Tribuna de opinión

Poder y abuso

Los escándalos sexuales de políticos revelan que el abuso no nace de la enfermedad mental ni del deseo, sino del ejercicio corrupto y descontrolado del poder, una dinámica histórica y estructural que desplaza del debate público los verdaderos problemas sociales

El filósofo, poeta y músico alemán Friedrich Nietzsche (1844 – 1900).
Manuel L. Fernández Guerrero

Escuchar informativos y leer periódicos se ha convertido en un ejercicio doloroso, una penitencia autoimpuesta por sentirnos concernidos por el debate social y político. Noticias sobre corrupción y envilecimiento, quiebra del orden internacional, desprecio de la verdad, arbitrariedad y violencia de los poderosos llenan los informativos de cada día. Por su cercanía, especialmente humillantes son los escándalos sexuales protagonizados por políticos. Hasta un presidente del gobierno ha sido acusado de agresión sexual, cuarenta años después de que esos hechos supuestamente ocurrieran y en estos días, el cantante Julio Iglesias de fama mundial ha sido denunciado por abuso sexual por varias mujeres. Sin embargo, qué poco se habla sobre los temas domésticos que nos apremian: la pérdida de la cohesión social, el deterioro de la sanidad, la inaccesibilidad a la vivienda, el avance del caos y la autocracia pasan casi ignorados en el debate público. Quienes debieran enfrentar estos problemas parecen orientar sus energías hacia la esfera sexual y en vez de solucionar los problemas de la gobernanza, se han convertido en fabricadores de problemas. De esta manera, la discusión se concentra en sus groseras y morbosas conductas.

Me resisto a pensar que los abusadores tengan problemas de salud mental. Creo que el factor que subyace en todos ellos es el ejercicio vicioso del poder, la capacidad de imponer su voluntad sobre la víctima. El abuso no es solo un fracaso moral, sino una manifestación de las complejas relaciones de poder. Foucault no abordó el abuso en su Historia de la sexualidad pero sí intuyó que el abuso no es solo deseo, sino que hay que enmarcarlo en las relaciones de poder entre personas, algo que nos retrotrae a la dialéctica hegeliana del amo y el esclavo.

El poder no debe ser entendido como un sistema opresivo que somete a los individuos. Bertrand Russel consideraba que el poder es el motor de la sociedad y de la historia, que existe un poder individual, un deseo de dominar que puede ser un deseo legítimo de poder. Pero todo poder, incluso el más benigno, requiere moderación y control porque el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente” (Lord Acton dixit). ¿Cuál es la naturaleza de esta corrupción?

Hay un poder que impone su voluntad por medio de la coerción y la violencia. Es el poder brutal asociado a las dictaduras y a los individuos malvados que tiende a suprimir la alteridad. Pero hay maneras más sutiles de ejercer el poder, es el poder no coercitivo en el que el abusado no se resiste, incluso llega a querer, al menos circunstancialmente, lo que el abusador quiere porque este detenta una posición dominante ya sea patriarcal, institucional, espiritual, o de otro tipo.  Es un poder que se manifiesta cuando existe una relación desigual entre dos sujetos libres, de modo que uno actúa sobre el otro. Esto es lo que sucede en estas relaciones de acoso sexual de políticos: la desigualdad, la dependencia, el miedo, la subalternidad frente a la hegemonía del superior. Por muy sutil que el abusador se manifieste es violencia, una infame violencia machista.

El paradigma de depredador sexual lo encontramos en el Olimpo griego y es Zeus, él es primer abusador compulsivo investido de “poder celestial”. Esto no es una mera leyenda porque la mitología es más que historias fabulosas de dioses que juegan caprichosamente entre ellos y los mortales. La mitología es una arqueología de la naturaleza humana. En ella encontramos dramatizadas todas nuestras pasiones, anhelos y esperanzas.

Zeus violó a Hera haciéndose pasar por un cuclillo aterido de frío implorando que lo pusiera entre sus pechos. Disfrazado de cisne, gozó de Leda y como toro hizo lo propio con Europa. Transmutado en lluvia, penetró en la torre donde el padre de Dánae tenía enclaustrada a la chica, a la que también poseyó. Las múltiples infidelidades provocaron los celos de Hera y su venganza cayó -mire usted por donde-, sobre las abusadas mientras que Zeus se marchaba de rositas. Me pregunto cuántas veces ocurren cosas parecidas.

No podemos olvidar esta dimensión pseudodivina del poder. Algunas personas que alcanzan un puesto político electivo, pueden llegar a sentirse muy gratificados en su ego, se llenan de vanidad y arrogancia y creerse merecedores de alcanzar más de lo que les corresponde. Es lo que en castellano llamamos endiosamiento. Desde esa posición de dominio y poder, el vértigo y la tentación de acosar a mujeres que actúan a su alrededor, puede resultar irresistible; al fin y al cabo, siguiendo a Nietzsche, la sexualidad no es otra cosa que un impulso de dominio de la voluntad.

Pero la vida nos enfrenta a las consecuencias de nuestras acciones. El acosador durante un tiempo, podrá dominar a quienes le deben algo, amedrentarlos y callarlos desde su posición hegemónica usando todas las herramientas de su poder incluyendo el miedo, la amenaza y el dinero. Pero al final, todo aquello que estaba oculto llegará a ser desvelado y tendrán que encarar la humillación de la derrota. Porque los molinos de Dios muelen lento, pero muelen fino”.

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