¡Gibraltar, Gibraltar! La prosperidad compartida
Tribuna de opinión
España, mediante el tratado, renuncia de facto a la recuperación de su integridad territorial y ayuda a recomponer el desaguisado del Brexit, consolidando de camino la presencia colonial de Reino Unido en el Peñón
Picardo afirma en el Parlamento que el “imperfecto” tratado protegerá a Gibraltar de un Brexit "duro muy, muy catastrófico”
Al pie del Peñón he pensado, sobre todo en estos días que corren, en cómo los británicos se han escudado en los llanitos para mantener su base militar y su colonia en territorio legalmente español. Ahora, llanitos y británicos consiguen, mediante el nuevo tratado, que España –y la UE– consientan en la utilización de los campogibraltareños como adarga para ampliar la colonización a los territorios vecinos. Otra vez los campogibraltareños pagan los platos rotos.
Cuando, terminada la II Guerra Mundial, los imperios coloniales tocaron a su fin, los ingleses intentaron preservarlos mediante el mecanismo orwelliano de cambiarles el nombre. Optaron por resignificar el vocablo. Por denominarlos Commonwealth, un hábil intento de enmascarar el tradicional esquema de explotación colonial.
Este esquema generaba cierta prosperidad, al menos para la metrópoli. La colonia aportaba materia prima y mano de obra a precios de saldo que el colonizador terminaba transformando en productos de alto valor añadido. En prosperidad. Este ha sido tradicionalmente el caso de Gibraltar y del Campo de Gibraltar, donde el rol de colonizador correspondía a Gibraltar y el de colonizado, a su entorno español.
Tras el desaguisado que supuso para la colonia el Brexit, contundentemente rechazado por el voto de los llanitos, el Reino Unido se propuso mantener aquel esquema. Se apeó del significante Commonwealth, convirtiéndolo en el sugestivo sintagma castellano de “prosperidad compartida”. A cambio de las cuentas de cristal de una supuesta prosperidad, consiguen que España, mediante Tratado internacional avalado por la Unión Europea cuyo texto acaba de ser publicado, renuncie de facto a la recuperación de su integridad territorial y ayude a recomponer aquel desaguisado brexitero, consolidando de camino la presencia colonial de la metrópoli en el Peñón.
La prosperidad compartida
¿De qué prosperidad se trata? Es de imaginar que se trata de la conseguida por Gibraltar tras el unilateral restablecimiento por España de las comunicaciones con su entorno en 1982. Restablecimiento que llevó al PIB per cápita gibraltareño a alcanzar los 180.000 dólares anuales. El tercero más alto, a la par con Suiza, a nivel mundial. No ocurrió lo mismo con dicho entorno, cuyo PIB per cápita apenas superó los 18.000 dólares.
Estas cifras reflejan perfectamente el funcionamiento del esquema metrópoli-colonia, fungiendo Gibraltar como colonizador y el Campo de Gibraltar como colonizado. ¿Cabe que los condecorados negociadores del guadiánico aprendiz de tratado hayan descubierto un nuevo esquema para el reparto de prosperidad?
El secreto del éxito gibraltareño radica en que han conseguido montar una economía de diseño a base de un manejo inteligente de su baja fiscalidad, con vistas a rentabilizar a su favor la alta fiscalidad imperante en su entorno
Se me ocurren dos posibilidades al respecto: una ex post y otra ex ante. La primera consistiría en conseguir un efecto redistributivo de la próspera riqueza, al igual que ocurre con los impuestos. No acabo de ver, sin embargo, cómo esto se puede aplicar en estas circunstancias. En cuanto a la segunda, quizá convenga considerar cómo genera Gibraltar su prosperidad para valorar una posible y activa participación en dicha generación.
El secreto del referido éxito gibraltareño radica en que han conseguido montar una economía de diseño a base de un manejo inteligente de su baja fiscalidad, con vistas a rentabilizar a su favor la alta fiscalidad imperante en su entorno. Bien es verdad que esto ha generado un alto grado de dependencia de aquél y que, alternativamente, si dicho entorno se arisca, esa dependencia rola hacía Londres, que en más de una ocasión ha tenido que sostener: sustain & support, la economía de su colonia. Hay que reconocer, sin embargo, que actualmente merced al desarrollo de actividades off shore se ha alcanzado cierto grado de independencia.
Fiscalidad creativa
En los gráficos 3 y 2 se refleja el mencionado manejo inteligente de la fiscalidad gibraltareña. En el primero se observa cómo se orienta la fiscalidad para competir con la del entorno español favoreciendo la tradicional actividad matutera llanita. Se establece una carga fiscal cero frente a otra del entorno que va desde un 21%, en unos casos, hasta al 80% en otros.
En el segundo, se aprecia cómo se fomenta la competitividad en el marco de los referidos productos off shore y on line. Las láminas más altas del histograma corresponden a la fiscalidad española, en sintonía con la de los países de interés para Gibraltar. Se observa, en lo relativo al impuesto sobre la renta de las personas físicas, que la fiscalidad gibraltareña es tres veces inferior a la española. En los otros dos capítulos, resulta de dos a cinco veces inferior.
El pastel del PIB gibraltareño
La referida fiscalidad se traduce en un PIB estructurado a la manera que se representa en el gráfico 1. El cincuenta por ciento de aquél corresponde a lo generado por las actividades off shore y on line. En lo relativo al contrabando, bien se encargan de esconder las cifras correspondientes. Habría que bucear en los capítulos relativos al “turismo”, “comercio minorista” y, en menor medida, en “actividades portuarias” para dar con ellas.
A ojo de buen cubero ilustrado se puede afirmar que representa más de la mitad del conjunto de aquellos capítulos que, a su vez, constituyen el 25% del PIB. En dicho gráfico, estos capítulos han sido consolidados en una cuña bajo el lema de “actividades fiscalmente exentas”.
Al igual que en el caso ex post, tampoco acabo de vislumbrar cómo se puede conseguir, mediante tratado internacional, un reparto de prosperidad según la fórmula ex ante.
Abarloando dos economías
Hay, no obstante, otra manera de conseguirlo que está en manos de España exclusivamente. Se trataría de compartir el método gibraltareño y el acceso a sus mercados. Para ello bastaría con replicar en la vecina ciudad de La Línea la fiscalidad calpense. Incluso reduciéndola, al objeto de atraer al personal llanito con su acreditado know how en la explotación internacional de zonas de baja fiscalidad.
Cabe argumentar que no resultaría viable que, en un mismo territorio y sin solución de continuidad, convivan una fiscalidad paradisiaca con un purgatorio fiscal como es el caso de España. Pero esto es, precisamente, lo que se espera que ocurra a la entrada en vigor del tratado que fundirá colonia y su entorno español en un mismo territorio Schengen.
Dudas sobre la validez de un tratado
No se nos escapa que esto, a su vez, implica un blanqueo y consolidación de la colonia, que se convierte, a los efectos que conviene al Reino Unido, en territorio europeo. A esta cesión hay que añadir las referidas más arriba que afectan a la integridad territorial española y a la cooperación española en la promoción de la economía gibraltareña. Todo ello a cambio del humo envuelto en el truco trilero que es lo de la prosperidad compartida.
Ante tal agresión, parece no tener sentido mantener una relación de amistad, cooperación acrisolada y menos de alianza con el agresor
Esta falta de equilibrio y proporción entre cesiones y obligaciones de una y otra parte, sinequa non de todo acuerdo internacional que merezca el nombre de tal, bastaría para fundamentar las dudas sobre la validez del tratado negociado. Existen menos dudas en lo que se refiere a su nulidad. En efecto, se trata de un acuerdo que consolida una situación colonial, lo que determinaría tal nulidad a tenor de lo establecido en la Convención de la ONU sobre la materia.
Otro tanto ocurriría, y con base en lo mismo, con el Tratado de Utrecht, título justificativo de la presencia británica en Gibraltar o en parte de Gibraltar. De esto se derivaría que, aquel título, ahora sería la cruda ocupación y la huella de la bota militar británica, en agresión latente –y no tan latente– del solar patrio.
De lo que no hay dudas
Ante tal agresión, parece no tener sentido mantener una relación de amistad, cooperación acrisolada y menos de alianza con el agresor.
Por todo ello, lo urgente no parece ser conseguir un tratado de estas características. Lo prioritario sería recomponer la situación negociando uno nuevo que supla el papel legitimador de Utrecht. Lograr, a tal fin, que la Unión Europea, en lugar de asumir la presencia colonial en lo que es ahora su territorio, utilice sus poderosas bazas para poner fin a aquella presencia siguiendo los cauces establecidos por las correspondientes resoluciones de las Naciones Unidas.
Finalmente, no se equivoca el ministro español de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, cuando califica de histórico el tratado negociado por su equipo. Efectivamente, se trata de un acontecimiento histórico, pero no por las razones enaltecedoras de las que el ministro presume. Lo es porque implica una renuncia de facto y verdaderamente histórica a la reintegración de la unidad territorial española. Tampoco supone un “derribo del último muro” entre europeos. Vuelve a errar el ministro. “Su” tratado consigue levantar un muro aún mayor a las posibilidades de aquella reintegración.
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