España crece, pero no progresa

Tribuna de opinión

Si la economía crece tanto, ¿quién se está quedando ese crecimiento? Basta hablar cinco minutos con cualquier trabajador para comprobar que algo no cuadra

La bahía de Algeciras, a vista de pájaro.
La bahía de Algeciras, a vista de pájaro. / Andrés Carrasco
Antonio José Gómez del Moral
- Secretario de Andalucía Bay 20.30

Algeciras, 21 de enero 2026 - 02:50

España bate récords. El PIB crece por encima de la media europea, el empleo marca máximos históricos y la recaudación pública no deja de aumentar. Desde el Gobierno se repite el mantra: “La economía va como un cohete”. Sin embargo, basta hablar cinco minutos con cualquier trabajador para comprobar que algo no cuadra. Los salarios no alcanzan, la vivienda es inasumible y la sensación dominante no es de prosperidad, sino de asfixia.

No es una percepción subjetiva. Es un fallo estructural. Durante años se nos ha enseñado que si el PIB crece, el bienestar acaba llegando a todos. El famoso “efecto goteo”. El problema es que el goteo se ha convertido en una filtración selectiva: la riqueza fluye hacia arriba, se acumula en determinados sectores y patrimonios, y apenas humedece la base salarial de la economía. España no es una excepción, pero sí un caso especialmente ilustrativo.

La pregunta incómoda —la que casi nunca se formula en el debate público— es sencilla: si la economía crece tanto, ¿quién se está quedando ese crecimiento? La respuesta no gusta. Porque obliga a señalar ganadores claros.

En primer lugar, el capital. Desde hace décadas, la parte de la renta nacional que va a salarios se reduce, mientras aumenta la que va a beneficios empresariales. No hablamos de pequeñas empresas ahogadas, sino de grandes compañías en sectores concentrados: energía, banca, distribución, turismo, inmobiliario. Sectores con poder de mercado, capacidad de fijar precios y escaso incentivo para repartir productividad en forma de salarios.

En segundo lugar, los propietarios de activos. Quien tiene vivienda, acciones o patrimonio financiero sí nota que “España va bien”. El valor de los activos sube, las rentas se revalorizan y el crecimiento se capitaliza. Quien solo tiene su trabajo, en cambio, compite en un mercado laboral precarizado, con menor poder de negociación y con costes de vida disparados.

La respuesta no gusta porque obliga a señalar ganadores claros

En tercer lugar, el propio Estado. La inflación y los impuestos indirectos actúan como una máquina de recaudar silenciosa. Se recauda más sin necesidad de subir tipos, pero esa mayor recaudación no se traduce automáticamente en mejores servicios ni en alivio fiscal para el trabajo. El ciudadano paga más, pero no vive mejor.

Y aquí aparece la verdad políticamente incómoda: hacer que la riqueza llegue a los trabajadores no es un problema técnico, es un problema de poder. Redistribuir crecimiento implica tocar márgenes empresariales, reforzar derechos laborales, regular sectores estratégicos y reformar una fiscalidad que penaliza el trabajo más que el rentismo. Implica enfrentarse a lobbies, asumir conflicto y romper consensos cómodos. Por eso casi ningún Gobierno, del color que sea, va más allá de medidas cosméticas.

Se prefieren los parches: bonos temporales, cheques puntuales, discursos optimistas. Medidas que alivian titulares, pero no cambian la estructura. Mientras tanto, el modelo productivo sigue apoyándose en sectores de bajo valor añadido, empleo precario y salarios contenidos. Mucho crecimiento, poco bienestar.

La vivienda resume el fracaso. Puedes subir salarios, pero si el alquiler absorbe la mitad del sueldo, el trabajador es igual o más pobre que antes. Sin una política de vivienda ambiciosa, cualquier mejora salarial es devorada por el mercado inmobiliario. Y aun así, este sigue siendo uno de los grandes tabúes.

El resultado es una economía que funciona bien en los indicadores macro, pero mal en la vida real. Una brecha cada vez mayor entre lo que dicen las estadísticas y lo que siente la mayoría social. Y esa brecha no es inocua: alimenta frustración, desafección política y discursos que buscan culpables equivocados.

España no tiene un problema de crecimiento. Tiene un problema de reparto del crecimiento. Y mientras sigamos celebrando récords de PIB sin preguntarnos quién se los queda, seguiremos avanzando hacia una paradoja cada vez más evidente: un país más rico, con ciudadanos más pobres.

Porque, al final, la frase que resume todo es esta: El problema de España no es que falte riqueza, es que sobra crecimiento mal repartido.

stats