Dorantes I Crítica

Un recital de tripas y corazón

El lebrijano en un momento de su recital en la Iglesia de San Luis de los Franceses. El lebrijano en un momento de su recital en la Iglesia de San Luis de los Franceses.

El lebrijano en un momento de su recital en la Iglesia de San Luis de los Franceses. / Juan Carlos Muñoz (Sevilla)

La música de Dorantes desborda vida. Por eso, escucharle tocar a solas en la intimidad de la imponente Iglesia de San Luis de los Franceses, verle cómo desliza los dedos sobre las teclas del piano y sentir cómo rebusca en sus tripas es conectar con aquello que un día fuimos o quisimos ser.

Su piano cabalga entre el arraigo, la vivencia y lo espiritual hasta tal punto que, a veces, necesita encorvar su cuerpo y abrazarlo y otras alzar la mirada, como si quisiera llamar a los ángeles de los frescos del templo para que lo ayuden a elevarse.

Así, lo vimos recordar a los suyos reinterpretando las melodías y coplillas que explicó que en su casa se escuchaban por la radio y se acompañaban de manera natural por bulerías. De esta forma, nos trasladó al hogar, a las tardes sin siesta donde el olor a café recién hecho nos despierta del letargo. También quiso acordarse de cuando, a los siete años, en la mudanza de su Lebrija natal a Sevilla descubrió entre montones de sábanas un bandoneón de su padre y aquel instrumento le descubrió un universo que ahora, contundente, supo sacar del piano hurgando en su sonido agónico y lastimero.

Dorantes conecta con la emoción porque su música se construye desde lo sutil y lo profundo, huyendo de efectismos

Pero, a pesar de su reconocido virtuosismo, la velocidad de sus dedos y la riqueza de sus composiciones, mucho más desnuda y directa aquí que otras propuestas más jazzísticas, lo que llama la atención del artista es que su sensibilidad está siempre por encima del efectismo al que muchos acuden. De hecho, si Dorantes conecta con la emoción es porque su música se construye desde lo sutil y lo profundo. Igual que  su Identidad, título del recital, refleja su Niñez –tema con que se despidió como cerrando el círculo–, su familia y sus influencias musicales, pero también lo que ha querido incorporar a su personalidad artística y de lo que ha decidido prescindir.

Es decir, sabíamos que a David Peña le sobran las imposturas pero en esta noche lo descubrimos aún más firme. Sobre todo, porque probablemente sea el pianista que suena más flamenco sin intentar emular el cante o el toque de guitarra desde sus notas como suelen hacer otros. 

En este sentido, regaló unas aplaudidas y emocionantes alegrías donde demostró que las armonías, los ritmos, los contratiempos y los volúmenes con que juega tienen per se un poso jondo, fácilmente reconocible, que remueve de la silla. Igual que por seguiriyas pulsó las cuerdas y dejó silencios que vaticinaron el derrumbe al que este palo te invita. O por tangos se metió dentro del piano hasta pellizcar la sala, con su luminoso toque.

En definitiva, Dorantes nos fue sumergiendo en su música, que es su vida, entre la melancolía y el optimismo, con nostalgia pero sin drama. Una joya de concierto en el que disfrutamos de la cercanía del músico, aferrándose a lo terrenal pero soñando siempre. Una pena que lo único que fallara fuera el micrófono con que introdujo los temas y que nadie tuviera la intención de arreglarlo en hora y media.

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