Tras el Itinerario Antonino: Tercera etapa, Facinas-Bolonia
Caminos históricos
Los caminantes atraviesan montes y arroyos mientras descubren antiguos senderos, paisajes húmedos y vestigios históricos que revelan la memoria profunda del territorio
El recorrido asciende entre nieblas y bujeos y culmina en Baelo Claudia, donde la calzada ancestral conecta naturaleza, historia y autodescubrimiento personal
Tras el Itinerario Antonino: Primera etapa, Gibraltar-Los Barrios
Tras el Itinerario Antonino: Segunda etapa, Los Barrios-Facinas
Tercera etapa
- Facinas-Bolonia: 13,3 km
Aún era de noche, y había un barrunto a tierra mojada en el fondo del mar seco de la Janda. Cientos de briareos, con las aspas extendidas, miraban hacia un poniente húmedo que envolvía en aguada neblina la luz en carne viva de sus únicos ojos enrojecidos por la fuerza del viento.
Equipados con un buen calzado, capota y bordón, nos dispusimos a subir la empinada cuesta que desde Vico trepa pendiente como eje vertebral de la vieja Facinas. Ascenderla supuso acometer los primeros tramos de la sierra de Fates, cuya etimología entronca con el mítico Hades que se ubicaba en remotos y occidentales fines del mundo junto a lagunas estigias que bien pudieron haberse inspirado en la que durante milenios se extendió a los pies de este pueblo y que llegó a lamer los cimientos de la lejana Benalup.
La subida es larga, con desnivel, pero la realizamos con el buen ánimo que siempre despiertan los primeros tramos. Pasamos frente a paredes encaladas, arriates con falsas setas, fachadas familiares y aceras levantadas que nos llevaron a las cotas más altas, donde se erguía, mirando al antiguo lago, una venerable portada eclesial de azulejo y piedra erigida por obispos decimonónicos en honor de patronas pastoras.
Desayunamos frugalmente en un banco junto a la iglesia, junto a un caño cercano que fue tomando forma con las primeras luces del día. Salimos de la aldea contemplando el vasto corredor de la Janda que se abría a nuestra derecha entre sierra Momia y la Silla del Papa: celosa, aguda y artera, como el vigilante que siempre fue de este pasillo interior de tanto paso. Traspuesto un semicircular mirador presidido por un cañón poco amenazante, dejamos atrás el pueblo por un acceso que buscaba el puerto homónimo, entre paseos en construcción y sendas que se adentraban en la sierra en busca de prehistóricas lajas.
Ascendimos el breve collado sin apenas darnos cuenta, entre prados secos que ansiaban el agua que estaba por llegar. Abajo, junto a la carretera, se sigue alzando la venta del puerto, con ventanas cerradas y encalados muros que hacían ostentación del blanco bajo el gris de un cielo cada vez más bajo y denso. Cruzamos la nacional desierta a aquellas horas y tomamos un carril de zahorra en dirección a un cercano parque eólico. Dejamos de lado una extensa cortijada entre altos eucaliptos a cuyo amparo descansaba una excavadora y un landrover de otras épocas e iniciamos una cuesta breve, abierta y despejada, hasta que coronamos el primer otero en campo abierto de la etapa.
Abandonamos la trama de carriles y los molinos enfrentados al viento para adentrarnos en antiguas veredas orilladas de acebuches y lentiscos, enhiestos y orgullosos como animales en celo. Iniciamos el descenso al arroyo Bermejo bajo un cielo con la humedad del plomo fundido, hasta que la lluvia dejó de ser un barrunto y comenzó a caer con la fuerza de las divisas líquidas: pronto amasó la tierra de arenisca y arcilla y se adosaron gruesas pergañas a nuestras suelas, cada vez más pesadas. Cruzado el arroyo, nos encontramos frente a un amplio bujeo donde se alzaban muros y paramentos de abandonadas construcciones que habían conocido tiempos mejores. La arboleda se lavaba del polvo de largos estíos y el agua corría formando regatos salidos de cualquier parte.
Traspasando lindes y cancelas, abandonamos el ruinoso caserío para tomar una amplia senda que subía en paralelo al arroyo de la Parra. Conforme alcanzamos cotas más elevadas, el camino fue tomando cuerpo y se fue jalonando de poderosas calzas que denotaban su antigüedad, a pesar de estar sumido en el más letal de los olvidos. Lo seguimos hacia el norte hasta arribar a una amplia superficie de prados agostados, de secos asfódelos que engrosaban sus bulbos con las primeras aguas. Giramos hacia el oeste en busca de las blancas fachadas de las Cumbres, que sorteamos rodeándolas a través de empapados bujeos y majadas. Unos ladridos de perros nos advirtieron de la cercanía de casas habitadas a las que arribamos entre viejos muros, pozos, losas y cancelas, vestigios de pasados mundos y soterradas formas de vida.
En pleno aguacero, un campesino tan arraigado al terreno como los torrentes recién nacidos entabló conversación con nosotros y nos indicó angarillas, sendas, lomas y cortijadas hacia las que debíamos dirigir nuestros pasos. Nos mostró el valor de la palabra experta en tiempos de pantallas digitales que el agua inutiliza y de coberturas anuladas por el aislamiento.
Ascendimos un breve trecho hasta llegar a la divisoria de aguas entre el río del Valle y el arroyo del Pulido, que era nuestro próximo destino. En la cota más elevada cesó la lluvia, aunque una niebla densa nos privó de la visión de la costa, del perfil del territorio y de la antigua Baelo que, velada por la bruma blanca, no pudo ser un referente.
Iniciamos el descenso guiándonos por las primeras señales del incipiente cauce, orillado a nuestra derecha por hileras de acebuches y lentiscos acostumbrados al azote de los vientos y a la soledad de los sitios vacíos y los páramos sin prisa. La espesa bruma cubría a nuestras espaldas el blanco escarpe de la laja de la Sarga, antesala de la Silla del Papa. Al frente velaba por completo el redondo circo convexo que corona a San Bartolo, hacia el que se dirigían nuestros pasos sin verlo y nos dejamos llevar por la dirección del viento y la bajada. Entre un breve otero y el Pulido descendimos por un camino que volvió a tomar la forma y la anchura de las sendas históricas. Hiladas de piedra escoltaban de tramo en tramo sus márgenes mientras la niebla se despejaba con la rapidez de las curaciones milagrosas. El adolescente bosque de galería se fue perfilando hasta convertirse en antecámara de un escarpe que se hizo real por momentos. Poblado de un denso chaparral y coronado por una crestería de arenisca, se alzaba en paralelo al río y nos acompañó en el descenso como flanco recién descubierto en un territorio de sobras conocido.
Conforme bajamos, el camino fue ganando en robustez y presencia. Las calzas engrosaban su volumen y el paisaje se fue poblando de jóvenes acebuches y renacientes palmitos que sobrevivían al ramoneo de los rebaños. Salvamos la pendiente en paralelo al regato, siguiendo su margen izquierda, más abierta que la contraria, que se encajonaba junto al escarpe. El acantilado aumentaba su altura con una crestería plagada de bloques de arenisca con una tonalidad oscura, de color denso y grisáceo y algún toque de lignito. Algunas construcciones nos advirtieron de la cercanía del poblado de Pulido, al que accedimos después de bajar por un tramo en el que la vía adquirió tintes más sorprendentes: comprobamos una anchura propia de las más paradigmáticas calzadas históricas; una acumulación de piedras parecía conformar una derruida calza izquierda, mientras que a la derecha una inclinada laja de arenisca parecía encuadrar el borde opuesto. Todo ello mostraba una suma de rasgos de lo más sugerentes para este tramo de calzada ubicado a muy escasa distancia de la antigua Baelo Claudia.
Al llegar al Pulido, restos de sobrios muros, elaborados sillares, altos cerramientos, triangulares fachadas y chimeneas de piedra nos mostraron el pasado floreciente de un enclave en el que ahora abundan nutridos rebaños y nuevas edificaciones al pie de artesanales molinos de aire. Cruzamos el arroyo a través de una pasada de hormigón por la que discurrían las primeras aguas en sepia del otoño.
Seguimos en paralelo al cauce por un camino ancho flanqueado por altos acebuches y piedras oscuras que recordaban acimuts y nadires prehistóricos, camufladas entre una húmeda maraña de ramas de lentisco. Nos acompañaban hiladas de antiguas calzas talladas en arenisca que lucían como recién puesta la humedad de los líquenes y el verdín de los siglos. Cruzamos el arroyo para adentrarnos en un bosque tupido frente al que se nos desplegó el telón de fondo de la laja de la Sarga coronada por el trampantojo de la antena que remata la Silla del Papa, la cual empezó a recortarse frente a un cielo cada vez más alto y claro. Rodeamos la masa forestal para retomar el cauce del arroyo que nos venía acompañando desde la divisoria de aguas. A partir de aquí, las orillas se despejaron, dejamos atrás declives y escarpes, el territorio se hizo más llano y abierto y vimos los automóviles que se dirigían a la playa por una carretera de acceso muchas veces transitada y cuya cercanía nos advertía de la proximidad de la meta. Con la intención de evitar el asfalto, avanzamos en dirección a la antigua ciudad romana rodeando pequeños ranchos y cuadrangulares parcelas a través de carriles y corredores interiores hasta desembocar en la vía de acceso y continuarla hacia poniente entre villas, chalés, apartamentos y solares donde busca aparcamiento la riada de vehículos que en los meses de estío colapsan la zona. Continuamos hasta llegar a la curva que enlaza con la vereda de la Reginosa, desde donde se abrió ante nosotros la estampa más vista y fotografiada del lugar. Desde aquí divisamos los capiteles al aire de la ciudad romana, el perfil de su basílica, de sus termas, de su foro; la blanca mole apaisada de renombrados centros de visitantes; los geométricos acantilados de punta Camarinal y la duna penetrante y ondulada del fondo; penetrante y ondulada como la lengua fósil de un reptil en movimiento.
Nos aproximamos a Baelo Claudia a través de la antigua calzada entre lápidas y tumbas. Tomaron cuerpo los dos torreones que flanquean la puerta de Carteya, donde desemboca la vía que hemos recorrido a pie desde la homónima ciudad romana del Mediterráneo; una vía por la que hemos atravesado marismas, dehesas, ventas, llanos, bujeos, valles, bosques, corredores, escarpes y pasadas; una vía que discurre por espacios bien conocidos pero que pocos conocen desde esta perspectiva; una vía con la que hemos querido restituir el Itinerario Antonino, pero cuya última razón ha sido la de reconocer nuestro territorio, nuestros valores, nuestro espacio, nuestro patrimonio y, de paso, reconocernos a nosotros mismos recordando nuestra condición de seres terrenales.
Post Scriptum. Agradecemos a Juan Ricardo Mateos Serrano su generosa ayuda y eficaz disposición a la hora de confeccionar los mapas que acompañan el texto.
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