El estrés y la falta de sueño disparan los casos de zumbidos y sordera súbita entre jóvenes
“Ya no tratamos solo sorderas profundas, sino pérdidas auditivas que dificultan la comunicación cotidiana”, explica el otorrinolaringólogo Diego Rodríguez Contreras, del Centro Médico Quirónsalud Algeciras
La hipoacusia, definida como la disminución de la capacidad auditiva por debajo de los valores considerados normales (0-20 decibelios), ya no es un problema exclusivo de las personas mayores. Aunque el envejecimiento sigue siendo la causa principal en edades avanzadas, en adolescentes y adultos jóvenes la pérdida auditiva tiene, en la mayoría de los casos, un origen conductual y, por tanto, es en gran medida prevenible.
El doctor Diego Rodríguez Contreras, especialista en Otorrinolaringología del Centro Médico Quirónsalud Algeciras, señala que las causas más frecuentes se agrupan en tres grandes bloques. El primero y más común es el trauma acústico crónico, asociado al uso prolongado de auriculares intraurales a volúmenes elevados. “Esta exposición continuada a niveles superiores a los 85 decibelios daña de forma irreversible las células ciliadas de la cóclea”, explica. La Organización Mundial de la Salud advierte de que el 50% de los jóvenes entre 12 y 35 años escuchan música a niveles de riesgo. “No se trata de una sordera brusca, sino de un deterioro progresivo que comienza en las frecuencias más agudas”, matiza.
En segundo lugar se sitúan las infecciones y patologías del oído medio y externo, como secuelas de otitis mal tratadas o disfunciones de la trompa de Eustaquio. También se observan casos de otosclerosis, una fijación del hueso estribo que suele debutar entre los 20 y 30 años, especialmente en mujeres, y con un fuerte componente genético.
El tercer bloque engloba factores de estilo de vida y toxicidad, como el uso de fármacos ototóxicos, el tabaquismo o el consumo de alcohol, que afectan a la microcirculación del oído interno.
A estos factores se suma un fenómeno cada vez más frecuente: el impacto del estrés crónico y la falta de sueño. “En jóvenes profesionales observamos una clara relación entre el estrés mantenido, la privación de descanso y la aparición de acúfenos (zumbidos, pitidos o latidos sin causa externa), así como episodios de sordera súbita, una urgencia médica que cada vez vemos más en pacientes de apenas 30 años”, advierte Rodríguez. El especialista recuerda que niveles elevados de cortisol pueden provocar espasmos vasculares que comprometen la irrigación del oído interno.
En la mayoría de los casos, la hipoacusia en jóvenes no es reversible, ya que las células ciliadas no se regeneran. Solo puede revertirse cuando la causa es mecánica (tapones de cera, líquidos o alteraciones quirúrgicamente corregibles) o si se actúa con rapidez ante una sordera súbita, mediante tratamiento con corticoides en las primeras horas.
Entre las señales de alerta destaca el síntoma “oigo, pero no entiendo”: el paciente percibe el sonido, pero no logra descifrar las palabras, especialmente en ambientes ruidosos. También es significativa la fatiga auditiva al final del día, con cansancio mental extremo, cefalea o irritabilidad. “Es el resultado del sobreesfuerzo del cerebro por compensar una audición deficitaria”, explica.
Otro indicio habitual es la necesidad creciente de subir el volumen. “Cuando familiares o amigos comentan que el sonido está demasiado alto, probablemente ya se ha cruzado el umbral de seguridad”, señala. En el caso del tinnitus, recomienda acudir al especialista si el zumbido persiste más de 24 horas, ya que el daño celular es acumulativo.
Además, si durante más de dos semanas se percibe una sensación de oído taponado sin causa aparente, una audición amortiguada o una pérdida súbita en un solo oído, es imprescindible realizar una audiometría urgente.
Confusión con el TDAH y aislamiento social
El especialista alerta de que la hipoacusia leve puede confundirse con problemas de atención o con el TDAH. “El cerebro dedica gran parte de su energía a descifrar el sonido, lo que reduce su capacidad para procesar y memorizar. Esto genera una falsa impresión de distracción o desinterés, cuando en realidad se trata de agotamiento neurosensorial”, explica.
En el plano social, las dificultades auditivas favorecen el retraimiento, la ansiedad y el aislamiento. “No poder seguir una conversación en un entorno ruidoso genera inseguridad y miedo a equivocarse. He visto jóvenes con ansiedad social crónica cuyo origen estaba en una pérdida auditiva no diagnosticada”, añade.
Finalmente, Rodríguez advierte de que la hiperestimulación sonora de la vida moderna contribuye al problema. “Los auriculares con cancelación de ruido llevan a subir aún más el volumen para aislarse del entorno, y el consumo constante de vídeos cortos con sonidos estridentes somete al oído a una fatiga continua”, concluye.
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