agrícola. Y dentro de ella, un trozo de tierra, La Boyal, donde vive una comunidad de vecinos con un pacto de siglos dispuesta a defenderlo por cualquier medio". Eso fue todo. Se terminó la taza de café y se terminó la conversación.
El poder de convicción de Felipe González consiguió para el común de vecinos la plena propiedad de algo más de 500 hectáreas, ni una más ni una menos: exactamente las que habían quedado tras siglos de pérdidas, expropiaciones y transformaciones del territorio.
Yo crecí escuchando hablar de la Boyal como de algo que no se tocaba, como una herencia ancestral que pertenecía a todos. Con los años comprendí que aquella tierra no era solo campo: era memoria, trabajo y dignidad compartida.
Esa vivencia forma parte de un libro en proceso, Los niños que cruzaron la Frontera, en el que se está reconstruyendo la vida del Castellar extramuros y la relación secular del pueblo con su territorio comunal a través de la memoria de quienes lo habitaron.
Un año después de aquel encuentro, Felipe González sería presidente del Gobierno de España. Pero ese episodio previo ya anunciaba una manera de entender la política: resolver conflictos enquistados con una mirada amplia, reconociendo la legitimidad histórica y social de los pueblos.
Hoy, cuando Castellar de la Frontera conmemora el 45 aniversario de la recuperación de la dehesa La Boyal, no celebra solo una victoria jurídica, sino la vigencia de una palabra dada hace casi cinco siglos. Esa es, quizá, la verdadera frontera que nunca debió cruzarse.
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